La revisión de la historia sustituye el homenaje por la protesta, pero deja intactas las condiciones de quienes dice defender.
El 12 de octubre ya no significa lo mismo para todos. Lo que durante décadas fue una celebración con nombres distintos (Día de la Raza, Día de la Hispanidad, Columbus Day) se ha convertido en una fecha de disputa. En Venezuela se rebautizó como Día de la Resistencia Indígena, en Argentina como Día del Respeto a la Diversidad Cultural y en Estados Unidos creció el reconocimiento del Día de los Pueblos Indígenas frente a la conmemoración tradicional. España, en cambio, mantiene su fiesta nacional. El calendario es hoy un campo de batalla simbólico.
Los argumentos de cada lado
Quienes impulsan la revisión sostienen algo difícil de refutar: la llegada de los europeos inició un proceso de conquista, despojo, esclavitud y mortandad que la narrativa oficial del mestizaje suavizó durante generaciones. Para ellos, honrar a Colón es honrar al promotor de ese proceso, y la protesta es un acto de justicia histórica tardía.
Sus críticos replican que la lectura binaria de invasores y víctimas simplifica una historia más densa. América Latina es producto de una mezcla biológica y cultural que ninguna estatua derribada deshace. Añaden que juzgar el siglo XV con las categorías morales del siglo XXI es una forma de anacronismo, y que reducir la herencia común a una acusación impide entender quiénes somos.
Ambas posturas tienen una parte de razón. El problema es lo que cada una omite.
La primera fricción: el símbolo frente al hecho
Sustituir una estatua es barato. Cambiar las condiciones de vida de una comunidad es caro. En México, las mediciones oficiales de pobreza muestran de manera persistente que la población indígena padece rezagos en ingreso, salud, educación y vivienda muy superiores al promedio nacional. Esa brecha es anterior a cualquier debate sobre monumentos y no se ha cerrado después de ellos.
Cuando la energía política se concentra en retirar bronce de las glorietas, queda la sospecha de que el gesto sustituye a la política pública. Retirar la estatua de Colón de una avenida capitalina y colocar en su lugar una pieza dedicada a la mujer indígena fue un acto simbólico legítimo. Pero un acto simbólico no es un programa de desarrollo, y los pueblos originarios no han visto mejorar su situación por el cambio de escultura.
La segunda fricción: la historia como herramienta
La demanda de que España pida perdón por la conquista, planteada desde el poder en México en 2019, ilustra otra contradicción. Se exige a un Estado extranjero una disculpa por agravios de hace cinco siglos, mientras las deudas del propio Estado con las comunidades vivas, como tierras, consulta previa, justicia y servicios básicos, se resuelven con lentitud. Revisar el pasado es un derecho. Usarlo para desplazar la atención de las responsabilidades del presente es una conveniencia política.
La otra orilla incurre en el mismo vicio. Quienes defienden la celebración como orgullo mestizo suelen invocar la herencia común sin reconocer que ese mestizaje fue, en buena medida, un proyecto de Estado que pedía a los indígenas diluirse en una identidad nacional uniforme. Celebrar la mezcla sin preguntar quién quedó abajo en ella también es una manera de editar la historia.
La violencia como desenlace
Los choques de cada año, con monumentos dañados, manifestantes y policías heridos, confirman que el debate dejó de ser intelectual. La violencia, además, no beneficia a nadie de los que dice representar. No genera empleos, no lleva agua potable ni mejora una escuela rural. Produce titulares, polariza a la opinión pública y ofrece a ambos bandos la imagen del adversario que necesitan.
Una pregunta pendiente
La discusión de fondo no es si Colón merece o no una estatua. Es si una sociedad puede reconocer la injusticia de su origen sin convertir ese reconocimiento en espectáculo, y si puede honrar su mestizaje sin negar a quienes quedaron fuera de él. Mientras el 12 de octubre sirva solo para medir quién grita más fuerte, la agenda indígena seguirá esperando, como lo ha hecho durante cinco siglos.
