El viernes 6 de noviembre, Donald Trump anunció que Stephen Miller sustituye a Susie Wiles como jefe de gabinete a partir del lunes 9 de noviembre. La designación llegó tres días después de la derrota republicana en las elecciones de medio término. Quien esperaba un gesto de moderación recibió lo contrario: el presidente concentra el poder operativo de la Casa Blanca en su asesor más ideológico.
Una paradoja con apellido
Miller es descendiente de inmigrantes judíos que huyeron de la persecución en Europa oriental. Su propio tío, David Glosser, lo ha cuestionado públicamente por esa contradicción. Esa genealogía no invalida sus políticas, pero obliga a preguntarse en qué momento la memoria familiar de la acogida se convirtió en doctrina de exclusión.
Su historial está ligado a la política migratoria. Se le considera la fuerza impulsora de las agresivas medidas de control migratorio, con más financiamiento para operativos en todo el país. Su papel creció tras el caso de Alex Pretti, muerto a tiros por agentes federales durante un operativo en Minneapolis. Miller lo calificó primero de terrorista doméstico y después admitió que los agentes quizá no siguieron el protocolo. El episodio muestra el patrón: primero la sentencia política y después, si hace falta, la corrección.
El ascenso contra el veredicto
Aquí está la fricción central. Las encuestas de salida indicaron que el 58 % de los votantes considera que el control migratorio ha ido demasiado lejos, y los hispanos se alejaron de los candidatos republicanos. El electorado envió un mensaje y la respuesta fue premiar a su principal ejecutor.
La lógica puede leerse de dos maneras. Para sus defensores, Miller encarna la coherencia: cumple la promesa que llevó a Trump al poder y no negocia con quienes quieren desmontarla. El senador Mike Lee lo elogió como un luchador leal durante más de una década. Para sus críticos, el nombramiento confirma que el gobierno prefiere atrincherarse antes que corregir. El líder demócrata Hakeem Jeffries lo atacó con dureza, y el senador republicano saliente Thom Tillis lo ha tachado de incompetente.
Dentro del propio campo
La fractura también es interna. El vicepresidente JD Vance, aspirante a la nominación de 2028, se mostró abierto a reorientar la aplicación de la ley hacia las empresas que contratan mano de obra ilegal. Esa idea pesa en sectores como la agricultura, la construcción y los servicios, que dependen de trabajadores sin estatus regular. Con Miller al frente del despacho, ese giro parece menos probable.
Hay un costo económico que el nombramiento no resuelve. Un endurecimiento sin contrapesos puede tensar mercados laborales y cadenas de suministro. Los empresarios que celebraron la agenda de desregulación ahora comparten edificio con quien define la política de mano de obra.
Más allá de la frontera
El perfil de Miller no se agota en la migración. Según información local, tuvo un papel destacado en las operaciones militares en Venezuela y contra presuntas redes de narcotráfico en el Caribe y el Pacífico oriental, que los críticos califican de ejecuciones extrajudiciales. Para México, país de tránsito, de remesas y de un comercio integrado con Estados Unidos, esto importa. Un jefe de gabinete que ve la seguridad y la migración como un solo frente tiene más margen para condicionar la agenda bilateral.
Gobernar con un Congreso adverso
El cargo ya no es el de un asesor que opina. El jefe de gabinete controla el flujo de información al presidente, ordena la agenda y negocia con el Congreso. Ahora lo hará con una oposición que promete investigaciones y mayor vigilancia, y con un Senado que incluye figuras emergentes a las que Miller ha provocado en redes sociales. Un negociador de ese perfil suele ganar batallas simbólicas y perder acuerdos legislativos.
Trump dijo que trabajaría con los demócratas. Su primera decisión posterior a la derrota fue colocar a un combatiente donde se necesita un mediador. Ambas cosas no pueden ser ciertas a la vez, y la señal que prevalezca definirá los próximos dos años.
El poder de Miller dependerá de que el presidente conserve la fuerza política para sostenerlo, justo cuando acaba de perderla en las urnas.
