Este 1 de octubre, el INEGI y el Banco de México publicaron dos termómetros de la economía mexicana. El primero recoge la opinión de directivos de empresas de más de 100 trabajadores, sobre una muestra de 3,138 unidades. El segundo, las expectativas de 42 grupos de análisis del sector privado. Son voces distintas con un diagnóstico compartido: México avanza con cautela y sin convicción para apostar su capital.
Donde coinciden
Invertir sigue sin ser buen negocio. El componente “momento adecuado para invertir” de la encuesta empresarial se ubica en 34.3 puntos en manufacturas, 25.5 en construcción, 32.1 en comercio y 33.1 en servicios, muy por debajo del umbral de 50. En construcción lleva 184 meses seguidos en terreno negativo. Del lado de los especialistas, solo 10% considera que es buen momento para invertir, mientras 46% opina lo contrario y 44% no está seguro. Ambos sondeos describen la misma parálisis.
La mejora es real, pero mínima. El indicador global empresarial subió apenas 0.1 puntos mensuales, hasta 48.4, y acumula 19 meses bajo 50. Los analistas elevaron su pronóstico de crecimiento para 2026 de 1.25% a 1.40%, y para 2027 lo sostienen en 1.77%. En ambos casos se celebra un avance que difícilmente merece el nombre de recuperación.
El futuro pesa más que el presente. Las empresas califican la situación económica futura del país por encima de 50 en los cuatro sectores, y la futura de su propia empresa entre 55.4 y 61.0. Entre los especialistas, 39% cree que el clima de negocios mejorará en seis meses, frente a 28% en agosto, aunque 54% prevé que seguirá igual. Hay más esperanza que evidencia, y los dos sondeos lo reconocen sin decirlo.
Donde la coincidencia se resquebraja
Detrás del consenso aparecen tensiones que conviene no ignorar.
La primera es el desfase de ánimo. Entre los especialistas, 46% sostiene que la economía está mejor que hace un año, cuando en septiembre de 2025 era 19%. Los empresarios, en cambio, registran un indicador global 1.0 punto menor que hace doce meses, con servicios privados cayendo 2.1 puntos. Quienes pronostican se muestran más optimistas que quienes producen, y esa distancia merece explicación.
La segunda es una incongruencia interna en el propio análisis. Los especialistas mejoran su cálculo de crecimiento anual, pero aumentan la probabilidad media de una contracción trimestral en el cuarto trimestre de 2026, de 23.2% a 26.2%, y también en el primero de 2027. Se proyecta más crecimiento y a la vez más riesgo de retroceso, algo posible solo si el repunte esperado es frágil.
La tercera es la heterogeneidad. El comercio al por mayor mejoró 1.9 puntos en un año y los servicios inmobiliarios, educativos, de salud y recreativos cayeron 4.5. Un promedio nacional de 48.4 oculta economías que se mueven en direcciones opuestas.
La cuarta es el sesgo de origen. La encuesta del INEGI excluye a las empresas de menos de 101 personas, que concentran buena parte del empleo, y el panel del Banco de México está dominado por instituciones financieras y consultoras. Ninguno escucha de forma directa a la microempresa ni al trabajador. Son lecturas de percepción, no mediciones de producción, y conviene leerlas como tales.
El síntoma y el diagnóstico
La encuesta empresarial mide el síntoma: nadie quiere invertir. La de los especialistas ofrece una explicación: 47% de las menciones sobre lo que frena el crecimiento se relaciona con la gobernanza, con la inseguridad pública (19%), la política de comercio exterior (13%) y la ausencia de cambio estructural (10%) a la cabeza. Al preguntar por los obstáculos para hacer negocios, el crimen (25%), la falta de estado de derecho (22%) y la corrupción (21%) suman dos tercios de las respuestas.
A ello se añade el costo del dinero: los analistas esperan que el Bono M a 10 años cierre 2026 en 8.92%, por encima del mes previo, con una inflación general proyectada en 3.85%, todavía lejos de la meta de 3%.
Se trata de factores que ningún recorte de tasas ni estímulo coyuntural resuelve por sí solo. Sería injusto atribuir el diagnóstico a un solo actor, porque los propios analistas también opinan desde su interés y su horizonte. Pero el contraste invita a una pregunta incómoda: si la confianza no llega después de 19 meses, quizá el problema no sea de ánimo sino de reglas. Mientras el capital espere certeza antes de arriesgar, y el Estado espere inversión antes de ofrecer certeza, el país seguirá en el mismo lugar, con indicadores que mejoran por décimas y un crecimiento que no alcanza para cambiar la vida de nadie.
