Dicen que una estrategia debe mantenerse mientras funcione. Morena encontró en las encuestas el instrumento ideal para elegir a sus candidatos y candidatas a los distintos cargos de elección popular. Durante años, este mecanismo permitió resolver las disputas internas sin provocar fracturas. Sin embargo, lo que ayer fue una solución hoy comienza a convertirse en un problema. Las encuestas, que durante los tiempos de Andrés Manuel López Obrador parecían tener poderes casi mágicos para disciplinar a los aspirantes, comienzan a mostrar signos de agotamiento. La pregunta es inevitable: ¿qué cambió, las encuestas, los encuestados o los dirigentes de Morena?
Discursivamente, las encuestas no eran únicamente un instrumento demoscópico, una herramienta estadística para medir preferencias electorales. Eran, según Morena, la manera de consultar al pueblo quién debía representarlo y eventualmente gobernarlo. Además, este procedimiento permitió al partido diferenciarse, por ejemplo, del PRD, donde la elección de dirigentes y candidatos mediante el voto libre, directo y secreto de sus militantes terminaba convirtiendo desacuerdos en enormes tormentas políticas. Morena aprendió aquella lección y sustituyó las urnas internas por cuestionarios, las campañas entre militantes por mediciones de popularidad y las disputas abiertas por decisiones aparentemente científicas.
Las encuestas y la tómbola, esta última merece una historia aparte, fueron los mecanismos utilizados exitosamente por Morena entre 2018 y 2024. Digo exitosamente porque, más allá de inconformidades momentáneas, los aspirantes y aliados terminaron aceptando los resultados. Incluso los complicados ajustes por cuestiones de género fueron procesados sin rupturas. Recordemos el caso de la Ciudad de México, cuando Omar García Harfuch, mejor posicionado en las mediciones, terminó haciéndose a un lado para permitir la candidatura de Clara Brugada. La autoridad política de López Obrador resultaba fundamental para que todos aceptaran las reglas, incluso cuando no les favorecían.
Otra historia estamos viendo rumbo a las elecciones de 2027. En por lo menos tres estados, Nuevo León, Michoacán y Nayarit, las inconformidades públicas alrededor de las definiciones internas han puesto en entredicho la eficacia del mecanismo. Los procedimientos parecen ser los mismos, el ritual del levantamiento de las encuestas también, pero los resultados ya no generan aquella aceptación automática. Lo que antes se resolvía mediante una llamada, una reunión o una instrucción política, ahora amenaza con convertirse en conflicto público. Morena enfrenta una realidad que había logrado posponer: las encuestas no sustituyen la política ni garantizan por sí mismas la unidad.
La dirigencia nacional enfrenta una encrucijada. Si modifica alguna designación ante las presiones, pondrá en duda la credibilidad del mecanismo completo; si mantiene decisiones cuestionadas sin ofrecer explicaciones convincentes, corre el riesgo de profundizar las divisiones. Y todavía falta seleccionar a cientos de aspirantes a diputaciones locales y presidencias municipales. El verdadero problema no está necesariamente en las encuestas, sino en la confianza, transparencia y autoridad política que respaldan sus resultados. Morena debe entender que ningún procedimiento es infalible y que la legitimidad no se decreta. Las encuestas que antes provocaban celebraciones hoy producen lágrimas.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
@onelortiz
