Los primeros sondeos a boca de urna en Israel dejan un resultado que ninguno de los dos bloques puede celebrar sin matices. La oposición al primer ministro Benjamin Netanyahu obtendría entre 52 y 53 de los 120 escaños de la Knéset, frente a 50 de la coalición oficialista. Ninguno alcanza los 61 necesarios para gobernar. El Likud sería la primera fuerza, con entre 24 y 25 bancas, según las proyecciones de los canales 11, 12 y 13. Es un dato que conviene leer con cautela: son estimaciones, no escrutinio oficial.
La aritmética que incomoda a todos
Si se suman los números, la conclusión es menos cómoda de lo que parece. Con 50 escaños para el oficialismo y 52 o 53 para el llamado «bloque del cambio», casi todo el resto corresponde a los partidos árabes, que sumarían entre 17 y 18 bancas, frente a las 10 de 2022. La Lista Conjunta lograría entre 10 y 11 y el islamista Raam, siete. Ninguna mayoría es posible sin ellos, o sin un pacto de abstención que, en la práctica, tendría el mismo efecto.
Aquí aparece la primera contradicción. La campaña de Netanyahu ha convertido durante años la dependencia de los votos árabes en un argumento de deslegitimación contra sus adversarios. Si ese discurso resulta eficaz, la oposición ganó las urnas pero queda atrapada en un dilema político.
El líder de una coalición que aún no existe
Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor y líder del partido Yashar, encabeza una alianza más definida por lo que rechaza que por lo que propone. Es un espacio heterogéneo, de centro y derecha moderada, en el que conviven figuras con trayectoria militar y partidos que han descartado públicamente sentarse con las fuerzas árabes. Esa fragilidad explica que las encuestas de las últimas semanas mostraran disparidades enormes entre casas encuestadoras, y que el oficialismo siga siendo el partido más votado, aun sin mayoría.
La segunda contradicción es de fondo. Un bloque unido por el desgaste del primer ministro necesita ahora un programa común sobre la guerra, los rehenes, la reforma judicial y la relación con los palestinos. Son precisamente los asuntos en los que sus integrantes más difieren.
Actores clave, con precedente
Conviene evitar la caricatura. Raam, partido islamista, ya formó parte del gobierno de 2021, que rompió el tabú de incluir a una fuerza árabe en la coalición. Esa experiencia terminó en una crisis temprana y en el regreso de Netanyahu al poder, una advertencia para quienes crean que la aritmética basta para gobernar. Que los partidos árabes pasen de 10 a entre 17 y 18 escaños refleja un voto de protesta o una movilización inusual, y obliga a preguntarse qué reclaman a cambio: reconocimiento, agenda social, un alto el fuego o simple influencia.
Los puntos de fricción
– Legitimidad: ¿puede un Gobierno depender de partidos que una parte del electorado considera ajenos al consenso nacional?
– Estabilidad: Israel vivió cinco elecciones entre 2019 y 2022, y el riesgo de un nuevo bloqueo no es teórico.
– Liderazgo: el Likud, como primera fuerza, conserva autoridad moral para reclamar el primer intento de formar Gobierno.
– Justicia: los procesos judiciales de Netanyahu seguirán condicionando cualquier negociación de coalición.
Lo que dicen las encuestas y lo que callan
Las proyecciones no coinciden con la mayoría de los sondeos previos, que daban al Likud y a Yashar en un empate técnico, con el bloque oficialista algo por encima. Si la oposición realmente supera al oficialismo, el cambio vendría de la participación y del voto árabe, no de una conversión de votantes del centro. Los sondeos a boca de urna se han equivocado antes en Israel, sobre todo cuando la diferencia es de uno o dos escaños. Mientras no concluya el recuento, cualquier declaración de victoria es prematura.
Una conclusión incómoda
La noche electoral favorece a quienes sepan administrar la ambigüedad. Netanyahu, aunque debilitado, conserva la primera minoría y el control del relato. Eisenkot cuenta con una ventaja numérica incierta y un bloque sin cohesión. Los partidos árabes, tradicionalmente marginados de la política israelí, se perfilan como árbitros. La pregunta de fondo es si Israel está dispuesto a aceptar que el poder se decida donde nunca quiso mirar.
