He viajado por gran parte del país y veo una realidad que ya no se puede ocultar con encuestas, discursos o propaganda: mucha gente está realmente descontenta con la forma en que gobierna Morena. Escucho ese descontento en empresarios, comerciantes, profesionistas y ciudadanos de a pie. Cambian los motivos —inseguridad, incertidumbre, servicios malos—, pero el descontento se repite: la distancia entre el país del que habla el gobierno y el país que viven los mexicanos sigue creciendo.

Sin embargo, ese descontento no está haciendo que la oposición sea más fuerte. Esa es la paradoja: Morena acumula desgaste, pero la oposición no gana confianza. El descontento contra Morena es real y aumenta; el enojo contra el PRI y el PAN no disminuye significativamente. Porque el descontento no se convierte automáticamente en oposición. Mucha gente que rechaza la inseguridad, la incertidumbre o los servicios deficientes no encuentra en la oposición tradicional una salida para su decepción. No encuentran liderazgos que los motiven, que les hablen con verdad, que representen algo distinto. Sin esa confianza, el enojo se queda en abstención, en indiferencia o en apoyos locales que no llegan a ser una alternativa nacional.

También he conocido a personas con prestigio y arraigo en sus comunidades que quieren postularse. Muchas de esas personas nunca han vivido de la política y podrían darle aire nuevo a la oposición. El problema aparece cuando tratan de entrar: descubren que los partidos que hablan de democracia afuera siguen funcionando como clubes privados adentro.

Cabe destacar que el PAN desde la dirigencia nacional está haciendo un gran esfuerzo por incorporar ciudadanos, pero no siempre encuentra respaldo en liderazgos y dirigencias estatales. En muchos casos, los que tienen en sus manos a su partido en los estados quieren electores nuevos sin permitir liderazgos nuevos. En otros casos, los gobernadores tienen cooptadas a las dirigencias de la oposición y no permiten el paso a candidaturas incomodas.

Buena parte de la oposición cree que Morena se va a cansar sola y va a caer. Esa creencia es arrogancia y pereza política. La oposición supone que cada error de la 4T se convierte en un voto para la oposición. Pero entre estar harto del gobierno y devolverle el poder a los que ya lo tuvieron hay un espacio llamado confianza, y los viejos partidos dejaron ese espacio hace años.

También hay una falla profunda en el discurso de la oposición. Gran parte de la crítica de la oposición se centra en las frivolidades de los políticos del gobierno, en escándalos personales o en comportamientos que antes ellos mismos criticaban. Esas cosas indignan y no se deben ignorar, pero no sustituyen la crítica a los grandes problemas del país: el despilfarro de recursos en obras sin beneficio, la inseguridad, la concentración de poder, el debilitamiento de los contrapesos. Además, la oposición no ha presentado propuestas claras y convincentes de cómo mejorar el país. Criticar al gobierno no es lo mismo que gobernar mejor; señalar el daño no basta si no se explica cómo repararlo.

Parte de la fortaleza de Morena no viene de gobernar bien, sino de lograr que sus adversarios sigan pareciendo algo peor para muchos votantes. Morena convirtió cada elección en un juicio sobre el pasado: de un lado, la transformación; del otro, los que quieren volver atrás. Esa caricatura sirve a la oposición, que durante décadas se quedó posando para ella. Morena no inventó esas ruinas; aprendió a vivir de ellas.

Eso no exime a la 4T. El movimiento llegó prometiendo acabar con las prácticas del viejo régimen, pero pronto descubrió que muchas de esas prácticas resultan cómodas una vez que se tiene el poder. La centralización ahora se llama conducción; la obediencia partidista se llama unidad; el debilitamiento de los contrapesos se llama democratización. Cambió el vocabulario, pero no cambió la vieja tentación de concentrar poder.

Morena llegó prometiendo desmontar la maquinaria y terminó quedándose con ella. Esa contradicción debería ser una oportunidad histórica para cualquier oposición competente. Mientras fuera hay una sociedad buscando opciones, dentro siguen existiendo dirigentes que protegen sus puestos. Hay ciudadanos que quieren competir y que deben pedir permiso a estructuras que llevan años perdiendo elecciones y que todavía se comportan como dueñas de los votos que ya no tienen.

Ese es quizá el aspecto más corrosivo de la crisis de la oposición: sus dirigentes han aprendido a sobrevivir, aunque sus partidos se encojan. Pueden perder elecciones y conservar cargos; perder territorio y mantener cuotas; perder ciudadanos y seguir negociando candidaturas. La derrota dejó de ser una anomalía y se volvió una forma de administrar la política. Mientras la silla del dirigente siga intacta, el tamaño del partido parece poco importante.

Pero el vacío político no existe. En distintas regiones aparecen alcaldes, empresarios, profesionistas y figuras locales cuya marca personal vale más que las siglas que podrían llevar. El nombre crece mientras el logotipo se hace pequeño. No es sólo mercadotecnia; es el reconocimiento silencioso de que la estructura que debería impulsarlos puede convertirse en un lastre.

En la calle hay talento, hay descontento, hay ciudadanos que quieren participar. Abrir las puertas de verdad significa entregar candidaturas, quitar cuotas y aceptar que algunos de los que llevaron a los partidos a la irrelevancia tengan que hacerse a un lado.

Después de recorrer el país, mi impresión se vuelve más clara: México no carece de oposición, pero la oposición social es mucho más grande que la oposición partidista. Morena se beneficia de esa separación mientras las dirigencias opositoras aprenden a sobrevivir dentro de ella.

Esa puede ser la contradicción de los próximos años: un gobierno que acumula poder frente a partidos que manejan su decadencia. Lo que urge es que los que tienen las siglas dejen de actuar como dueños de la oposición y empiecen a ser cauce, liderazgo y proyecto del descontento.