El primer paso para construir un buen gobierno no comienza con grandes discursos, sino con la honestidad fundamental de reconocer al “elefante en la habitación”: ese problema colosal y evidente que todos ven, pero que casi nadie se atreve a nombrar y, mucho menos, a aceptar.
En la política mexicana actual, ese elefante habita atrapado entre dos murallas: por un lado, la narrativa oficialista del régimen de MORENA, diseñada para invisibilizar y justificar sus fracasos; por el otro, la parálisis estratégica de una oposición desorientada que confunde la simple denuncia mediática con la construcción de un verdadero proyecto de nación. Mientras ambas partes mantengan esa dinámica, el elefante seguirá oculto y los mexicanos continuaremos privados de evaluar, aceptar y construir mejores alternativas de gobierno que nos conduzcan a un desarrollo real.
Sostengo enfáticamente que mientras el oficialismo transforma sistemáticamente cada crítica razonada en una supuesta afrenta a la soberanía nacional, la oposición se limita a llevar un inventario contable de los errores del régimen, como si la acumulación de agravios fuera, por sí misma, un programa alternativo de poder.
La denominada Cuarta Transformación ha construido un aparato discursivo sumamente eficaz. Conceptos clave como pueblo, oligarquía y neoliberalismo funcionan como resortes ideológicos que activan lealtades ciegas y desactivan el pensamiento crítico. Bajo ese esquema, cualquier cuestionamiento objetivo sobre los preocupantes resultados en materia de seguridad pública, estancamiento económico o colapso del sistema de salud es inmediatamente catalogado como un ataque de la “derecha” o, peor aún, como “traición a la patria”.
La polarización no es un accidente o un efecto secundario no deseado: es el motor central de su legitimidad. La 4T divide al país entre “buenos y malos”, negándose a dialogar con la mitad de la nación y atrincherándose entre sus simpatizantes. El costo de este dogmatismo es gravísimo: propuestas técnicas e indispensables —como la reestructuración profunda de las instituciones para volverlas eficientes y profesionales— son presentadas falsamente como actos de entreguismo.
Sin embargo, atacar la narrativa oficialista exhibiendo sus faltas no basta para ganar la confianza de la ciudadanía. La oposición debe comprender que, en su “segundo piso”, el régimen ha sofisticado su estrategia para empaquetar sus insuficiencias como agresiones externas contra el país.
Plantear una reestructuración institucional que devuelva la eficacia al Estado no vulnera la soberanía ni subordina al país a intereses extranjeros. Al contrario: dotar al Estado de herramientas funcionales es la única manera real de protegerlo. La soberanía no se ejerce con retórica hueca ni propaganda desde las tribunas, sino con instituciones sólidas, transparentes y que rindan cuentas a la sociedad. Si la oposición no entiende que su misión histórica no es actuar como fiscal de los errores del régimen, sino como arquitecta de las soluciones del futuro, seguirá perdiendo en la arena política por decisión unánime.
Ante la ineficacia —que en diversos momentos bordea el entreguismo— de los partidos de oposición tradicionales para frenar el deterioro institucional, he dedicado los últimos años a recorrer las regiones de México. Mi objetivo ha sido escuchar, identificar liderazgos auténticos y consensuar propuestas concretas que devuelvan a los ciudadanos la certeza de que existe un camino distinto y viable.
Un proyecto de nación alternativo debe cimentarse en pilares claros e irrenunciables:
Un México pacificado, libre del yugo del homicidio y la extorsión; un sistema educativo de calidad y un sector salud verdaderamente funcional para toda la población; un estado de derecho y certeza económica con reglas claras que brinden confianza a la inversión privada —tanto nacional como extranjera— para generar los empleos y la infraestructura que el presupuesto público no alcanza a cubrir por sí solo; un órgano electoral firme e independiente que garantice comicios limpios, blindados frente a la infiltración del crimen organizado y a las maniobras o “acordeones” institucionales para inducir el voto; erradicar el cáncer que ha hecho metástasis en los tres órdenes de gobierno y en las empresas del Estado, como un PEMEX desangrado por el huachicol y desterrar el centralismo asfixiante para equilibrar el desarrollo regional y saldar las brechas históricas entre el Norte, el Centro y el Sur-Sureste del país.
En este andar he confirmado que miles de ciudadanos comparten esta misma convicción: la exigencia de un nuevo México no debe utilizarse como excusa para la queja perpetua, sino como la hoja de ruta para recuperar la confianza de las mayorías.
Las elecciones intermedias de 2027 representan una coyuntura decisiva. La oposición —incluyendo tanto a las fuerzas políticas tradicionales como a los partidos de reciente creación que asuman su papel democrático— tiene la oportunidad de presentar una cara renovada: una alternativa que sepa señalar lo que está mal, pero que acompañe cada crítica con una solución factible; que le hable al ciudadano con empatía, franqueza y realismo; y que convenza a la sociedad de que solo existe un México, y que la injusticia y la desigualdad se combaten con unidad, no dividiéndonos en bandos enemigos.
En mis próximas entregas compartiré los aprendizajes, diagnósticos y propuestas recabados en muchas y muy valiosas conversaciones con hombres y mujeres de todo el país.
La lección principal de este recorrido es tajante: la indignación por sí sola no gana elecciones. La ciudadanía no le otorgará su voto a quien mejor insulta o descalifica, sino a quien le ofrezca razones sólidas para creer que su vida y la de su familia pueden mejorar. Mientras no nombremos con claridad al elefante en la habitación y pasemos definitivamente de la queja a la propuesta estructurada, el régimen seguirá imponiendo su libreto. Es hora de ofrecer soluciones y construir la alternativa que México exige.
