El 10 de octubre, en un mitin en Clarksville, Tennessee, Donald Trump dijo a sus seguidores que podría decir las cosas más estúpidas y aún así lo aplaudirían. La frase se volvió viral, aunque conviene leerla completa: de inmediato añadió que no dicen cosas estúpidas, sino de sentido común, y enumeró el control fronterizo, los impuestos bajos y unas fuerzas armadas fuertes. Fue una broma sobre la lealtad de su base, pero también una descripción de su estrategia: conservar a los suyos aunque el costo sea la credibilidad entre quienes no lo son.

A diez días de las elecciones legislativas del 3 de noviembre, esa estrategia tiene un costo medible. Un análisis de CNN señala que las encuestas de voto genérico dan a los demócratas una ventaja considerable, aunque matiza que algunos candidatos republicanos sólidos podrían superar lo que sugieren esos sondeos. El mismo medio recoge el temor de un legislador republicano que busca la reelección, según el cual el presidente está arrastrando al partido. Es una percepción interna, no un resultado.

Para valorar sus declaraciones hay que separarlas, porque no todas pesan igual. La del radar es una exageración con un núcleo real. John G. Trump, tío del presidente, fue ingeniero y profesor del MIT, y se unió desde el inicio al programa de investigación de radar que el comité de defensa creó en esa institución. Eso es distinto de haberlo inventado. En su discurso del 8 de octubre, según una cobertura televisiva, Trump dijo que su tío contribuyó al desarrollo del radar y asesoró a Inglaterra sobre su uso durante el Día D. No encontré la ocasión exacta en que habría dicho que lo inventó, por lo que conviene verificar la cita antes de publicarla tal cual.

La cifra de migrantes es el punto más sólido para los verificadores. Trump sostuvo que entraron 25 millones de personas bajo la política de fronteras abiertas de Biden, y una verificación de Telemundo la calificó de falsa, al señalar que según la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, 7.4 millones cruzaron fuera de los puntos de control legales. CNN, por su parte, cuantificó cerca de 10.3 millones de encuentros con migrantes hasta agosto de 2024, incluidos millones expulsados rápidamente. Aquí una precisión sobre tu texto: los datos oficiales hablan de encuentros, no de detenciones, y un encuentro no equivale a una entrada. La conclusión no cambia: ninguna de esas cifras se acerca a los 21 o 25 millones.

La afirmación de haber resuelto ocho guerras tiene un tratamiento más matizado. Al verificarla durante el discurso del Estado de la Unión, Telemundo concluyó que el presidente exagera cuando dice que puso fin a ocho guerras en sus primeros diez meses. Exagerar no es lo mismo que carecer de todo fundamento, y el debate sobre cuántos conflictos cesaron por su mediación sigue abierto.

El episodio de Noruega es de otra naturaleza, porque no es un dato falso sino un agravio. El 25 de octubre, en Michigan, Trump dijo: “No me dieron el Premio Nobel a pesar de que me presenté. Así que no quiero a nadie de Noruega.” Añadió que el país se había convertido en uno “de mierda”. El comité había otorgado el galardón a la jurista sudafricana Navanethem Pillay. No es la primera vez: el 9 de octubre, en Syracuse, había hablado de una mancha indeleble para el país, y en enero un intercambio con el primer ministro noruego vinculó su empuje sobre Groenlandia con no haber ganado el Nobel. Un día después, además, dijo respetar a Libia tras haberla calificado con el mismo adjetivo. Ese patrón de agravios y rectificaciones es lo que más daña la imagen de política exterior, incluso entre aliados.

Sus defensores tienen argumentos que merecen espacio. Los mítines son actos de entusiasmo, no discursos de Estado, y la hipérbole es parte de su estilo. Además, la política fronteriza que más defiende tiene resultados que sus críticos no niegan: los encuentros en la frontera sur cayeron a mínimos de más de medio siglo, con una baja de 84.5 por ciento entre los años fiscales 2024 y 2025. Sus críticos replican que esos logros no necesitan inflarse con cifras falsas, y que entre las deportaciones de ICE de personas con al menos dos años en el país, 61 por ciento no tenía condenas penales. Ambas lecturas se apoyan en datos.

Queda tu conclusión final: que Trump pasará a la historia como un presidente mentiroso y egocéntrico. Es un juicio que sus críticos comparten, y los verificadores han documentado afirmaciones falsas, pero es una valoración, no un hecho. El veredicto electoral se conocerá el 3 de noviembre, y la historia dependerá de lo que él decida hacer con ese resultado.