Entre el 8 y el 11 de octubre, Ucrania golpeó tres centros de datos de Yandex en cuatro días. Fue, según la prensa, el primer ataque confirmado contra infraestructura de datos rusa desde la invasión de 2022. La narrativa que circula, con una Rusia asfixiada y una red global de propaganda silenciada justo antes de las elecciones estadounidenses, mezcla hechos comprobados con inferencias que todavía nadie ha demostrado.

Lo documentado y lo exagerado

Los datos son contundentes. Los ataques dejaron fuera de línea más de 80 servicios y redujeron el tráfico de las redes de Yandex a 0.4% de sus picos recientes. También hubo interrupciones en transporte, navegación y pagos.

Hablar de “destrucción”, sin embargo, rebasa la evidencia. Yandex informó que el buscador y su asistente de inteligencia artificial se recuperaban gradualmente, aunque la plataforma en la nube seguía en modo limitado. La propia empresa dijo que aún evaluaba si el equipo de Sasovo podía restaurarse. Además, Ucrania no suele confirmar de inmediato sus ataques en territorio ruso. Una interrupción severa no equivale a un daño permanente.

La paradoja de la infraestructura civil

El episodio tiene un origen que conviene recordar. Desde finales de septiembre, fuerzas rusas han atacado al menos ocho grandes centros de datos en Kiev, con apagones de internet en Ucrania. Moscú alegó que esas instalaciones procesaban inteligencia militar ucraniana.

Kiev opera ahora con la misma lógica que Occidente censuró cuando fue Rusia quien la aplicó. Los analistas advierten que el carácter de doble uso de estas instalaciones dificulta las conclusiones. Quien aplaude hoy el golpe en Riazán deberá explicar mañana por qué condena uno equivalente en otro lugar. Se normaliza así un criterio según el cual cualquier nodo digital civil es objetivo legítimo, y las empresas tecnológicas de todo el mundo deberían tomar nota.

El salto lógico hacia las elecciones

El segundo componente del relato es más frágil. Se informó que el tráfico de cuentas automatizadas de origen ruso cayó drásticamente tras los ataques. De ahí se pasa a afirmar que también retrocedió la actividad artificial que respalda a la extrema derecha europea y al movimiento MAGA. Ese paso carece de sustento por tres razones.

Primero, la cifra de Cloudflare mide el tráfico originado en las redes de Yandex, no el volumen total de operaciones de influencia. Una infraestructura caída no equivale a un aparato de propaganda desmantelado.

Segundo, el ecosistema que alimenta el discurso MAGA no es solo ruso. Cuando X reveló el país de origen de las cuentas, varias de las más prominentes resultaron operar desde Tailandia, Europa oriental, Nigeria y otros lugares. Investigadores identificaron redes administradas desde el sudeste asiático, algunas desde Vietnam, que simulaban ser estadounidenses. Buena parte de esa actividad responde a incentivos comerciales, no a una orden del Kremlin.

Tercero, sigue habiendo operaciones automatizadas de otro signo. Investigadores detectaron una red de más de 400 cuentas que usaba inteligencia artificial para elogiar a figuras del gobierno de Trump. Sin una atribución técnica independiente, la coincidencia temporal es una hipótesis, no una conclusión.

Una acusación que también es arma política

Hay otra fricción incómoda. La denuncia de cuentas falsas se ha vuelto un recurso político en sí mismo. X sostuvo que una granja sospechosa de origen chino impulsaba argumentos contra los centros de datos de inteligencia artificial, pero medios de izquierda cuestionaron el informe por los intereses financieros de Elon Musk en esa industria. Nadie parece neutral al señalar quién manipula la conversación pública. Quien presenta una caída de actividad como victoria debe someterla al mismo escrutinio que exige a los demás.

Lo que hay que vigilar

Las elecciones intermedias de Estados Unidos están a semanas. Si la actividad artificial disminuyó de forma real y sostenida, sería un hallazgo de enorme relevancia para la integridad electoral. Pero un apagón es, por definición, temporal. La infraestructura se reconstruye, los operadores migran de proveedor y los incentivos económicos persisten.

La pregunta útil para el lector no es si Ucrania golpeó a Rusia, sino qué parte de la desinformación depende realmente de servidores rusos. La respuesta debe venir de investigadores independientes antes de que los electores voten. Hoy la desinformación sigue, en el mejor de los casos, solo parcialmente interrumpida.