Los vientos políticos de América Latina están cambiando de dirección y México observa el fenómeno con una mezcla de interés y preocupación. Chile tiene a José Antonio Kast en la Presidencia, Colombia eligió a Abelardo de la Espriella y Brasil acaba de colocar a Flávio Bolsonaro en el primer lugar de la primera vuelta presidencial. Pero conviene hacer una precisión: Flávio Bolsonaro todavía no ha ganado la Presidencia; disputará la segunda vuelta el 25 de octubre después de obtener 47,03 % frente al 45,16 % de Luiz Inácio Lula da Silva.

El dato importante, sin embargo, no está solamente en los nombres, sino en la posibilidad de que exista un cambio de humor político en la región. En México, una encuesta de Enkoll levantada en diciembre de 2025 encontró que 28 % de los entrevistados se identificaba con la derecha, frente a 26 % que se ubicaba en la izquierda. La misma medición mostraba, además, un crecimiento de la autoidentificación con la derecha respecto de mediciones anteriores.

Es un dato que merece atención, pero no debe convertirse en una conclusión automática. Identificarse con una corriente ideológica no significa necesariamente estar dispuesto a votar por el partido que dice representarla. Ahí está precisamente el problema de la derecha mexicana.

Claudia Sheinbaum ha respondido a la posibilidad de un avance de la derecha con la seguridad de quien quiere cerrar anticipadamente una discusión: en México, sostiene, ese escenario no ocurrirá. El problema de ese argumento es que confunde una convicción política con una realidad electoral. Las elecciones no obedecen a deseos presidenciales ni a pronósticos partidistas. Se ganan cuando existe una oferta capaz de conectar con los electores.

Y esa oferta, hoy, no está claramente construida.

El PAN sigue siendo la principal fuerza electoral identificada con la derecha, pero no parece haber encontrado todavía la figura capaz de convertir el descontento con Morena en una candidatura presidencial competitiva. Una medición de GobernArte de septiembre coloca a Morena en 43,7 % de la intención de voto rumbo a 2030, frente a 18,9 % del PAN. Más revelador todavía: dentro del blanquiazul, Ricardo Anaya encabeza las preferencias entre los nombres evaluados con apenas 20,3 %, mientras 24,5 % prefiere otro perfil y 20,2 % ninguno.

MetaMetrics ofrece una fotografía parecida: en agosto Morena registró 41,6 % y el PAN 21,3 %. Entre los panistas, Anaya apareció nuevamente al frente, pero sin una ventaja que permita hablar de una candidatura consolidada.

Ahí está la diferencia con Bolsonaro, Kast o De la Espriella. El crecimiento de la derecha latinoamericana no fue únicamente producto de que una parte de la sociedad se desplazara ideológicamente hacia ese espacio. También hubo candidatos capaces de encarnar el malestar, construir una narrativa y convertirla en una opción electoral.

México puede llegar a 2027 con una oposición debilitada y a 2030 con un electorado más receptivo a una alternativa de derecha. Pero entre una sociedad que cambia y una candidatura capaz de aprovechar ese cambio existe una distancia enorme.

La derecha mexicana tiene, quizá, una oportunidad histórica. Lo que todavía no tiene es el candidato que pueda convertirla en una victoria.