Una vez más, por ignotas, pero no incomprensibles razones, las encuestas fallan en Brasil. Ni Quaest —oficialmente Quaest Pesquisa— ni Datafolha, las principales encuestadoras brasileñas preveían una clara victoria del “senador, abogado y cristiano” —como gusta llamarse—, Flavio Nantes Bolsonaro (hijo mayor del primer matrimonio del expresidente Jair Messias Bolsonaro Bolsonaro y de Rogeria Nantes). El presidente Luiz Inacio Lula da Silva, que busca su reelección, era el favorito, pero ante las evidencias aceptó la derrota calificando los resultados de “inesperados”. Los números no dan lugar a dudas.

El candidato del Partido Liberal (PL), de derecha, obtuvo el 47.03% de los votos: 56,104,103 y el legendario abanderado del Partido de los Trabajadores (PT), recibió el 45.16% de la votación: 53,876,434. El resto de los 13 candidatos únicamente sumó el 7.8%. La abstención superó el 21%: 33,468,416. Votaron 125,272,151 ciudadanos. Se nulificaron 3,674,144 papeletas y en blanco fueron 2,300,781. Como ninguno de los abanderados superó el 50% de los sufragios, los dos principales, Bolsonaro y Da Silva disputarán el balotaje el próximo domingo 25 del mes en curso. Los comicios se celebraron en paz y el sistema electrónico en uso desde 1996 dio a conocer los resultados pocas horas después del cierre el domingo 4 de octubre.

Respecto a una posible injerencia extranjera en los comicios presidenciales, auspiciada desde Washington, EUA, patrocinada por el propio presidente Donald John Trump, el director general de la Policía Federal de Brasil, Andrei Rodrígues —que se encuentra bajo investigación—, informó que el departamento de inteligencia de la fuerza investiga una denuncia sobre una posible injerencia extranjera en los comicios presentada por la Abogacía General de la Unión, institución pública encargada de la representación judicial y extrajudicial del Estado Federal de Brasil. No obstante, el Tribunal Superior Electoral (TSE) indicó que no detectó pruebas de dicha injerencia.

En la presente elección, además de elegir al titular del Ejecutivo, se hizo lo propio con los gobernadores de los 26 estados y el Distrito Federal que componen el país, 513 diputados federales, dos tercios del Senado (81 senadores) y asambleas regionales.

En São Paulo, la entidad más poblada y principal motor económico de Brasil, Tarsicio Gómez de Freitas, militar e ingeniero, nativo de Río de Janeiro, 19 de agosto de 1975, 64° gobernador del estado desde 2023, del Partido Republicanos, aliado de Bolsonaro, fue reelegido en el cargo en primera vuelta con 62.85% frente a 36.22% de Fernando Haddad, del PT.

La derecha brasileña consolidó su avance en el Congreso. De los 32 senadores electos hasta ahora, 16 pertenecen al PL y sólo dos al PT. Novo, PSB, Uniao, Republicanos y Podemos eligieron dos cada uno, mientras el MDB se ubicó como segunda fuerza. Se confirmaron 14 gobernadores, cinco del PL, y Datafolha calcula otros seis definidos en primera vuelta. La atención ahora está en quienes no pasaron al balotaje: Augusto Cury (Avante), Renan Santos (Missao) y Ronaldo Caiado (PSD) reúnen cerca de 8%, superior a la diferencia entre Bolsonaro y Lula. Cury, médico psiquiatra y escritor, cuestionó la polarización; Santos, vinculado al Movimiento Brasil Libre, busca distanciarse del bolsonarismo; Caiado, exgobernador de Goias, aporta influencia regional. Su apoyo no garantiza transferencia automática de votos, en una estrecha contienda para dentro de 14 días, el 25 de octubre.

En suma, la segunda vuelta, se perfila como una disputa de alta polarización y movilización territorial. Bolsonaro buscará capitalizar el voto anti-PT y el descontento económico, mientras que el veterano Lula intentará recomponer su frente amplio apelando a electores de centro, jóvenes y del nordeste, y a los abstencionistas. Podría parecer que el péndulo en el extenso país volverá a la “extrema derecha” después de años de una política deformada por la corrupción el populismo y la polarización. Esta última quizás es lo que más impacta en el país, aunque hay clanes, como el de los Bolsonaro que tal parece les adelantaron los regalos de Navidad.

El Partido Liberal, que no tiene nada de liberal, contará ahora con el mayor número de escaños en el Congreso, con el doble de senadores que antes, y el mayor número de gobernadores estatales. El clan, que según la revista The Economist está “compuesto por ignorantes cuya capacidad paras causar estragos se ve limitado solamente por su incompetencia para gobernar”, resultó el gran ganador: la tercera esposa del patriarca, Jair, encarcelado en su casa, además de otros dos hijos, y de su hermano, serán parlamentarios.

Toda la explicación de lo que le salió mal a la izquierda tiene que comenzar con el propio Luiz Inacio. Aún cuando su historia —de ser un humilde obrero siderúrgico a ocupar el pináculo del poder— sigue siendo admirable. Hoy en día, Lula es un hombre del ayer. Se repite la historia de Joe Biden: un octogenario proclive a las divagaciones que no debió haber sido candidato presidencial (esta fue su séptima vez), y que compitió solo por la falta de alternativas plausibles. Su “heredero”, el ex ministro y alcalde Fernando Haddad, acaba de perder las elecciones para gobernador de São Paulo por un gran margen contra un incondicional de Flavio Bolsonaro. Esta fue la cuarta derrota consecutiva para Haddad, de manera que su carrera política también está terminada, la larga sombra de Lula continuará oscureciendo el futuro de la izquierda en Brasil.

La economía brasileña ha crecido, pero no por los logros del gobierno de Lula, sino por el alza del precio internacional de los recursos naturales. Asimismo, el costo de la vida es una cuestión candente para el electorado. El famoso obrero que llegó al poder ha arrastrado los pies respecto a las reformas estructurales que el país necesita para ser más productivo y capaz de crecer a largo plazo. Además, la situación fiscal es grave: este año el déficit fiscal superará el 8% del PIB, y la deuda pública, nunca fue fácil de medir gracias a la endiablada estructura federal del fisco brasileño, se estima en cerca del 95% del PIB.

Con las tasas de interés mundiales al alza, esta es una combinación tóxica. Si el Junior Bolsonaro llega a la Presidencia, su prioridad no debería ser poner en libertad a Jair, como lo ha prometido, sino resolver el desastre fiscal que el mandatario saliente dejará como herencia maldita.

Aparte de su incapacidad como probado economista —que no podría ser—, Lula se mostró muy tímido en su respuesta ante el avasallador crimen organizado, qué tanto en Brasil como en el resto de Hispanoamérica, incluyendo México, ha adquirido proporciones mayúsculas. Así como su debilidad por los dictadorzuelos que en el mundo han sido y continúan siendo. Sus fotos aplaudiendo a Vladimir Putin, en la Plaza Roja de Moscú, o su cercanía con los ayatolás que gobiernan Irán (como sucedió en la cumbre de los BRICS de 2023), no resultan un activo para su campaña, aunque los asuntos exteriores no tengan primera prioridad para los electores brasileños.

El poder desgasta y cuando se repite, como en el caso de Lula y muchos otros, las recetas izquierdistas tradicionales, condimentadas con ribetes de falsa “superioridad moral” —como está sucediendo en México con los morenistas juaristas— (“somos los únicos capaces de defender los derechos del pueblo”), no entusiasman a la mayoría electoral.

Bien dice en su columna El espejo, titulada El Péndulo y la polarización brasileña, Leonardo Núñez González: “La fotografía brasileña resulta extrañamente simétrica. Hace ocho años Lula estaba encarcelado mientras Bolsonaro llegaba al poder: hoy Lula gobierna mientras Bolsonaro está preso (aunque en su casa, BGS) y su hijo disputa la presidencia prometiendo reivindicar su legado. La política brasileña parece avanzar, pero continuamente regresa sobre sus propios pasos. Eso es precisamente lo peligroso de la polarización extrema. No significa simplemente que existan izquierda y derecha ni que ambas sean equivalentes. Bolsonaro cruzó límites democráticos que Lula no ha cruzado. Pero el lulismo también contribuyó a construir una política plebiscitaria, personalista y dividida por un discurso del pueblo contra sus adversarios, vistos demasiadas veces como enemigos. Cuando cada elección se presenta como la última batalla entre el bien y el mal, negociar se vuelve traición y perder resulta intolerable”.

La ciencia política —agrega Núñez—, ha demostrado que las democracias funcionan mejor cuando los adversarios se reconocen como rivales legítimos y aceptan que algún día les tocará perder. (En México, los actuales señores del poder piensan que el poder que tienen por el momento es para siempre. Eso no es así). Mientras tanto, se dedican a destruir todo lo que les impide seguir en la “silla”. Ni tampoco ganar una o dos o tres elecciones seguidas significa que el “pueblo” les dio una patente de corso.

En tales circunstancias, Brasil —dice el comentarista citado—, ha hecho exactamente lo contrario durante casi una década: cada extremo ha encontrado en los excesos del otro la justificación para radicalizarse. El centro político, mientras tanto, se ha ido vaciando. Millones de electores vuelven a escoger no necesariamente a quien prefieren, sino a quien consideran capaz de detener al adversario. El 25 de octubre los brasileños escogerán presidente. Pero también decidirán si vuelven a empujar el péndulo con todas sus fuerzas sabiendo que, sin romper el ciclo, después podría venir de regreso con la misma furia.

Como quiera que sea, el caso es que Brasil se enfrenta a dos proyectos. Uno, dirigido por un “viejo” que dos días después del balotaje, el 27 de octubre, se vuelve un octogenario. Y, por muy genial que sea el hijo de Dona Lindu y de Aristides Inacio, la edad pesa. Que se lo cuente Joe Biden y el propio bocón de Donald Trump. Y Flavio, de apenas 45 años, muchos lo ven como un “burro”. Lula es un superviviente que ha sobrevivido a varios matrimonios, y que defiende un modelo “progresista” que recibe el apoyo de los movimientos sociales y de trabajadores, de mujeres, católicos y de una parte del empresariado.

Su promesa es continuar con los programas sociales que creó hace dos décadas, como Bolsa Familia que, de acuerdo con el Banco Mundial ha beneficiado a 50 millones de personas, y que incrementó hace unos días de 116 a 133 dólares mensuales, medida que cuestionó la oposición por anunciarlo en periodo preelectoral.

Lula se ha comprometido con la reindustrialización y la defensa del medio ambiente con miras a erradicar la deforestación y a luchar contra el cambio climático. Logró la aprobación de una ley de minerales raros para su explotación y transformación, iniciativa que va de la mano con la defensa de la soberanía que reafirmó hace pocos días en la Asamblea General de la ONU cuando dijo: “Brasil no es patio trasero de nadie”.

Flavio Bolsonaro, por su parte, ha hecho de la seguridad el tema central de su campaña, siguiendo el modelo que promovió su padre, cuando consiguió la presidencia en 2018. Como el patriarca, el heredero que tiene en su contra fuertes acusaciones por corrupción, llega con el respaldo de los Evangélicos, que controlan una tercera parte del Congreso, él mismo como senador y cristiano, es integrante del Frente Parlamentario Evangélico, con el cual articula los temas centrales de su campaña: la defensa de la familia tradicional y la lucha contra la que llama una ideología de género. Su apoyo se concentra en los estados del sur, sobre todo en Río de Janeiro, así como entre evangélicos y empresarios.

La seguridad que promete Bolsonaro es una demanda que encuentra paralelo en las campañas recientes de América Latina y que ha recibido respaldo del magnate quien clasificó como terroristas a las organizaciones Comando Vermelho y Primeiro Comando da Capital.

Aunque Lula durante su campaña anunció medidas para afrentar la inseguridad, el tema lo hizo suyo la derecha. Modelos como el de Nayib Bukele en El Salvador son aplaudidos por Trump y replicados por presidentes como Abelardo de la Espriella en Colombia. La seguridad es la base del proyecto de EUA en la región a través del Escudo de las Américas y de la Doctrina Monroe y aspira a que Brasil sea parte de su plan. Y hará todo lo que esté a su alcance para lograrlo.

Varios analistas internacionales consideran que el posible triunfo de Bolsonaro traería consecuencias geopolíticas de importancia. Por ejemplo, trataría de desarticular la novísima agrupación conocida como BRICS. Por lo menos la participación de Brasil en su seno bajo el liderazgo de la República Popular de China. De antemano, se sabe que habría muchas implicaciones geopolíticas con un Brasil en la extrema derecha en Sudamérica. Así como en el futuro de la asociación de México con Brasil en temas petroleros suscrita hace pocas semanas. Pero, fundamentalmente, la probable victoria de Bolsonaro el 25 de mes, sería determinante para el equilibrio de poderes tanto en el Congreso como en el Poder Judicial de Brasil. El control del Senado posibilita el caso de juzgar a un magistrado del Supremo Tribunal Federal, que es el equivalente de la Suprema Corte de Justicia de México. El próximo presidente brasileño podrá designar a cinco ministros del Supremo, y resulta que varios ministros están ahora involucrados en escándalos sin precedentes en el país. Uno de ellos fue el que mantiene en la cárcel al ex presidente Jair Bolsonaro. Una de las primeras medidas del probable presidente Flavio Bolsonaro es el indulto de su padre.

Cualquiera de los dos puede ganar: Flavio o Lula. Si gana el primero, la izquierda reconocería su derrota. Lula siempre ha reconocido sus fracasos. Lo que está en el aire es si Lula gana por 200 o 100 mil votos, ¿cómo reaccionaría Flavio? ¿Reconocería su derrota? VALE.