Que Donald Trump pidiera a Volodímir Zelenski, y no a Vladimir Putin, frenar los ataques contra la infraestructura petrolera rusa dice más del cálculo electoral de Washington que del equilibrio militar en el frente. Trump pidió al presidente ucraniano que dejara de atacar la infraestructura diésel rusa, alegando que provocaba una escasez de combustible que “perjudica al mundo”. Argumentó además que el problema no viene de Oriente Próximo, pese a la guerra de Estados Unidos contra Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz. La explicación es cómoda para un presidente que, a semanas de las elecciones legislativas de noviembre, necesita combustible barato.

La paradoja de la presión

El día siguiente, Trump afirmó que Kiev y Moscú habían acordado suspender los ataques contra objetivos energéticos. Zelenski fue más prudente: habló de una propuesta firme de Estados Unidos y condicionó su apoyo a que Rusia demuestre una voluntad real y duradera de detener la guerra. La contradicción es evidente. Moscú ha atacado la red energética ucraniana desde 2022, y aun así se le exige la contención al agredido. Mientras tanto, un ataque ruso en Zaporiyia dejó 23 muertos, entre ellos cuatro niños. Una tregua sin verificación ni garantías, como la que el anuncio de Trump no detalló, es un gesto político más que un acuerdo.

El frente digital

Lo menos visible es quizá lo más significativo. Drones golpearon un centro de datos de Yandex en la región de Riazán, que la empresa suspendió por completo tras un incendio. La ofensiva se amplió: el ataque a Vladimir fue el tercero contra instalaciones de la compañía en una semana. Yandex es el equivalente ruso de Google, y en Sasovo se alojaban dos de los tres superordenadores que usa para entrenar sus modelos de inteligencia artificial. Moscú ya había abierto esa vía: Rusia llevaba un mes atacando centros de datos y telecomunicaciones ucranianos, incluso en el centro de Kiev. Ucrania respondió con la misma lógica.

Una hipótesis que exige cautela

La tesis más llamativa es que estos golpes redujeron la actividad de cuentas que amplifican a la ultraderecha europea y al movimiento MAGA. Hay un indicio, pero débil. Un diario italiano, citando mediciones de Cloudflare y NetBlocks, informa de que el tráfico automatizado ruso cayó a una fracción mínima de sus picos recientes y que el tráfico de Yandex Cloud bajó al 30% de lo normal. Esa caída de tráfico automatizado no prueba por sí sola que descendieran los mensajes de partidos europeos concretos ni de simpatizantes de Trump. No encontré estudios independientes que lo confirmen. Además, investigaciones previas documentaron redes vinculadas a la fábrica de trolls rusa que se hacían pasar por conservadores estadounidenses. Existe el vector de influencia, pero su efecto electoral medido sigue sin demostrarse. Atribuir a un apagón informático un impacto en las urnas de noviembre sería, hoy, especulación.

¿Potencia disminuida o guerra de desgaste?

Aquí conviene resistir el triunfalismo. Ucrania muestra que una fuerza con menos recursos puede imponer costos asimétricos: refinerías, centros de datos y puertos son blancos baratos de alcanzar y caros de reponer. Pero la imagen de un ejército ruso disminuido tiene una contrapartida incómoda: un ataque ruso contra autobuses en Kramatorsk mató al menos a 30 personas. Rusia conserva capacidad de castigo sobre la población civil. Vulnerabilidad económica y fortaleza ofensiva coexisten.

Las fricciones que quedan abiertas

Tres tensiones merecen debate. Primera: Washington presiona a su aliado, no a su adversario, para proteger sus precios internos. Segunda: Kiev amplía su campaña hacia la infraestructura tecnológica, lo que normaliza un tipo de guerra cuyas reglas nadie ha escrito y que puede volverse en su contra. Tercera: la ultraderecha occidental, que celebró la narrativa del Kremlin, depende más de las plataformas digitales de lo que admite, y esa dependencia quedó expuesta.

Lo cierto es que la guerra ya no se libra solo en trincheras. Se libra en la bomba de gasolina del votante estadounidense y en los servidores que sostienen el relato. Quien lea ese cambio como victoria o como derrota, sin matices, se equivocará.