La geografía como campo de batalla simbólico

El 4 de septiembre de 2026, la Asamblea General de la ONU aprobó, con 164 votos a favor, uno en contra y seis abstenciones, la resolución A/RES/80/307, que alienta a los Estados miembros a adoptar la proyección cartográfica Equal Earth en sustitución del histórico mapa de Mercator. El texto, impulsado por Togo en nombre del bloque africano tras una campaña de la Unión Africana bautizada “Corregir el mapa de África en el mundo”, busca enmendar una distorsión geométrica que durante 450 años ha reducido visualmente la magnitud real de África: en la proyección de Mercator, Groenlandia aparenta un tamaño comparable al del continente africano, cuando en realidad este último es aproximadamente 14 veces mayor.

El episodio, aparentemente técnico, condensa una disputa de fondo que trasciende la cartografía: la lucha por definir quién controla los símbolos con los que la humanidad se representa a sí misma, y hasta qué punto un organismo multilateral debe intervenir en esa disputa.

El argumento de la justicia cognitiva

Los promotores de la iniciativa sostienen que las representaciones cartográficas no son neutrales, sino instrumentos que moldean la percepción colectiva y refuerzan jerarquías heredadas del colonialismo. El canciller togolés Robert Dussey resumió la tesis con una frase que ya circula como consigna diplomática: un mundo justo comienza con un mapa justo. Bajo esta lógica, corregir a Mercator no es un simple ajuste técnico, sino un acto de reparación simbólica que dialoga con demandas más amplias sobre representación equitativa del Sur Global en instituciones internacionales, manuales escolares y medios de comunicación.

La resolución no es jurídicamente vinculante ni prohíbe el uso de Mercator, que conserva su utilidad para la navegación marítima y aérea. Se trata de una recomendación, respaldada explícitamente por la Unión Europea, que busca incidir en la educación, la producción editorial y las plataformas digitales.

La objeción estadounidense: ¿resistencia legítima o negacionismo cómodo

Estados Unidos fue el único país que votó en contra, y su argumentación abre la primera línea de fricción genuina del debate. La delegación estadounidense calificó la iniciativa como parte de un proyecto ideológico más radical y amplio, y cuestionó que la Asamblea General dedicara tiempo a discutir mapas del siglo XIX bajo el lenguaje de la reparación y la justicia cognitiva, en momentos en que, según su lectura, existen prioridades más urgentes en materia de paz y prosperidad internacional.

La objeción merece un análisis desprejuiciado. Por un lado, es cierto que ningún organismo puede resolver por decreto siglos de asimetría simbólica, y que reducir la resolución a una simple corrección técnica ignora su carga política explícita. Por otro, la respuesta estadounidense —desestimar la discusión como distracción ideológica— replica precisamente el mecanismo que la resolución denuncia: la negación de que las representaciones dominantes tengan efectos reales sobre la percepción de las regiones que minimizan. Llamar “ideológico” a un intento de corrección no vuelve neutral el statu quo que se pretende preservar; simplemente lo protege de escrutinio.

El precedente escolar y la fragilidad de los símbolos

La genealogía del proceso resulta reveladora: todo comenzó en 2017 cuando el distrito escolar de Boston decidió adoptar la proyección Gall-Peters en sus aulas, generando una controversia pública que evidenció la escasa aceptación intuitiva de esa alternativa. La búsqueda de un mapa técnicamente riguroso pero visualmente familiar dio origen a Equal Earth en 2018, diseñado por los cartógrafos Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny. Su adopción institucional fue progresiva —NASA, ArcGIS Pro— hasta desembocar en la campaña Correct The Map, impulsada por organizaciones africanas, y finalmente en la resolución de la ONU.

Este recorrido de casi una década sugiere que la disputa cartográfica no fue un capricho repentino, sino un proceso deliberado de acumulación de consenso técnico y político. Sin embargo, también expone la fragilidad del cambio: si la aceptación de un mapa depende tanto de su precisión matemática como de su familiaridad visual, la transición hacia Equal Earth enfrentará resistencias culturales que ninguna resolución multilateral puede eliminar por sí sola.

La pregunta que queda abierta

El debate sobre el mapa Equal Earth funciona como espejo de tensiones mayores: la relación entre representación simbólica y poder real, la legitimidad de los organismos multilaterales para intervenir en construcciones culturales heredadas, y la resistencia de las potencias históricamente favorecidas por esas construcciones a reconocerlas como tales. Para Estados Unidos abstenerse habría sido una postura ambigua; votar en contra fue una declaración de principios que probablemente reforzará, más que debilitará, la narrativa de sus críticos.

¿Puede un mapa corregido cambiar efectivamente la percepción global sobre África, o se trata de un gesto simbólico que deja intactas las asimetrías de poder que pretende visibilizar?