El pasado martes 1 de septiembre, Claudia Sheinbaum  rindió un informe más,  sobre el estado que en la opinión morenista guarda la Administración Pública Federal, el octavo de este gobierno de Morena de continuidad y segundo a cargo de la actual Presidente de la República. Dicho informe  fue entregado por escrito al Congreso de la Unión por la mensajera Secretaria de Gobernación Rosa Ícela Rodríguez en un brevísimo y estricto acto de entrega-recepción.

Nos preguntamos cuando será el momento de recuperar la esencia de este acto propio de un gobierno republicano, sin llegar a los excesos. Su esencia es la obligación del titular del Ejecutivo Federal, de informar y rendir cuenta a los gobernados, a los ciudadanos por conducto de sus representantes electos y que conforman el poder legislativo. El presidente debe acudir ante el Congreso a informar del estado que guarda la administración, en un acto de rendición de cuentas del ejercicio del mandato del cual fue investido por los ciudadanos.

En la historia de México, este evento pleno de ejercicio republicano, se realizó con apego al mandato legal y constituyó en la época juarista ejemplo de colaboración y control entre poderes, llevando a tope los equilibrios entre éstos, sin simulaciones, ni subordinaciones de los legisladores al ejecutivo, más bien el legislativo ejercía  mayor control sobre el ejecutivo y se presenciaban debates que enriquecían la vida republicana.

Posteriormente, vino el vasallaje legislativo en la etapa porfirista y luego en el siglo pasado, al imponerse un presidencialismo fuerte en el texto constitucional de 1917, combinado con la Real Politik de un partido casi único, en donde la mayoría parlamentaria y el presidente en turno, al igual que ahora,  pertenecían a la misma formación política, este acto republicano y austero, se desvirtuó casi totalmente.

El Informe anual del Presidente de la Republica, en el siglo pasado, se desarrollaba en un ambiente faraónico, donde el “tlatoani” tenía a bien dirigirse a la Nación, para hacerle conocer todas las acciones de gobierno emprendidas, las obras públicas realizadas,  los desvelos y fatigas que por el bien de su pueblo había realizado el “Señor Presidente” en el maratónico acto, que solía durar horas interminables, se enumeraban, hasta el número de semáforos, metros de banquetas y jardineras construidas por el gobierno, la lectura del farragoso documento, se veía constantemente interrumpido por los aplausos del “todo México” reunido en el recinto parlamentario.

El evento, antes y después de la lectura del Informe, preveía que el Presidente  condescendiera a alternar con las masas  y a bordo de un auto convertible, recibiera los vítores y aplausos de los acarreados de la clase obrera, los campesinos y clases populares corporativamente organizados por el partido oficial, sin descontar a la clase patronal, aunque esta acudía presurosa al besamanos posterior que tenía lugar en Palacio Nacional.

Los últimos años del siglo XX y los primeros del actual nos permitió testimoniar una descomposición de este acto de rendición de cuentas, en el cual, pendularmente, como somos los mexicanos, algunos actores políticos lo trastocaron en abuso de su fuero legislativo, y con total impunidad se dedicaron a  insultar, faltar al respeto e incluso vejar al titular del ejecutivo federal en turno, hasta el extremo de negarle el acceso al interior del palacio legislativo.

En esta ocasión  la titular del Ejecutivo Federal rindió un informe a los militantes de Morena, a los Gobernadores e invitados, pero  no a todo el Pueblo de México, los logros y cifras fueron informados con la visión sesgada que le han imprimido a todas las tareas públicas la actual Administración de  Gobierno. La Presidente informó los resultados de su administración en temas de seguridad, comercio, economía, educación, salud, vivienda, entre otros.

Y como botones de muestra.  Al pronunciar algunas frases alejadas de la realidad que vivimos todos los mexicanos debió de haberse mordido la lengua como cuando al señalar que en los anteriores gobiernos a Morena. “Se utilizaban los recursos públicos para excentricidades y se gobernaba para unos pocos. […] Esto terminó con la llegada de la Cuarta Transformación y lo digo claro: debe continuar de esa manera”. Estas frases sin tener en cuenta por supuesto las enormes cantidades de la defraudación a la Nación que representa el Huachicol Fiscal y el número de altos funcionarios morenistas involucrados en el mismo.

“Gobernamos promoviendo y garantizando el ejercicio de las libertades y la democracia. No se reprime al pueblo, no se utiliza la fuerza del Estado para callar a quienes piensan distinto, se respeta plenamente la libertad de expresión y manifestación”. Omitiendo el proyecto de reforma legislativa sobre los derechos de las audiencias que recientemente envió al Congreso.

Y poco hemos de vivir, si no vemos y escuchamos, por un lado los aplausos fáciles de los morenistas y por otro las crítica irreductibles con fundamentos y argumentos de los opositores, como los discursos pronunciados en tribuna por Ricardo Anaya y por Luis Donaldo Colosio. Esperemos que prevalezca por parte de morenistas y opositores, el análisis serio y responsable del contenido del informe, y se diluyan las estridencias politizadas a favor y en contra.