Los Universitarios hablan es un espacio abierto a la comunidad estudiantil, inicialmente la que funciona en la Ciudad de México. Pretende ser un espacio en el que maestros y alumnos opinen libre y responsablemente sobre temas de actualidad.
En esta entrega participa Daniela Pacheco Montes alumna de la Escuela Libre de Derecho. Da su visión respecto de un tema específico y actual: el giro a gobiernos de derecha en el mapa político mundial.
Elisur Arteaga Nava e Ireri Elizabeth García Ramos.
Cuando la Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 43.8% de los votos en Sajonia-Anhalt el pasado 6 de septiembre, la prensa internacional repitió, casi sin pausa, la misma palabra, ultraderecha. Es la etiqueta que domina la conversación sobre Alemania desde hace más de una década, y considero que merece ser cuestionada con seriedad, no con la comodidad de un lugar común. No porque el fenómeno carezca de gravedad, sino porque la precisión conceptual importa, llamar “ultraderecha” a un partido no es un matiz semántico, es una carga histórica que en Alemania remite, inevitablemente, al nacionalsocialismo. Esa mutación, sostengo, no es un descuido retórico; es una maniobra deliberada para clausurar el debate antes de que comience y convertir una discusión legítima sobre las fallas de la democracia alemana en un veredicto moral inapelable. Cuando toda disidencia de derecha se archiva bajo la misma etiqueta que Hitler, se pierde la capacidad de distinguir matices, y con ella, la posibilidad misma de entender lo que realmente está ocurriendo en Alemania.
Ser una fuerza nacionalista, antiinmigración y euroescéptica no equivale, en mi lectura, a ser heredera del nazismo, y diluir la etiqueta hasta aplicarla a un partido con veinte por ciento del electorado nacional me parece estigmatización política que impone una carga moral injusta a millones de votantes que no la solicitaron. Noto, además, una asimetría reveladora en el debate público. A nadie llamamos “ultraizquierdista” a un socialdemócrata o a un verde, por radical que sea su propuesta; solo la derecha recibe automáticamente el prefijo “ultra”. Esa carga, considero, no es gratuita; sirve para no explicar por qué una quinta parte del electorado alemán decidió, ochenta años después de la guerra, dejar de creer en el consenso de posguerra, y prefiere clausurar la pregunta.
Sin embargo, reducir esto a un problema de etiquetas sería quedarme en la superficie. La pregunta de fondo, que da sentido a todo lo anterior, es por qué una fuerza de derecha nacionalista llegó a rozar el gobierno de un estado alemán ochenta años después de la guerra, y por qué esto no ocurre solo en Sajonia-Anhalt. 2026 es un año electoral excepcional en Alemania, con comicios en cinco estados, una tendencia que se repite en distintos estados del país. Estoy convencida de que esto no sucedió de un día para otro. Considero que Alemania sembró, desde el año 1945, una identidad nacional deliberadamente contenida. La culpa histórica, necesaria y justificada frente al horror del Tercer Reich, se tradujo con el tiempo en la sospecha permanente hacia cualquier expresión de orgullo nacional. Ese vacío identitario, sumado a décadas de inmigración —incluida la irregular— que transformaron el tejido social sin que el Estado ofreciera una narrativa clara de integración cultural, fue erosionando la idea misma de “ser alemán” como categoría con sentido propio. A mi parecer, ese proceso, lento y acumulativo, es la verdadera raíz del giro electoral, no una radicalización súbita ni una anomalía coyuntural que desaparecerá con el próximo ciclo económico.
A esa fractura identitaria se suma otra, de naturaleza geopolítica, que el debate sobre Alemania no puede ignorar. La AfD ha convertido la guerra entre Rusia y Ucrania en un eje central de su discurso, defendiendo un acercamiento con Moscú que apunta a convertir a Rusia en uno de los principales socios comerciales de Alemania. Ese planteamiento encuentra, según Infratest dimap, una recepción especialmente favorable en el antiguo territorio de la República Democrática Alemana, donde la memoria de la convivencia con la Unión Soviética dejó una relación con Rusia distinta a la de Alemania Occidental. Defiendo que, de consolidarse este giro, no hablamos solo de un cambio de gobierno regional, sino de una reconfiguración del paradigma diplomático y comercial vigente desde la Zeitenwende de 2022, pasando de ser uno de los principales sostenes de Ucrania a normalizar, e incluso privilegiar, su relación económica con Moscú.
A esas fracturas identitarias y geopolíticas se suman las de orden material que el sistema de partidos tradicional —la gran coalición entre la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y el Partido Socialdemócrata (SPD) que gobernó durante la mayor parte del periodo de posguerra— no logró resolver, entre otras cosas, la desindustrialización del este tras la reunificación, el estancamiento salarial, el envejecimiento demográfico que tensiona cada vez más el sistema de pensiones, y una crisis de representación que los propios resultados de Sajonia-Anhalt confirman, con una participación de 77.8%, la más alta en la historia del estado. No es apatía lo que explica el ascenso de la AfD; es, a mi juicio, el reverso exacto —una ciudadanía que dejó de creer que el consenso de posguerra tenía algo que ofrecerle, y que encontró en la derecha radical su único vehículo disponible.
A esas fracturas se suma una de orden estrictamente económico, que a mi juicio ilumina con particular claridad la disposición del electorado alemán a experimentar con una alternativa antes impensable. Durante décadas, la industria automotriz constituyó el motor indiscutible de la prosperidad alemana; sin embargo, el país fue quedando rezagado frente a la revolución tecnológica del vehículo eléctrico y autónomo, incapaz de igualar el vertiginoso ritmo de innovación de los mercados asiáticos, y en particular de la República Popular China, cuya industria automotriz ha desplazado a los fabricantes alemanes en segmentos que antes dominaban sin contrapeso. Frente a ese declive, la AfD plantea una reconfiguración radical del modelo económico nacional, al sustituir la manufactura automotriz como eje del ingreso nacional por una apuesta renovada en la industria energética y petrolera, apalancada en el acercamiento con Rusia. Sostengo que esta propuesta, más allá de su viabilidad técnica, revela algo más profundo, la conciencia, extendida entre amplios sectores del electorado, de que Alemania necesita adaptarse a un panorama económico radicalmente distinto de aquel que sostuvo su preeminencia, uno en el que actores que apenas hace una década resultaban marginales determinan hoy el rumbo de la competencia global.
El resultado también tiene un costo político inmediato para el canciller Friedrich Merz. Sajonia-Anhalt confirma un patrón ya insinuado en Turingia y Sajonia, donde la AfD ganó o quedó a un paso de ganar desde 2024. Su Unión Demócrata Cristiana, que había gobernado Sajonia-Anhalt durante las últimas dos décadas, quedó relegada a un distante segundo lugar, en la peor derrota regional que el partido conservador ha sufrido en el este del país. El llamado cordón sanitario —el acuerdo tácito de no gobernar en coalición con la AfD— sigue vigente sobre el papel, pero cada elección regional lo vuelve más costoso, pues gobernar sin la fuerza más votada erosiona la misma legitimidad democrática que ese cordón dice defender. Insisto en que, si la CDU y el resto de los partidos tradicionales continúan tratando a una quinta parte del electorado nacional como una fuerza innombrable, sin abrir un diálogo genuino sobre las causas del descontento, no entenderán por qué propuestas como la “remigración” —la devolución de migrantes en situación irregular a sus países de origen— dejaron de ser un tabú y se convirtieron en una demanda extendida en buena parte del antiguo territorio oriental.
No es la propuesta en sí lo que explica su arraigo, sino el terreno que la hizo posible —años de una política migratoria que amplios sectores de la población percibieron como desordenada, sumados a la ausencia de un relato claro de integración cultural capaz de sostener la convivencia.
En mi opinión, eso representa parte fundamental de los incentivos detrás del cambio ideológico alemán, que para nada, es una ocurrencia programática de la AfD.
Nada de esto exime a la AfD de escrutinio, aunque la vigilancia democrática es lo que aquí reivindico, no la confusión entre vigilar democráticamente a un partido y prejuzgarlo con el vocabulario que la posguerra reservó al nazismo. Considero que el desplazamiento ideológico de Alemania hacia la derecha no fue un capricho electoral ni una anomalía pasajera, sino una respuesta prácticamente inevitable frente a las fracturas estructurales y demandas sociales que el país arrastra desde 1945.
A esa herencia se sumaron, con el tiempo, la reconfiguración de sus relaciones comerciales, el fenómeno migratorio y una tolerancia religiosa mal gestionada que, lejos de fortalecer la cohesión social, sembraron en un porcentaje considerable de la población alemana, una incomodidad profunda dentro de su propio país. Me parece que ese fenómeno, aunque incómodo de nombrar, es sumamente peligroso, porque cuando a una sociedad se le erosiona el sentido de pertenencia y de identidad nacional, no solo se vulneran sus derechos humanos, también se provocan fracturas profundas en la vida de las personas y en los núcleos sociales.
Ese debilitamiento social, afirmo que, no es un efecto secundario menor, sino el terreno fértil en el que las sociedades se vuelven frágiles y, en consecuencia, más fáciles de controlar. Esa tesitura es, desde mi pespectiva, la verdadera lectura del cambio de paradigma alemán, no la aparición súbita de un aparente “extremismo”, sino la manifestación tardía de un país que necesitaba, con urgencia, redefinir su propio arquetipo político, social y económico.
