Como sucede en la naturaleza, donde el agua estancada se pudre hasta volverla inconsumible, del mismo modo sucede en el mundo social: cuando se inmoviliza pierde sus cualidades que permiten el sano desarrollo de las relaciones entre gobernantes y gobernados. Eso está sucediendo en nuestro país actualmente, luego de un relevo en la élite del poder político que no fue tal, como lo demuestran los hechos con plena objetividad. ¿Qué diferencia hay entre los mítines de López Obrador y los de su sucesora? Así en todos los campos de las actividades presidenciales, en profundo y gravísimo detrimento del pueblo mexicano, al que no tienen empacho en afirmar que “viven para servirlo”.
De ahí que la jefa del Ejecutivo esté perdiendo, vergonzosamente, su posibilidad de pasar a la historia, no como la primera mujer en ocupar la silla presidencial, sino de actuar como la ciudadanía lo esperaba de ella. Lo más lamentable es que pasan los días y su imagen pública se deteriora, en igual medida que la credibilidad que pudo haber logrado de actuar como lo prometió y muchos le creyeron. Lo que apuntaló, hasta ahora, ha sido su condición de rehén de su antecesor, con las consecuencias gravísimas para el país al profundizarse las contradicciones del obradorato que están arrastrando al pueblo a la desesperación, la angustia y las salidas falsas.
En el acto masivo en el Zócalo, el pasado domingo 26 de septiembre, con el pretexto de “informar al pueblo” los resultados de su gestión, perdió la oportunidad de patentizar un asomo de independencia con respecto a su mentor. Dio pena ajena verla engolando la voz para decir las mismas frases que usaba el tabasqueño, los mismo lugares comunes a los que era habitual en el mismo escenario, que dicho sea de paso, recuerda fielmente las manifestaciones masivas que organizaban los dos líderes del nazi-fascismo en Alemania e Italia en las décadas veinte y treinta del siglo pasado.
También, dicho sea de paso, nos recuerda la situación que se vivía en ambas naciones europeas, donde los horrores sociales eran el pan de cada día en la mayor parte de su territorio, como igualmente sucede en nuestro malogrado país, actualmente entregado al desenfreno del crimen organizado merced a la impunidad que apuntaló el régimen de la llamada Cuarta Transformación. En este sentido, tiene razón la jefa del gobierno capitalino, Clara Brugada, al afirmar que “la ultraderecha avanza”: ¿Por qué no habría de hacerlo si está en el poder, en firme alianza con los intereses más espurios y degradados del sistema económico?
Tal realidad debiera ser motivo de seria preocupación de la cúpula oligárquica, pues como sucedió en la Alemania nazi, hasta sus principales integrantes, a final de cuentas perdieron su libertad, al quedar indefensos ante el poderío del dictador y sus correligionarios. La única diferencia del empresariado mexicano con sus contrapartes alemanes, es que aquellos eran protegidos por el sistema, mientras que los mexicanos no cuentan con tal protección, debido a su involucramiento con el crimen organizado cuyo objetivo es absolutamente coyuntural, a fin de mantener su influencia sobre el Estado.
De ahí que suene como un chiste cruel el manido discurso de que “la soberanía de México no se vende”. En la práctica ya lo está, pues las instituciones no sirven a los intereses nacionales sino a los de grupos mafiosos incrustados en el gobierno, como es del dominio público. Mientras por otro lado se desentiende de cumplir sus obligaciones, que suple con campañas propagandísticas ajenas a la realidad concreta. Sobran ejemplos, pero como la sociedad está absorbida por sus problemas cotidianos, no pone atención al trasfondo de dichas campañas. El más dramático, por sus consecuencias, se observa en el tema de la salud.
En espots en los medios electrónicos se ofrece un panorama idílico de la realidad sanitaria, se ofrecen cifras millonarias de “citas a domicilio”, cuando en los hechos éstas son inexistentes; se ofrecen datos de construcción de hospitales que no se ven en la realidad. El terrible problema de la salud mental se atiende también con igual método, y se concluye con un número telefónico imposible de verificar.
Sin embargo, el triunfalismo gubernamental se mantiene firme, envuelto en el celofán de los autoelogios que son un insulto más a la ciudadanía. Al fin que echando la culpa al pasado de todos los males que nos ocurren, se cierra el expediente y se continúa a todo lo que da el cinismo y la demagogia que también nos lleva a la etapa sombría del nazi-fascismo. De ahí el empeño que puso López Obrador en liquidar la división de poderes, lo cual logró gracias a las componendas con sus aliados políticos, quienes no parecen pensar en que llegará el momento en que dejarán de ser útiles, una vez que Morena lograra consolidarse como partido único, meta que tiene para el 2030.
Si en este momento, según la mandataria, el PRI y el PAN “no llegan ni a dos dígitos”, de alcanzar sus objetivos Morena no tendrá necesidad de alianzas. Por eso se ufana en comentar con sarcasrmo: “ahí la llevan, síganle, van por muy buen camino”.
