En Baltimore, Donald Trump volvió a relatar una llamada en la que la presidenta Claudia Sheinbaum le habría rogado que le confirmara que no cambiaría el nombre del Golfo de México. Es la misma escena, con variaciones, que ya había escenificado antes. En marzo, ante un foro de inversionistas, recreó la supuesta conversación con tono burlón y aseguró, sin pruebas, que las plataformas digitales ya habían adoptado el nombre “Golfo de América”. A inicios de mayo, en una cena en Florida, imitó la voz de la mandataria con un español caricaturesco y la elogió como mujer hermosa y exbailarina. La reiteración permite descartar la improvisación. Se trata de un guion con público, protagonista y destinatario.

Las burlas persiguen un efecto doméstico. Trump relata llamadas en las que el interlocutor suplica y él concede o se niega. Es un recurso conocido de su repertorio: presentarse como quien decide en cualquier relación bilateral. El relato no requiere verificación, y aquí está la clave, porque la contraparte no suele desmentirlo. En mayo, el Gobierno mexicano no había emitido comentario alguno sobre la burla. Ese silencio es una decisión diplomática razonable, pero tiene un costo: deja que la versión del imitador sea la única disponible.

La estrategia de Sheinbaum es coherente. Ha insistido en cooperar sin confrontar, aunque ha reiterado que el nombre correcto es Golfo de México, incluso con consignas de apoyo en actos públicos. Responde en el terreno simbólico y evita el choque institucional, porque lo que está en juego con Washington excede cualquier nombre: seguridad, comercio, migración y remesas dependen de que la relación no se rompa. Quien ocupa el lugar de menor poder relativo gana poco confrontando a quien controla la mayoría de las palancas.

Aquí aparece la primera contradicción. Si la burla es solo propaganda para consumo interno, México podría tratarla como ruido. Pero el ruido repetido es un patrón, y los patrones moldean expectativas. Cuando un presidente estadounidense ridiculiza de forma sistemática a su homóloga, reduce el costo político, para sí mismo y para otros actores de su gobierno, de tratar a México como subordinado en las negociaciones. La caricatura no es la política, pero crea el clima en que la política se negocia.

Segunda contradicción: la insistencia sobre el Golfo carece de contenido práctico. Trump reactivó la propuesta en enero de 2025 y la ha defendido desde entonces como parte de una narrativa de presencia económica y estratégica en la región. Un nombre en documentos estadounidenses no altera tratados ni cartografía internacional. Su valor es simbólico y, precisamente por eso, útil: permite demostrar fuerza sin costo material. Es la forma más barata de proyectar dominio, y por ello la más tentadora para quien enfrenta una elección.

Esa elección, la intermedia del 3 de noviembre, es la variable decisiva. En campaña, el presidente necesita escenas que consoliden a su base, y la relación con México ofrece material abundante: frontera, cárteles, comercio. Burlarse de la presidenta mexicana cuesta poco ante un electorado que difícilmente lo castigará por ello. Tras los comicios, el cálculo cambia, y quizá también el tono. La pregunta es si la presión retórica se disipará o si ya habrá producido hechos consumados en la agenda de seguridad.

Hay una lectura menos complaciente. Trump no es un actor guiado solo por su estado de ánimo. La burla puede ser táctica: ablandar a la contraparte, medir su umbral de tolerancia y preparar exigencias futuras. Un interlocutor que no responde y acumula agravios simbólicos puede resultar más flexible cuando llegan las demandas sustantivas. Si esa es la lógica, la paciencia mexicana funciona como incentivo para repetir la fórmula.

El dilema para México es incómodo. Responder con dureza arriesga represalias en comercio, remesas o seguridad. Callar normaliza el trato. Sheinbaum ha optado por una vía intermedia: firmeza en lo simbólico, cooperación en lo concreto. Será exitosa si logra que la cortesía no se confunda con subordinación y si el gobierno articula una estrategia de defensa de intereses que no dependa de la simpatía personal de nadie.

La relación entre ambos países no puede quedar sujeta al humor de un mandatario ni al calendario electoral del otro. Pero ese es, hoy, el terreno en que se mueve. Al gobierno mexicano le corresponde construir instituciones y agendas lo bastante sólidas para que el trato respetuoso no sea una concesión y para que la próxima burla, que llegará, encuentre una relación que no dependa de ella.