El lunes 21 de septiembre, la Presidenta Claudia Sheinbaum y el Secretario de Educación, Mario Delgado, anunciaron que, por acuerdo del CONAEDU, desde el 3 de noviembre los estudiantes dejarán de usar celulares y tabletas en primarias y secundarias durante toda la jornada escolar, en escuelas públicas y particulares.

Los alumnos podrán llevar el teléfono, pero no usarlo en clase ni en el recreo, solo en emergencias o para actividades educativas; para ello, cada escuela hará asambleas con las familias para acordar cómo aplicarlo.

Esto no es algo nuevo. Dieciséis estados ya tenían alguna restricción, con reglas diversas. Ahora hay una norma nacional, aprobada por unanimidad por las 32 autoridades educativas y respaldada por el 81% de los docentes consultados.

El antecedente surge en 2022 cuando fui Titular de la Autoridad Educativa Federal en la Ciudad de México y emitimos una guía para el uso responsable de las tecnologías. Desde entonces, en la Ciudad de México se restringió el celular durante la jornada en nivel preescolar y para todos los docentes de educación básica, salvo para emergencias o por propósitos pedagógicos.

Otro antecedente fue que, este año, el Congreso capitalino aprobó dos iniciativas para la regulación del uso de celulares en primarias y secundarias. El acuerdo aprobado por el CONAEDU lleva esa experiencia a todo el país.

México se suma a una tendencia que muchos países ya tienen regulada. Según la UNESCO, 114 sistemas educativos, casi el 60% de los países, tienen prohibiciones nacionales, frente al 24% en 2023.

La razón de fondo está en los recientes resultados de PISA 2025: los puntajes de comprensión lectora, matemáticas y ciencias cayeron en todo el mundo. El informe asoció la distracción por dispositivos con peores resultados, y que ,a mayor tiempo de pantalla para entretenerse, peor lectura.

Guardar el teléfono no enseña por sí solo a leer. El verdadero desafío es usar la tecnología con un sentido humano. Una educación que desarrolle al ser humano, su capacidad de leer con profundidad, de pensar con juicio propio y de convivir, y que al mismo tiempo lo forme en las capacidades tecnológicas que exige este siglo.

La inteligencia artificial llegará a los salones de clases de cualquier manera; la pregunta de fondo es si encontrará mentes preparadas para usarla o mentes que dependen de ella. Restringir el celular no es renunciar a la tecnología, es poner primero a la persona, para que la tecnología entre al salón con propósito y bajo la guía de las maestras y maestros.

Como señaló la Presidenta Claudia Sheinbaum “queremos que las niñas y los niños tengan tiempo para jugar, para convivir, para leer, para hacer deporte, y no estén todo el tiempo frente a una pantalla”.

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