La derrota político-electoral de Lula el pasado domingo en Brasil por parte de Flavio Bolsonaro obliga a hacer varias reflexiones en múltiples sentidos. La mayoría ciudadana de ese gigante sudamericano decidió darle la espalda al candidato de una coalición que iba ya por su cuarto mandato presidencial, después de 13 años gobernando él directamente (2003-2011), más los años de Dilma Rousseff (2011-2016), también del Partido de los Trabajadores, los 4 años del opositor Jair Bolsonaro (padre del actual candidato presidencial), más su presente periodo que inició en 2023.

De nueva cuenta las encuestas fallaron y, aunque irán a una segunda vuelta, Bolsonaro y sus apoyadores ganaron arrolladoramente en el Senado, las diputaciones y la mayoría de las gubernaturas, por lo que es muy probable la confirmación del resultado de la elección presidencial el 4 de octubre.

Bolsonaro, han dicho los conocedores, representa las posiciones de la ultraderecha brasileña, más trumpista que el colombiano De la Espriella o Milei en Argentina.

En un mensaje en redes, Ricardo Becerra se pregunta: “¿Qué agravios, desastres, abusos, han hecho los populismos de izquierda en América Latina para que sus sociedades den ese viraje? Prefieren fanáticos, irracionales, directamente enloquecidos a los populistas izquierdistas. Falta un gran balance”.

Casi todo mundo reconoce que Lula hizo grandes cosas en favor de Brasil. Que impulsó importantes programas de desarrollo con carácter social para propiciar el crecimiento económico y sacar a muchos millones de familias de la pobreza, que generó un ambiente de colaboración con la IP y muchas cosas más, sin caer en inmanejables problemas de déficit fiscal.

Pero los escándalos de corrupción, los propios familiares y los de funcionarios de su gobierno, nunca lo abandonaron. Sin pelearse con Estados Unidos y Trump, mantuvo distancias y relaciones de cooperación y respeto mutuo. Pero siempre fue visto con recelo por su apadrinamiento al radicaloso Foro de Sao Paulo, de corte izquierdista-populista-autoritario, así como su cercanía y hasta protección a Maduro en su momento y a Ortega en Nicaragua hasta estos últimos días, según se vio en la última reunión de la OEA en la que, junto con México, no acompañó una condena al gobierno de Ortega por la cancelación de las elecciones y para exigir la libertad de los presos políticos de esa dictadura centroamericana.

Y según refieren algunas encuestas, casi la mitad del electorado carioca estaba inconforme con el alto costo de la vida, la carestía, pues. ¿Qué más? Habría que indagarlo.

Confieso que no celebro el ascenso de la ultraderecha en nuestro subcontinente ni las simpatías de tal polo con el radicalismo populista de Trump. Tampoco simpatizo con lo que identifico como una obsesión de Lula por el poder, algo enfermizo, ni con su resistencia a identificar y entender los reclamos de las nuevas generaciones. Por supuesto, tampoco simpatizo con el populismo “de izquierda” ni con regímenes que se visten de izquierda pero en realidad tienen más características de autoritarismos de derecha.

Lamentablemente, los anhelos de justicia social y la preservación de los principios de las libertades democráticas, ambos, propios de una izquierda democrática, parecen haberse extraviado en el camino. Y Lula y el PT brasileño terminaron inclinándose en favor de un populismo antidemocrático y dictatorial, como el de Ortega en Nicaragua.

Por ello mismo, difiero de las opiniones que hablan de que si Lula pierde el 25 de octubre, México quedará solo en el contexto latinoamericano “como el único gobierno de izquierda”.

Reitero lo que he dicho en estas prestigiadas páginas de Siempre: México ya no es un país democrático, sino un sistema político cuasidictatorial, sin las característiscas fundamentales de una democracia con contrapesos, divisiones de poderes y controles ciudadanos. Peor aún: México tiene un narcogobierno. México es un país con gobierno fallido, entregado a los mandatos del crimen organizado.

Cierto que los discursos políticos tienen el rostro de la izquierda por sus programas sociales (y eso, en lo que hace a los adultos mayores, es incuestionable), pero fuera de eso todos sus programas de gobierno son condenables; en materia de salud, educación, cultura, medio ambiente, atención al campo, seguridad jurídica y confianza a la inversión, para no hablar de la reprobada seguridad pública.

Ni la lastimosa aparición de López Obrador, el jefe de la mafia huachicolera desde Palenque, obsesionado por dejar claro que él sigue mandando, los podrá salvar. Este proyecto político totalitario está llegando a su final.

El México libertario y democrático ya empezó a despertar y se ha echado a andar. La unidad opositora recientemente anunciada es una gran señal para recuperar la república democrática.