El 5 de octubre, Pedro Sánchez disolvió las Cortes y fijó las elecciones generales para el 29 de noviembre, siete meses antes del fin natural de la legislatura. La víspera, PP, Vox y Junts habían tumbado en el Congreso dos decretos de vivienda. La convocatoria es a la vez una respuesta al bloqueo y una jugada de supervivencia, y de esa doble naturaleza nacen sus contradicciones.

La vivienda como bandera y como reproche

Moncloa plantea la contienda como una disyuntiva entre “una mayoría progresista más amplia” y una ultraderecha que, según su relato, erosiona derechos. Tiene un símbolo eficaz: el desalojo de una mujer de 87 años en Madrid, que encendió la calle. Pero la vivienda es también el flanco más débil del Gobierno. Los alquileres marcan récord después de tres años de mandato, y la oposición sostiene que quien pide más poder para resolver un problema es quien tuvo tiempo para atenderlo. El oficialismo responde que la derecha y Junts le negaron los votos. Ambas versiones tienen parte de razón, y el elector deberá decidir cuál pesa más.

Buenas cuentas, malos ánimos

Sánchez puede exhibir un balance macroeconómico y laboral favorable, con crecimiento y empleo en niveles que pocos gobiernos europeos igualan. Es su mejor argumento y el que menos le rinde. Los indicadores agregados no pagan la renta de un joven de 28 años, y la brecha entre la estadística y la percepción cotidiana es la paradoja central de esta campaña: un Gobierno con cifras sólidas puede perder por lo que el ciudadano no logra costear.

El peso de las investigaciones

A ello se suman las investigaciones que alcanzan al PSOE y a familiares del presidente, entre ellos su esposa. Conviene separar planos: la presunción de inocencia rige mientras no haya sentencia, y el Gobierno y sus aliados sostienen que existe una ofensiva con fines políticos. Pero el desgaste político no espera a los tribunales. Cada semana de titulares erosiona la autoridad moral de un discurso construido sobre la regeneración democrática, y la oposición lo sabe.

Lo que dicen los sondeos

El promedio de encuestas ubica al PP en 30.9 % (2.2 puntos menos que en 2023), al PSOE en 27.1 % (4.6 menos), a Vox en 17.9 % (5.5 más) y a Sumar en 6.2 % (6.1 menos). En escaños, PP y Vox rondarían los 203, 27 por encima de la mayoría de 176, frente a 116 de PSOE, Sumar y Podemos. El CIS desentona al dar ventaja al PSOE, 31.0 % contra 25.5 %, discrepancia que alimenta la sospecha de que el organismo público se aparta de las mediciones privadas.

Pero la ventaja de la derecha también encierra una fricción. Feijóo promete una “reconstrucción nacional” tras una “etapa oscura”, y su victoria dependería de Vox, ya sea dentro del Gobierno o con apoyo externo. El PP votó junto a Vox y a Junts contra unos decretos de vivienda, y esa alianza de conveniencia puede resultarle costosa ante un electorado moderado. Junts, antiguo apoyo de Sánchez, vive su propia paradoja al coincidir con la derecha que dice rechazar.

El precedente de 2023

Sánchez se aferra a una lección reciente. En 2023 las encuestas anticipaban una mayoría de PP y Vox que no llegó: el PP obtuvo 137 escaños y Vox 33, muy lejos de 176, y Sánchez fue investido con 179 votos. La movilización contra la ultraderecha rindió frutos entonces, y Abascal ya pidió a los suyos no confiarse.

Sin embargo, el contexto no se repite. Aquella campaña ocurrió con una izquierda más cohesionada, y hoy Sumar cae seis puntos y su “frente amplio” no tiene cabeza definida. La participación de la izquierda, que será decisiva, depende de que el miedo a la derecha supere al cansancio con el Gobierno.

La pregunta que queda

La campaña, del 13 al 27 de noviembre, pondrá a prueba tres tensiones. La primera es si un Gobierno puede pedir una mayoría más amplia tras no haber conseguido gobernar con la que tenía. La segunda es si el elector premiará la economía o castigará el bolsillo. La tercera es si el temor a la ultraderecha moviliza más de lo que la desafección desmoviliza. Los números favorecen a la derecha, pero la historia reciente recomienda cautela con los sondeos. Sánchez apuesta a que el 29-N repita 2023; sus adversarios, a que el desgaste ya haya hecho su trabajo.