A un mes del 3 de noviembre, el cuadro que ofrecen TResearch y Mitofsky parece sólido. La aprobación de Trump ronda el 35.3 %, la boleta genérica favorece a los demócratas por ocho puntos (51.2 % contra 43.3 %) y el modelo de Decision Desk HQ les da 76 % de probabilidad de controlar la Cámara. Pero el domingo 4 de octubre, Brasil recordó que las encuestas no son resultados.

El precedente brasileño

Datafolha otorgaba a Lula 45 % contra 42 % para Flávio Bolsonaro en los sondeos de la víspera. El escrutinio dijo otra cosa: Bolsonaro obtuvo 47.03 % y Lula 45.16 %. Un margen de tres puntos a favor del presidente se convirtió en casi dos a favor de su rival. El error no fue de matiz, cambió de signo.

Casi ninguna encuesta anticipó ese desenlace, y se señala como causa a votantes que recelan de revelar su preferencia en un entorno polarizado. Otro analista añade que parte de quienes declaraban apoyar a un tercero votó de forma estratégica por uno de los dos grandes. No es una novedad: en 2022 Jair Bolsonaro también superó el techo que le fijaban los sondeos. Los modelos erraron dos veces en la misma dirección. A esa tendencia conviene llamarla sesgo sistemático, no accidente.

Lo que la encuesta no mide

La boleta genérica mide el voto nacional, no los escaños. Texas, Misuri, Carolina del Norte, Ohio y Utah estrenan mapas distritales que favorecen a los republicanos, y solo California, con su Proposición 50, compensa en parte. Una ventaja de ocho puntos en el agregado puede diluirse en distritos diseñados para absorberla.

El mapa del Senado es más frágil de lo que sugiere el titular de “cinco escaños republicanos en disputa”. Solo Carolina del Norte muestra una ventaja amplia, y con una sola encuesta. Iowa marca D +1.0, Maine aparece empatado y Kansas se inclina a los republicanos por medio punto. Varias de las contiendas se apoyan en dos o tres sondeos. En Texas, las encuestas para la gubernatura oscilan entre R +5 y D +3, un rango tan amplio que equivale a no tener información. El propio modelo de Decision Desk HQ describe el control del Senado como “prácticamente una moneda al aire”, con 56 %.

Los promedios, además, son simples: mezclan casas encuestadoras de metodologías y sesgos muy distintos. Y el dato de escaños de partida se tomó de una enciclopedia abierta, no de una fuente oficial. Son detalles menores, pero una narrativa tan categórica exige cimientos más firmes.

El contraargumento honesto

Sería un error trasladar Brasil a Estados Unidos sin matices. Son sistemas distintos: voto obligatorio, dos vueltas y un candidato heredero de un movimiento muy organizado. En Estados Unidos los sondeos de 2018 acertaron razonablemente con la ola demócrata, y en 2022 la anunciada “ola roja” no se materializó. Los errores van en ambas direcciones.

Tampoco es un artefacto estadístico el desgaste de Trump. Incluso la encuesta más favorable del cuadro, Rasmussen, lo ubica con un saldo negativo de 13 puntos. La desaprobación aparece en todas las fuentes, y su aprobación entre latinos, 27 %, abre la puerta a sorpresas en distritos fronterizos. Aun así, los autores del informe reconocen que los sondeos subestimaron al voto trumpista en 2016 y 2024. La advertencia está en su propio texto; falta que el titular la asuma.

Lo que está en juego para México

Para México, la apuesta es costosa. Aranceles, T-MEC, remesas y redadas dependen de quién controle el Congreso. Dar por hecho un freno legislativo a la agenda de Trump equivale a planear sobre una probabilidad como si fuera un hecho. Los mercados ya muestran cuánto cuesta equivocarse: tras la sorpresa brasileña, la bolsa de ese país se disparó y el riesgo país bajó por segunda rueda consecutiva. Quien se anticipó a Lula pagó el error.

La ventaja demócrata es real, pero su magnitud es incierta. ¿Cuántos analistas, empresarios y gobiernos están dispuestos a construir sus decisiones sobre una cifra que Brasil acaba de desacreditar?