La lectura apresurada de las cifras del INEGI sugiere una sociedad que se desmorona: menos bodas, más rupturas. Los datos de 2025 cuentan algo distinto y más incómodo. México no se divorcia más; se casa menos y más tarde, y eso distorsiona la relación entre ambos fenómenos.

Una estadística que engaña

Durante 2025 se registraron 491 640 matrimonios y 155 254 divorcios: 31.6 rupturas por cada 100 enlaces, 5.9 más que en 2016. Sin embargo, la tasa de divorcios por cada mil habitantes adultos fue de 1.7, exactamente la misma que hace nueve años. Lo que cambió fue el denominador. La tasa de nupcialidad cayó de 6.6 a 5.4 en el mismo periodo. La razón aumenta no porque la gente se separe con más frecuencia, sino porque hay menos uniones nuevas contra las cuales compararla. Conviene además precisar que esa proporción compara los enlaces de un año con divorcios de matrimonios celebrados décadas atrás, por lo que no equivale a afirmar que uno de cada tres matrimonios termina mal.

Los divorcios alcanzaron su máximo reciente en 2022, con 166 766, y desde entonces descienden cada año hasta los 155 254 de 2025, una baja cercana a 7 por ciento. El repunte posterior a 2020, año en que la pandemia desplomó ambos registros, fue en buena medida la recuperación de trámites detenidos.

El calendario vital se corrió

El cambio más profundo es la edad. Entre 2016 y 2025 la edad promedio al casarse subió 4.1 años en ambos sexos: de 28.4 a 32.5 en las mujeres y de 31.3 a 35.4 en los hombres. Las uniones entre personas del mismo sexo se celebran aún más tarde, a los 34.9 y 37.3 años. El mayor porcentaje de matrimonios se concentra entre los 25 y 29 años, pero el centro de gravedad se desplaza hacia la treintena. Casarse dejó de ser la puerta de entrada a la vida adulta y pasó a ser, para muchos, su consolidación.

Romper es más fácil, no necesariamente más frecuente

Dos de cada tres divorcios, 66.4 por ciento, fueron incausados: una de las partes puede exigir la disolución sin expresar motivo alguno. Sumado al 32.5 por ciento por mutuo consentimiento, la causa contenciosa prácticamente desapareció del mapa. La reforma legal abarató el costo emocional y procesal de separarse, pero no disparó las rupturas, que se mantienen estables. La pregunta que queda abierta es si esa facilidad protege a quienes antes quedaban atrapados o si también abrevia conflictos que antes se resolvían dentro del matrimonio.

Además, el matrimonio que termina suele ser largo. El 33.1 por ciento de las disoluciones corresponde a uniones de 21 años o más, y 56.4 por ciento de los divorcios judiciales no involucraba hijos menores. Hay más separaciones tardías que fracasos precoces: apenas 1.8 por ciento ocurre antes del primer año.

Desigualdad al firmar y al separarse

El registro laboral expone una brecha persistente. Al casarse, 94.4 por ciento de los hombres tenía trabajo frente a 58.3 por ciento de las mujeres, y entre quienes estaban fuera del mercado, 93.4 por ciento de ellas se dedicaba al hogar. Al divorciarse, declararon trabajar 66.8 por ciento de los hombres y 52.9 por ciento de las mujeres. Son poblaciones distintas y no seguimiento de las mismas personas, de modo que no cabe concluir que la ruptura empobrezca a las mujeres. Pero las cifras sí revelan que la autonomía económica femenina sigue rezagada justo cuando la pensión alimenticia a hijas e hijos se asigna solo en 37.7 por ciento de los casos.

Un país de contrastes

La geografía desmiente cualquier promedio. Campeche registra la mayor tasa de divorcios, 4.4 por cada mil adultos, y 62.5 rupturas por cada 100 bodas; Tamaulipas y Nuevo León le siguen de cerca. En el extremo opuesto, Veracruz (0.8 y 16.6) y Chiapas (1.0 y 16.3) apenas se separan. La Ciudad de México combina lo más bajo en ambos indicadores: 3.0 matrimonios y 0.9 divorcios por cada mil, lo que sugiere que la capital simplemente formaliza menos sus vínculos. El Registro Civil mide lo que se inscribe, no lo que se vive, y la unión libre queda fuera del cuadro.

La diversidad, en ascenso

Se registraron 6 481 matrimonios entre personas del mismo sexo, 3 978 entre mujeres y 2 503 entre hombres. Sus divorcios se duplicaron de 441 en 2021 a 915 en 2025. Es la señal de una institución que se normaliza: alcanza a más personas y, como cualquier contrato, también se disuelve.

Conclusión incómoda

El retrato no es el de una familia en ruinas, sino el de un país que posterga, elige y formaliza menos. Quien lea en estas cifras una crisis moral deberá explicar por qué la tasa de divorcio no se movió en nueve años. Quien celebre una modernización tendrá que explicar por qué la brecha laboral entre mujeres y hombres sigue intacta.