En la colaboración anterior en este espacio semanal de reflexión abordamos de manera preliminar uno de los grandes, pero muy lamentables temas que afectan al mundo en general y a nuestro país y sociedad en lo particular. Es un tema desagradable. Es un aspecto doloroso y avasallante de nuestra civilización, a lo largo de la historia y del tiempo. Independientemente del contexto o coyuntura de la misma, el terrorismo es un indicador significativo de la tergiversión y del temple social: lo primero por que para incidir en este tipo de prácticas se requiere de un estado anímico-moral y socioemocional muy distorsionado y perverso; lo segundo por que para resistir dichas acciones de manera repetitiva se requiere de una fortaleza individual y colectiva que jamás deberían ser experimentadas o puestas a prueba.

El terrorismo es uno de los grandes males de la civilización, y es justo por esta razón que debemos analizarlo y estudiarlo con miras a prevenirlo, mitigarlo, neutralizarlo y eventualmente erradicarlo del catálogo de comportamientos sociales humanos. Tal vez no logremos lo último, pero no podemos hacer nada al respecto si no lo entendemos. Y ese es tal vez el mayor reto: no es posible que un conjunto de mentes sanas y productivas puedan comprender plenamente las motivaciones de uno o varios individuos que consideran que la mejor forma de influir sobre otros para obtener sus intereses es orillarlos por medio de crear en ellos daños sustanciales; generando miedo, pánico y terror como instrumentos para obtener sus fines; y justificando estas afectaciones emocionales, físicas, psicológicas y psicosociales como “necesarias” y como “inevitables”.

Podemos entenderlo como concepto, pero no podemos comprenderlo. Se requiere de un marco ético-moral, emocional y relacional muy distorsionado para realmente comprenderlo. Es por ello que estudiar y reflexionar sobre el terrorismo nos habla más del estado interior y del proceso de toma de decisiones de quienes lo efectúan que de los receptores de sus efectos. Ha sido una política prácticamente doctrinaria del Estado mexicano negar que existe terrorismo en nuestro país. Lo anterior se debe a una conveniencia discursiva, narrativa y política; pero también debido a un generalizado y profundo desconocimiento de este fenómeno y del tema.

Es irónico que en prácticamente todas las instituciones de Defensa y Seguridad Nacional existe personal capacitado en estos temas, y aún así los tomadores de decisiones y el liderazgo político nacional sigue actuando con profunda ignorancia del tema. El terrorismo no es un fenómeno como la Delincuencia Organizada o las Organizaciones Subversivas; es un conjunto de acciones previas, actuales y posteriores que constituyen instrumentos de influencia y presión, mismas que son usadas como parte de una estrategia para obtener intereses reales o percibidos. En consecuencia, el catalogar o tipificar una entidad, individuo u organización como “terrorista” se debe a que emplea el miedo y el terror como un mecanismo para influir en otros para obtener sus intereses, no por que únicamente se dedique a estas actividades. Lo anterior denota y caracteriza a un psicópata, mientras que el terrorismo denota un sociópata.

Sin duda esta es una discusión de salud mental individual y social mucho más amplia, pero para fines de la presente reflexión debemos entender que el terrorismo se caracteriza por acciones insertadas en procesos comunicacionales, conceptuales, discursivos y narrativos mucho más amplios, y no de forma exclusiva. Por su parte, la justificación y razonamiento para los mismos se insertan en una agenda estructurada más compleja, y refleja intereses explícitos e implícitos, públicos y privados, más profundos. Este razonamiento puede aplicarse a actores transnacionales y a figuras locales, y nos permite analizar desde una perspectiva diferente la estructura y dinámica de estas entidades.

En el caso de México es necesario realizar un análisis taxonómico complejo y multivariable sobre las diferentes potenciales manifestaciones de terrorismo doméstico y foráneo. Dicho ejercicio escapa al alcance de este espacio; pero si podemos delinear en el mismo algunos tipos de terrorismo del que potencialmente somos o podemos ser víctima como sociedad. Indudablemente, esta síntesis no es limitativa ni restrictiva de otras aproximaciones, y es tan sólo un primer ejercicio que someto a consideración y reflexión del lector. Pero todas las modalidades aquí presentadas tienen un fin común: influir en actores específicos, en autoridades o en la sociedad para obtener intereses que de otra manera no podrían acceder o consolidar, por medio de la amenaza y/o generar afectaciones o daños tan graves que su costo es demasiado alto, y que genera temor o terror la incidencia de los mismos por su naturaleza agresiva o violenta.

La primer gran distinción versa entre los actos reales, los percibidos y la amenaza de los mismos. Cuando un acto de violencia individual o pública se lleva a cabo para presionar a un fin particular o transmitir un mensaje en ocasiones no hay advertencia previa, ocurre de improvisto. Esto genera un efecto específico en la sociedad. Pero cuando le precede una amenaza, la expectativa de la agresión o la violencia puede tener un efecto multiplicador en el ámbito emocional y psicológico. Requiere de planeación y premeditación, pero también habla de una intencionalidad clara y definida. Mensajes audiovisuales, escritos o virtuales pueden dirigir la atención y percepción individual o pública de un suceso, dándole una dimensión particular y una intencionalidad complementaria.

Mientras que asumimos por lo general que los atentados son físicos, la nueva modernidad nos remite a un fenómeno complementario: el terrorismo digital y virtual. Este tema nos ocupará exclusivamente en otro momento, pero por ahora es necesario señalar que el terrorismo en el ciberespacio puede ser igual o más devastador que los atentados físicos. Debido a la interconectividad y sobre-dependencia social en medios y recursos digitales, así como una exacerbada vinculación de la cotidianidad con la tecnología electrónica, algunas entidades y organizaciones han identificado estos espacios como áreas de vulnerabilidad a explotar. Desde ciberataques hasta secuestros digitales, manipulación de medios y redes, acceso remoto a equipos y sistemas, estafas y fraudes, suplantaciones de identidad e incluso manipulaciones a registros y redes, todas pueden generar el mismo o mayor efecto que un coche bomba para manipular a un gobierno, individuo, organización o sociedad.

La amenaza física o virtual de estas afectaciones influye en las personas, sus colectivos, sus instituciones y en el Estado mismo. La constante expectativa de la incidencia de estos actos genera un deterioro psicosocial tangible en diferentes niveles. No estamos planteando un escenario catastrófico, estamos describiendo la realidad. Por que en el momento en que nos damos cuenta que no somos invulnerables, que no existe forma alguna de blindarnos totalmente ante estos actos, y que nunca podemos estar plenamente preparados para ellos, cualquier individuo, entidad, organización y sociedad responsable comienza un proceso constante de alerta. Lo anterior tiene un costo si no se esta plenamente preparado, y una inversión si existe un marco conceptual-operacional razonado y razonable en el ámbito de lo público. Esto es lo que vemos en Europa, Asia y parte de Norteamérica.

Pero en el caso mexicano esto es mucho más delicado y grave. Al seguir negando deliberada y forzadamente que este fenómeno existe en nuestro país, al evitarlo y esquivarlo, y al denostar y rechazar a quienes buscamos reflexionar sobre este fenómeno, el Gobierno mexicano, sus autoridades y liderazgo nos están colocando como sociedad en una posición de injustificable en inmensa vulnerabilidad. No podemos atender un problema si no lo reconocemos, y si nos detenemos a reflexionar la sintética taxonomía que presentamos en este espacio podremos encontrar lamentables pero innegables paralelismos con lo que vivimos en México desde hace al menos quince años. Pero peor aún es que el Gobierno Federal y muchos Gobiernos Estatales han negado, permitido y tolerado estas actividades desde hace al menos ocho años. Es histórica, política y socialmente imperdonable semejante permisividad ya que ha generado un entorno de impunidad y normalización de abominaciones sociales, desdeñando los costos anímicos, morales y psicosociales en esta y futuras generaciones de mexicanos en todo el país.

Comenzando con una política de franca inclusión, normalidad y tolerancia a las organizaciones delincuenciales que han recurrido a estas prácticas; continuando con la impunidad de quienes han perpetrado estas abominaciones; y cerrando con la justificación de actos que han cobrado la vida a miles de mexicanos y la paz a todo un país, desde hace al menos dos administraciones federales se ha promovido un entorno fértil para que actos terroristas formen parte del repertorio de intimidación y presión social a manos de un puñado de individuos. Son criminales quienes efectúan estos abominables actos contra la nación; pero también lo son quienes lo cobijan, fomentan, normalizan, niegan y permiten. Justificarlo dentro de una narrativa político-social, e incluirlo en un catálogo normalizado de instrumentos para la obtención de fines particulares es particularmente perverso.

La reflexión no concluye aquí. Debemos entender el problema a mayor profundidad para poder plantear soluciones claras y contundentes. Ninguna es profundamente innovadora, y realmente son acciones muy lógicas y razonables. Aplicar la ley y los instrumentos del Estado para disuadir, prevenir y sancionar estas acciones es innegable. Pero en un país donde la máxima autoridad duda sobre la aplicación de la ley o es selectiva en su ejercicio, el problema es mucho más grave. Recordemos que hay diferentes tipos de complicidad, y una de ella es la omisión. Invito al lector a que no seamos omisos como sociedad, y que seamos conscientes del problema al que nos enfrentamos como país ante actores que consideran que la alternativa más eficiente para lograr sus intereses es la intimidación, infundir miedo, perpetuar las amenazas de violencia, con la plena certidumbre de su impunidad. Aquí hay un problema grave.

El autor es Antropólogo Social e Internacionalista. Especialista en Inteligencia Estratégica, Estudios Prospectivos, e Innovación Aplicada.