Taipei.- Me encuentro en Taiwán, recabando información para la toma de posiciones de la organización política a la que pertenezco. Ante todo, hay que decir que Taiwán es un país acorralado por la República Popular de China, cuyo gobierno sostiene que Taiwán no es un país sino una provincia. A raíz de la invasión de Rusia a Ucrania, el temor de los taiwaneses es que puedan ser igualmente objetos de una acción armada por parte de Peking, posibilidad que ha sido hasta ahora contenida por la alianza militar entre Taiwán y Estados Unidos que data de la guerra fría.

Me permitiré exponer algunas razones que refutan los argumentos chinos. Sostengo que el Taiwán que veo es una entidad muy diferente a China, y en todo caso, culturalmente mucho más próxima a Japón.

Desde el punto de vista histórico, esta isla cuya superficie es de aproximadamente un tercio de Cuba, fue un apéndice despreciado por las dinastías imperiales, más interesadas en extender sus dominios hacia el Asia Central, tan es así, que no tuvieron empacho en cederla a Japón tras perder una guerra contra los japoneses en 1895.

Cuando llegaron los japoneses a tomar posesión de la isla, encontraron que la misma estaba poco habitada; la ocupaban básicamente pescadores de la etnia han, cuyos antepasados habían escapado del continente cuando los aguerridos manchús (oriundos de Manchuria) se adueñaron del poder.

La ocupación colonial abarcó cinco décadas, tiempo suficiente para que los taiwaneses se japonizaran, es decir, se vieron obligados a adoptar lo que el escritor Inazō Nitobe denomina como “el espíritu de Japón”; lo mismo hicieron con las minorías ainu en la isla norteña de Hokkaidō, y con los okinawenses y coreanos.

A quienes nos interesa la historia de Asia, sabemos que el propósito de llevar el espíritu de Japón al resto del continente se convirtió después en una empresa atroz, cuando los japoneses creyeron que su deber era forzar a los asiáticos a ser como ellos. Algunas escenas de la ocupación japonesa de China durante la segunda guerra mundial fueron incluso espeluznantes, por eso el nacionalismo chino se volvió arrebatadamente antijaponés, y lo sigue siendo.

Los taiwaneses originarios (acá les llaman “aborígenes”), en cambio, se mostraron mucho más bien dóciles y receptivos ante la colonización japonesa, puesto que para ellos representaba la inserción en los procesos civilizatorios de principios del siglo 20. Tras la derrota de Japón en 1945, fueron los norteamericanos los que corrieron a ocupar la isla.

En octubre de 1949, con el arribo de Mao Zedong al poder en Peking y la proclamación del régimen comunista en China, los estadounidenses abrieron las puertas de Taiwán para que el enemigo de Mao, el general Chiang Kai-shek, encontrara refugio temporal en tanto se recuperaba para lanzar una nueva ofensiva contra los comunistas. Eso jamás sucedió. Chiang y la gente que arribó con él –en su mayoría personas acaudaladas— se adueñaron de Taiwán y gobernaron con mano de hierro.

Taiwán se convirtió en lugar de confluencia de los antiguos aborígenes con los nuevos ocupantes chinos, más los descendientes de japoneses propietarios de comercios e industrias incipientes. Hubo quienes le sugirieron a Chiang que proclamara la independencia y se olvidara de China, pero tozudo, como era, rechazó la idea e insistió en que volvería con el respaldo de los Estados Unidos y la ONU.

La anomalía de dos Chinas se mantuvo hasta que Richard Nixon cambió de giro; no era posible seguir reconociendo al gobierno de Taipei como el legítimo representante del estado chino, mientras la China de Mao se convertía en una potencia desafiante incluso para la Unión Soviética. Una a una las naciones fueron rompiendo lazos con la China de Chiang, a la vez que establecían relaciones diplomáticas con la China de Mao.

En 1971, el gobierno taiwanés debió ceder su asiento en la ONU a la China socialista y desde entonces ha librado una guerra de sobrevivencia. Taiwán se concentró en orientar su desarrollo económico siguiendo el modelo japonés, y medio siglo después sigue ahí.

Chiang Kai-shek murió en 1975. Lo sucedió su hijo, Chiang Ching-kuo, quien gobernó sin la obcecación de su padre hasta su muerte en 1988. El mayor logro de Chiang junior fue haber abierto el país al proceso democrático.

Taiwán es hoy una república democrática representativa. Hay una generación nueva de taiwaneses que no niega su admiración por el desarrollo de la República Popular de China, pero que siente al suyo como un país aparte de aquel que abandonaron sus abuelos.

Intolerable se ha vuelto el asedio de Peking. Con frecuencia, los acorazados chinos incursionan en aguas territoriales taiwanesas y el espectro de una invasión está latente. Los independentistas han conquistado el poder por la vía democrática, algo que para el Partido Comunista Chino es motivo de alarma, pues se aferra a la idea de que Taiwán le pertenece, cuando la historia y la composición demográfica y política actual señalan todo lo contrario.

En todo este entramado, Japón ha vuelto al escenario por voz de su primera ministra, Sanae Takaichi, quien en abierto desafío –insólito diría yo— ha dicho que una incursión armada en Taiwán se tomará como ataque directo a Japón. En caso de que ese vaticinio se cumpliera, estaríamos ante otro escenario de conflicto abierto en el mundo; podríamos decir qué a nosotros, en México, ni nos va ni nos viene, pero sería un error, pues si acaso existe un país que debería de comprender el drama de Taiwán, ese es el nuestro.

México libró en el siglo 19 una lucha de independencia con base el los mismos motivos que hoy tiene Taiwán para exigir la suya. Éramos una nación con identidad propia porque los criollos y mestizos de aquel entonces ya no se identificaban con la metrópoli española, y siempre hemos padecido las amenazas de la potencia vecina.

Por otra parte, casi sin percibirlo, Taiwán se ha convertido hoy por hoy en el tercer socio inversionista en México; incluso por eso, su destino debería de importarnos.