Las encuestas se han convertido en instrumentos clave para la planeación estratégica y la propaganda política, aunque no siempre reflejan el resultado final en las urnas. La experiencia electoral demuestra que los estudios demoscópicos suelen acertar respecto al ganador, pero a menudo con matices y desviaciones significativas.

En México durante las elecciones de 2024, la mayoría de los sondeos anticipó el triunfo de Claudia Sheinbaum con márgenes de entre 11 y 20 puntos sobre sus competidores. No obstante, las proyecciones sobreestimaron el respaldo a Xóchitl Gálvez, e incluso algunas casas encuestadoras dieron por segura su victoria. Este caso ilustra cómo las encuestas pueden certificar correctamente quién ganará, pero fallar al calcular el margen de ventaja.

En contraste, existen ejercicios con un alto grado de precisión. En las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2008, el promedio de las encuestas otorgaba a Barack Obama una ventaja de 7.5 puntos a nivel nacional; el resultado oficial se fijó en 7.3. Asimismo, en la contienda de Francia en 2022, las mediciones finales proyectaban para Emmanuel Macron entre el 55 % y el 57 % de los votos frente a Marine Le Pen, alcanzando finalmente el 58.5 %, una variación dentro del margen de error estadístico.

Por otra parte, se registran discrepancias notables. Un caso emblemático ocurrió en Nicaragua en 1990, cuando los estudios de firmas internacionales preveían la ventaja del candidato sandinista Daniel Ortega; sin embargo, Violeta Barrios de Chamorro se impuso con un 55 % de los votos frente al 41 % de su rival. Este fenómeno se atribuyó al «voto oculto», generado por el temor a expresar la preferencia opositora en un contexto de polarización.

Un fallo reciente tuvo lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil en 2026. Los sondeos atribuían el primer lugar a Luiz Inácio Lula da Silva; no obstante, el senador Flávio Bolsonaro encabezó la votación. Días antes, un reporte de Datafolha asignaba un 39 % de intención de voto a Lula y un 36 % a Bolsonaro; con el 96.6 % del escrutinio oficial, Bolsonaro alcanzó el 47.45 %.

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016 aportaron otro ejemplo relevante. Los sondeos nacionales otorgaban a Hillary Clinton tres puntos de ventaja —quien ganó el voto popular por dos puntos—, pero los estudios estatales fallaron en Wisconsin, Michigan y Pensilvania, donde Donald Trump terminó imponiéndose por menos de un punto. La falla se atribuyó a desajustes en la ponderación del nivel educativo y a la decisión tardía de los votantes indecisos.

Analistas políticos y especialistas en demoscopia, como Roy Campos, señalan que las encuestas no deben interpretarse como pronósticos definitivos, sino como fotografías instantáneas de la opinión pública en un momento determinado.

Pese a sus limitaciones, las organizaciones políticas utilizan de forma recurrente las encuestas para definir candidaturas. Mediante metodologías complejas que miden atributos y posicionamiento, los partidos seleccionan a sus abanderados para las contiendas electorales.

Esta metodología ha sido adoptada por Morena y, en menor medida, por el PAN con miras a los comicios de 2027. Sin embargo, el recurso ha generado inconformidades entre las facciones excluidas, las cuales cuestionan la transparencia metodológica, el perfil de las empresas contratadas y la divulgación incompleta de los datos.

En diversos casos, aparecer a la cabeza en la intención de voto no garantiza la postulación. En Baja California Sur, una encuesta de la empresa Territorial ubicó al alcalde de Los Cabos, Christian Agúndez, con un 47.5 % de preferencia interna para la candidatura de Morena, superando por amplio margen al aspirante panista Francisco Pelayo. Asimismo, en las mediciones internas de Morena, la misma firma lo situó con un 44.1 % frente a Manuel Cota con 20.2 %.

A pesar de estos números, un comunicado difundido el 19 de octubre de 2026 confirmó que las dirigencias de Morena y del Partido del Trabajo descartaron a Agúndez para encargarle la coordinación de la defensa de la transformación. El documento precisa: «En las encuestas internas que circularon en su propio partido, Agúndez gana en negativos. Es el aspirante con mayor rechazo, el que más carga arrastra. Eso incumple un criterio fundamental para aspirar: no puedes ir a una contienda cuando eres el que más polariza y el que más gente dice que no quiere de vuelta».

El caso demuestra que el liderazgo en preferencia bruta puede quedar anulado si los índices de rechazo u otros factores políticos condicionan la viabilidad del candidato.

A pesar de estas limitaciones, los partidos en México continúan utilizando encuestas no solo para la selección de cuadros, sino para la formulación de discursos, la estrategia de campaña y la fijación de posturas públicas. No obstante, las dirigencias partidistas —particularmente en la oposición— no siempre traducen los hallazgos en fortaleza competitiva. En el caso de Morena, la efectividad del método de encuestas convive con un costo interno creciente debido a las impugnaciones de los grupos postergados.

Las encuestas electorales pueden coincidir con el resultado final o distar considerablemente de él. Un fenómeno similar ocurre en el ámbito interno de las candidaturas, dinámica cuyo impacto real se constatará en el proceso electoral de 2027.