Los Universitarios hablan es un espacio abierto a la comunidad estudiantil, inicialmente la que funciona en la Ciudad de México. Pretende ser un espacio en el que maestros y alumnos opinen libre y responsablemente sobre temas de actualidad.

En esta entrega participa Emiliano Rizo Trade alumno de la Escuela Libre de Derecho. Da su visión respecto de un tema específico y actual: Poder y elecciones en México.

Elisur Arteaga Nava e Ireri Elizabeth García Ramos

 

¿Cómo ganar elecciones?

Por Emiliano Rizo Trade, ELD

Sin duda, una pregunta difícil de responder para un estudiante del quinto año de la carrera de abogado…pero, parece que también lo es para los “líderes” de los principales partidos políticos de “oposición” de este país (y no sólo de México, sino que también del mundo democrático occidental).

El diagnóstico es claro, y lo ha sido desde hace ya bastante tiempo: vivimos fácticamente bajo una dictadura de partido, bajo una monarquía absoluta sexenal. Ello, no es algo nuevo para este país, de hecho, fue la forma de gobierno de lo que cínicamente llamamos “República Mexicana” a lo largo del siglo XX. Nuestra incipiente democracia parece nuevamente un simple y estéril ideal romántico ante la realidad política de México. El control no jurídico, sino político que ejerce el partido gobernante sobre los tres Poderes de la Unión, el control de la inmensa mayoría de los gobiernos de las entidades federativas y el clientelismo electoral de los programas sociales generan un panorama bastante desolador para cualquier grupo político disidente que busque hacerse del poder.

Y sí, seamos claros: el objetivo primordial de cualquier partido político es hacerse del poder, punto. Bajo la promesa de nuestro sistema constitucional de que supuestamente “la soberanía reside esencial y originariamente en el pueblo, y que el gobierno emana del mismo y se instituye para el beneficio del pueblo”, corresponde entonces a los ciudadanos, en las urnas, determinar cuál será el proyecto de nación y la figura que ha de conducir los destinos de tal proyecto en los tres niveles de gobierno. Pero, ¿realmente es así?, ¿acaso nuestras opciones no se encuentran acotadas y predeterminadas por el propio sistema?

Dejando esas preguntas en el tintero, el propósito de estas líneas es llegar a una conclusión (prematura, quizá) de cómo un partido político (y, concretamente, un proyecto político) puede pretender ganar una elección ante semejante realidad como la que aqueja a México. Y, lo primero que debo decir, es que la sociedad mexicana es brutalmente compleja, respecto de la determinación de qué es lo que quiere, lo que persigue y lo que anhela para su país. A lo largo de nuestra turbulenta historia, las aspiraciones de diversos sectores de esta sociedad han sido tan contradictorias como incongruentes que se han visto cristalizadas en, precisamente, lo que hoy somos: una nación (al Estado hagámoslo a un lado, por el momento) profundamente desigual, clasista, resentida y, simultáneamente, empática, alegre, solidaria, trabajadora y llena de esperanza hacia un mejor porvenir. Ante semejante confusión ideológica, que ya ha sido abordada por otras plumas tales como la de Octavio Paz y su brillante interpretación de lo que significa la chingada…subsiste mi pregunta: ¿cómo ganar una elección en este país?

Nuestra vida diaria es una auténtica vorágine, en una sociedad de consumo. Resultaría absurdo considerar que el poco tiempo libre que tenemos a la semana (usualmente, durante el fin de semana) queramos dedicarlo al estudio de la realidad política de México, de la crisis de inseguridad, de la relación comercial con los Estados Unidos, etc. Sin embargo, existe un elemento que ha sido pasado por alto por los partidos políticos “de oposición” en el entendimiento social: y ese es la ideología. El poder intrínseco de la ideología (la cual no tengo la menor intención de definir, para los efectos de este texto) no radica en un desplegado o en un manifiesto, sino en su reproducción e incrustación en el alma de una sociedad, o en el alma de la masa, como diría Gustave Le Bon.

Luego entonces, si tanto ha sido (como parece ser) el ideal y aspiración de nuestro país de perseguir el modelo político (y también jurídico, por lo que toca a la forma de Estado y de Gobierno) de nuestro vecino del norte…resulta evidente que, en los Estados Unidos, existe una fuertemente arraigada base ideológica entre los votantes del partido republicano y los del partido demócrata. Es decir, resultará sustancial y evidente para cualquier persona, sea que se encuentre interesada en la política o no, que para un republicano es esencial su derecho a la compraventa de armas sin mayor restricción más que la de la exhibición de una licencia de conducir, el entendimiento de la familia como la unión de un hombre y de una mujer para procrear y la relevancia de la vida desde el momento de la concepción (por mencionar algunos); en tanto que, sin caer en una falacia de generalización, para un simpatizante del partido demócrata la venta de armas debe estar sujeta a background checks, la familia es un concepto evolutivo que no debe atarse a una cosmovisión única y, respecto del aborto, se debe priorizar el derecho de cualquier mujer a decidir sobre su propio cuerpo. Este ejemplo, resulta brutalmente ilustrativo, no para el propósito de calificar una ideología política como “buena o mala” (lo cual sería absurdo en infructífero), sino para entender cómo votan los estadounidenses…mediante la existencia de una demanda social de representación política: voy a votar por el candidato que represente, se identifique y defienda mi manera de ver y entender la vida en las altas esferas del poder en Washington D.C.

No me será suficiente este texto para realizar las arduas críticas que merece la concepción de representación política que hoy predomina en Occidente, que sin duda es una herencia preponderantemente de la Revolución Francesa mediante la construcción del concepto de pueblo soberano, en una Asamblea de Representantes. Sin embargo, desde una óptica netamente política (y no jurídica), es increíblemente redituable “pegarle” a la base ideológica para construir un proyecto de nación (y naturalmente, peligroso…ejemplos en la historia, sobran).

Entonces, las siguientes preguntas obligadas son: ¿cuál es la ideología de los mexicanos?, ¿estamos tan divididos por entidades federativas como sucede en nuestro vecino del norte?, y, la más importante: ¿nos sentimos representados por nuestros gobernantes?

Sería un tanto reduccionista comparar a la Ciudad de México con California y a Guanajuato con Texas, pero lo cierto es que existe un considerable sector de la población mexicana que se identifica como “conservadora” (con un sentido personal-religioso profundamente cristiano y mariano) que no tiene ni una sola plataforma política para sentirse representada en los órganos deliberativos de este país. La histórica distinción entre “izquierda” y “derecha” cobra cada vez más peso en los foros políticos del mundo (piénsese por ejemplo en los casos de Alemania, Francia, España, Reino Unido y por supuesto los EE.UU.), en donde la radicalización de las posturas políticas se torna en un foco rojo para la “paz social”. Sin embargo, en México, ni siquiera podríamos hacer un diagnóstico de radicalización de la derecha, puesto que parece que el único partido que se supone es de esa corriente ideológica está completamente dormido, alejado de su realidad y más ocupado en acomodarse con el poder en turno. En términos prácticos, un votante de derecha, quiere un candidato de derecha, así de fácil. No a Xóchitl Gálvez, no a tibiezas de ni siquiera estar convencida de pertenecer a la corriente que dice representar. Porque, si algo queda claro, es que Claudia Sheinbaum estaba y está más que convencida de la ideología que representa…y eso se vio en las urnas.

Quizá, para empezar a entretener la idea de ganar una elección, se necesita ser congruente respecto de lo que está pidiendo el votante, ser congruente con tu base, ser congruente con tu ideología. Entre el blanco y el negro hay muchos matices de gris, y es cierto en la política, pero, para convencer y encender en la ciudadanía una llama de convicción, las tibiezas no reditúan mucho. Si no me creen, vayan a preguntarle a Marko Cortés.