Menudo tema el de Andy, José Ramón y Gonzalo López Beltrán, los herederos de la consigna obradorista de la republicana medianía y la “austeridat” de su padre, el más grande estafador investido de presidente en el México del siglo XXI. A Andy le cancela su visa el gobierno de Estados Unidos y José Ramón, el de la esposa estadounidense, el que después del triunfo electoral de su padre dijo que no tenía trabajo ni que hacer de su vida, sube videos disfrutando en aquel país como diciendo, “le quitaron la visa a mi brother pero yo aquí estoy feliz y háganle como quieran”.
Dos días después, Andy y Gonzalo dan la nota al ser captados con lujo de detalle en exclusivo restaurante de la Condesa y las imágenes son curiosamente filtradas a todo el mundo en redes sociales, con la marca de la casa.
La presidenta Sheinbaum y sus muchachos, después del penoso affaire de las octogenarias piernas al sol en pleno Palacio Nacional, están empeñados en desmarcarse de los cachorros de Macuspana y sus excesos.
En esos videos sin firma, aparecen el pasado 24 de agosto Andy y su hermano Gonzalo, no precisamente con el morral al hombro: afuera estaban cinco o seis camionetas machuchonas con equipos de seguridad en el exclusivo establecimiento que fue cerrado al público durante la reunión de aproximadamente cinco horas. Hasta aquí podría tratarse simplemente de dos hijos de un expresidente cenando con amigos.
El pequeño detalle es que con Andy y Gonzalo estaban Daniel Asaf, exjefe de la Ayudantía de AMLO y actualmente diputado federal de Morena, Juan Domingo Beckmann, cabeza del imperio tequilero José Cuervo y uno de los empresarios que forman parte del Consejo Asesor de Desarrollo Económico del gobierno de Claudia Sheinbaum, y Mauricio Garduño, empresario relacionado con tecnología y transformación digital.
Una mesa bastante interesante para los hijos del hombre que pasó seis años insistiendo con que los corruptos empresarios y el poder político jamás volverían a mezclarse como antes. Los videos difundidos no tienen audio, así que nadie responsable puede asegurar qué se negoció durante aquellas cinco horas. Pero precisamente por eso las preguntas son inevitables. ¿De qué hablan durante cinco horas dos hijos del expresidente, un diputado que fue hombre de confianza de Palacio Nacional y empresarios de ese nivel? Daniel Asaf tuvo una magnífica oportunidad para aclararlo y los periodistas se lo preguntaron. Su respuesta fue todavía más ilustrativa: “No te voy a dar declaraciones”.
La transparencia también se fue a comer. Pero la historia tiene un detalle todavía mejor. Ahora apareció una fotografía de 2024 tomada en el Oracle Park de San Francisco. Ahí están Andy y Gonzalo viendo a los Giants desde una zona privilegiada junto a Juan Domingo Beckmann y el empresario restaurantero Ramón Orraca. Es decir, Beckmann no apareció casualmente en aquella mesa de la Condesa.
La relación viene de tiempo atrás y eso tampoco prueba delito alguno, pero sí pulveriza otra parte del cuento, porque durante años López Obrador construyó su división moral bastante sencilla: de un lado “el pueblo”, del otro, las corruptas élites económicas que se reunían con políticos, hacían negocios, viajaban y disfrutaban privilegios.
Resulta que sus hijos terminaron extraordinariamente cómodos en ese segundo mundo. Restaurantes exclusivos, empresarios multimillonarios, palcos en de Grandes Ligas, Suburbans, escoltas, reuniones con tragos que el pueblo bueno ni sueña. Qué rápido envejeció aquello de la justa medianía.
Lo verdaderamente interesante del cónclave no es el precio del vino ni el restaurante. Es la transformación de los López Beltrán boys. Andy ya no es solamente el hijo del expresidente, es candidato a una diputación federal de Morena por ese Tabasco que desconoce, posición “que no es para corruptos” y Gonzalo tampoco aparece como un simple acompañante familiar; los dos forman parte de un círculo de relaciones políticas y empresariales que inevitablemente genera preguntas sobre la influencia que conserva el apellido López Obrador. Ahí la gran contradicción. AMLO llegó prometiendo separar el poder político del poder económico. Ocho años después, encontramos a sus hijos sentados durante horas con algunos de los empresarios más poderosos del país. Antes esas reuniones eran “la mafia del poder” hoy son cenas entre conocidos. Antes un empresario cerca de Los Pinos era sospechoso. Ahora un empresario junto a los hijos del expresidente simplemente comparte mesa. Antes los lujos eran una ofensa al pueblo. Ahora son parte del paisaje.
No es que aquella reunión constituya un delito. Es algo políticamente mucho más incómodo: Morena terminó pareciéndose extraordinariamente rápido a ese PRI y PAN que juró destruir. Y quizá por eso el cónclave de la Condesa resulta tan revelador, porque no muestra necesariamente una conspiración, sino algo peor para la narrativa de la 4T: normalidad.
Exactamente aquella normalidad que López Obrador pasó décadas denunciando. Al final quizá sí ocurrió una transformación. Solo que no fue la del país. Fue la de los hijos de un resentido, aldeano y acomplejado presidente que prometió primero los pobres y terminó dejando a sus herederos perfectamente instalados entre los poderosos.
Como dijo Rubén Blades, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”…
Platos extra:
“Yo ya he tomado una decisión”, dice Luis Donaldo Colosio Riojas, al señalar que ya definió su futuro político aunque esperará los tiempos reglamentarios para optar por el gobierno de Nuevo León o de Sonora como candidato de Movimiento Ciudadano. Qué fácil es la vida para un joven de 41 años que vive de explotar el nombre de un mártir que fue sólo eso, senador elegido como prestanombres del poder salinista.
Términó acribillado el adolescente de 15 años, “El Chuchito Nini” en Tocumbo, Michoacán. Era sobrino de Luis Enrique Barragán Chávez, “El Güicho” o el “R-5”, líder del cártel de Los Reyes”. Triste final para unos jóvenes engañados, otros por gusto al olor a la pólvora, el dinero y la gloria, pero también por la aversión a la escuela…
