Morena ha encontrado una forma nueva de hacer política: la unidad a golpes de comunicado. Lo que se ve en la izquierda mexicana hoy no es un proyecto de nación, sino la habilidad de convertir cada reunión interna en un reality show donde todos quieren ser el protagonista y nadie quiere ser el productor. Primero apareció el clásico “yo no fui”, luego el “fue él” y al final el “aquí está mi renuncia, pero no me voy”.

Basta recordar el affaire de las corcholatas: cinco aspirantes recorrían el país como candidatos independientes, ignorándose entre sí con una elegancia que solo se ve en bodas cuando los novios ya no se hablan. También el episodio de la presidencia del Senado, donde la disputa por un cargo que debería resolverse con un apretón de manos terminó en tribunales, filtraciones y acusaciones de traición que harían palidecer a cualquier telenovela venezolana.

En el partido oficial todos son herederos. Es como una familia donde el abuelo dejó el testamento en un cajón y nadie encuentra la llave. Unos reclaman primogenitura por haber cargado lonas en 2006; otros, por haber ganado una elección; y los más osados, por haber desayunado con el mesías en algún momento de la historia reciente. El problema es que la silla presidencial ya tiene dueña, pero al parecer nadie le avisó a los demás. O se lo avisaron y decidieron hacer como que no escucharon, que es la técnica más eficaz para gobernar sin gobernar. Mientras tanto, los gobernadores de Morena en estados como Puebla, Morelos o Guerrero libran sus propias guerras locales, con destituciones, bloqueos y acusaciones de golpismo interno que dejan en evidencia que la famosa cuarta transformación empieza por transformar a los propios compañeros en adversarios.

Y como si alguien hubiera dejado el guión abierto, el fin de semana nos regaló un nuevo episodio de esta telenovela que se niega a terminar. En la VIII Sesión Ordinaria del Consejo Político de Morena, Alfonso Durazo —ese que fue secretario y hoy gobierna Sonora mientras preside el consejo— se puso el traje de maestro de ceremonias para tomar protesta a los 17 coordinadores estatales que competirán por las gubernaturas en 2027. Eso sí, en el lenguaje eufemístico que ya es marca registrada del partido, no se les llama candidatos: se les llama “coordinadores en defensa de la transformación y la soberanía nacional”. Porque en la cuarta transformación nunca se dice “candidato” si se puede decir “defensor de la patria”, ni “encuesta” si se puede decir “ejercicio democrático de medición”. Es como esos menús de restaurante caro donde el pescado con papas se llama “filete del océano en cama de tubérculos rústicos”: suena mejor, pero es lo mismo.

En medio de la parafernalia, Durazo soltó la frase que nadie esperaba pero todos entendieron: “no todos los que aspiran ganan, pero no todos los que ganan sirven a la causa fundamental de la transformación”. Traducción simultánea: muchos de ustedes están aquí por dedazo, no por merecimiento.

Pero la joya de la corona llegó cuando el gobernador de Sonora atacó las encuestas —ese instrumento que el partido volvió sagrado cuando le convenía— y denunció que algunos “arrasan” gracias a un “incentivo no deseado y por ello perverso”. Es decir, pagar medios para inflar su popularidad como globos de feria. El señalamiento, hecho frente a los propios señalados, tiene el encanto de esas cenas familiares donde alguien dice “no es por nadie, pero hay quienes no cooperan con los gastos” mientras mira fijamente a un primo.

Y para cerrar con broche de oro, Durazo pidió a los perdedores que no se vean “únicamente a través de un resultado desfavorable”, que en el idioma de Morena significa: pierde con dignidad y no nos hagas escándalo. Porque la soberanía, esa palabra que tanto les gusta invocar, empieza por casa: por la soberanía de decidir quién se queda con la candidatura, aunque sea a golpe de encuesta pagada o de acuerdo en lo oscuro. Mientras tanto, los 17 “defensores de la soberanía” sonríen para la foto, se dan la mano y se prometen unidad. Al menos hasta la próxima encuesta.

Y mientras tanto el electorado mira desde la barrera preguntándose si esto es política o un capítulo de La casa de los famosos. El manual de convivencia de Morena parece escrito por un grupo de niños de primaria en el recreo: el que grita más fuerte gana, el que tiene más amigos en el recreo es el jefe, y si no me dejas jugar, me llevo mi balón.

Lo más irónico es que todos estos personajes se llenan la boca hablando de unidad, proyecto y transformación. Pero cuando se trata de repartirse el poder, la transformación se convierte en transformismo: cambian de bando, cambian de discurso y cambian de amigos con una facilidad que asusta. Ayer eran adversarios irreconciliables; hoy son compañeros de fórmula; mañana, quién sabe. La única constante es que el enemigo siempre está dentro, aunque nadie se atreva a decirlo con todas sus letras.

Morena ha demostrado que se puede tener el poder y, aun así, comportarse como si estuviera en la oposición. Sus cuadros han perfeccionado el arte de dispararse al pie y luego quejarse de que les duele. Morena ha convertido la política en un deporte de contacto donde el objetivo no es ganar, sino que el otro pierda. Y en esa lógica, todos pierden: los militantes, los simpatizantes y, sobre todo, los ciudadanos que esperaban algo más que un pleito eterno por migajas de poder.

Mientras tanto, el país sigue esperando soluciones. Pero eso sí, el país sigue con palomitas, porque el espectáculo apenas comienza. La guerra civil de terciopelo no tiene fecha de término, pero tiene audiencia garantizada: todos nosotros, los que aún creemos que la política debería servir para algo más que para alimentar egos. Porque al final, como dijo algún sabio anónimo, en Morena no hay enemigos, solo compañeros que aún no se han traicionado lo suficiente.