Una sombra se desliza por la pared, unos pasos rompen el silencio, un rostro cadavérico emerge de las tinieblas. En la oscuridad de una sala de cine, aquello que nos angustia, perturba o aterroriza cobra forma ante nuestros ojos. Así, en el séptimo arte toman forma las pesadillas más profundas, imágenes y relatos de la cultura popular, y queda la inquietante sospecha de que algo escapó de la pantalla.
Aquellos mundos fantásticos necesitan un lugar para cobrar forma. Desde su fundación en 1945, los Estudios Churubusco, de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, cumplen dicha función. En sus foros y talleres, las historias concebidas por escritores y directores se materializan mediante la fotografía, la escenografía, el maquillaje y el trabajo de numerosos artistas y técnicos. Allí, lo imposible adquiere cuerpo, movimiento y una apariencia capaz de desafiar la realidad ante la cámara.
Hace 70 años, el horror, la ciencia ficción y la lucha libre se encontraron en los foros de Estudios Churubusco, durante el rodaje de Ladrón de cadáveres (1956), de Fernando Méndez. La película marcó un punto de inflexión al combinar el suspenso, los experimentos científicos y los combates del cuadrilátero, y abrió nuevas posibilidades para una expresión cinematográfica que México llevó al mundo: el cine de luchadores.
Detrás de la apariencia amable del vendedor de lotería don Panchito, interpretado por Carlos Riquelme, se esconde un criminal que roba cadáveres para realizar experimentos en su laboratorio. Su propósito es crear un ser superior en fuerza e inteligencia, capaz de ayudarlo a conquistar el mundo. La historia reúne a Wolf Ruvinskis como Guillermo, Columba Domínguez en el papel de Lucía y Crox Alvarado como el capitán Carlos Robles.
En su análisis de Ladrón de cadáveres, el historiador y crítico cinematográfico Rafael Aviña encuentra ecos de Frankenstein (1931), de James Whale, desde la secuencia inicial en un cementerio. También destaca la adaptación al mundo de la lucha libre, la fotografía en blanco y negro de Víctor Herrera y las escenografías de Gunther Gerzso, elementos fundamentales en la construcción de su atmósfera visual.
La lucha libre en el cine mexicano tuvo su origen antes, en Padre de más de cuatro (1938), con escenas filmadas en la antigua Arena México. En 1952, se consolidó como género, con películas como La bestia magnífica, de Chano Urueta; El luchador fenómeno, de Fernando Cortés, y Huracán Ramírez, de Joselito Rodríguez.
El horror y la ciencia ficción ampliaron las aventuras de sus protagonistas y surgió un universo cinematográfico en el que los héroes enmascarados combatían a vampiros, zombis, hombres lobo, brujas, científicos locos y extraterrestres, además de figuras del imaginario mexicano, como La Llorona y las momias de Guanajuato. Historias que tomaron forma en los foros y talleres de Estudios Churubusco.
En el día de Todos los Santos
Hubo un santo que se enfrentó a los muertos que regresaban a la vida: el Enmascarado de Plata. ¡El ídolo de las multitudes frente a un enemigo que parece invencible! Los golpes se suceden y el público contiene la respiración. Fuera de la arena, Santo enfrenta a científicos enloquecidos y fuerzas que desafían las leyes de la naturaleza: su máscara de plata debe imponerse también a lo sobrenatural.
En 1961, Santo contra los Zombies, dirigida por Benito Alazraki, se convirtió en la primera película del Enmascarado de Plata filmada en Estudios Churubusco. Su carrera cinematográfica comenzó en 1958, cuando rodó en La Habana, Cuba, Santo contra el cerebro del mal y Santo contra los hombres infernales, dirigidas por Joselito Rodríguez.
El crítico cinematográfico y director de Difusión y Programación de la Cineteca Nacional, Nelson Carro Rodríguez, describe a Santo como una figura popular dedicada a defender la justicia y el predominio del bien. En su artículo “¡Santo, Santo, Santo!”, destaca la rapidez con que alrededor del luchador se configuró “un mundo insólito poblado de los seres más extraños, procedentes de las fuentes más diversas”.
El cronista y ensayista Carlos Monsiváis sintetizó la singularidad del Enmascarado de Plata en Los rituales del caos, al describirlo como “la mezcla exacta de tragedia clásica, circo, deporte olímpico, comedia, teatro de variedad y catarsis laboral”.
Rafael Aviña, coautor junto con Raúl Criollo y José Xavier Návar de ¡Quiero ver sangre! Historia ilustrada del cine de luchadores, describe el universo de adversarios de Santo: “El héroe enfrentó por igual a marcianos y a inquisidores, a brujas quemadas en la hoguera, a mujeres vampiro y zombies. Drácula, La Momia y Frankenstein no escaparon a sus quebradoras, ni a sus patadas voladoras”.
De la literatura del siglo XIX llegaron dos de los adversarios más célebres del Enmascarado de Plata: la criatura de Frankenstein, imaginada por la escritora inglesa Mary Shelley, y Drácula, el vampiro creado por el irlandés Bram Stoker. En el cine mexicano, ambos encontraron nuevas vidas frente a las llaves y los lances de los luchadores.
Entre tantos enemigos sobrenaturales, hubo uno que el propio Santo consideraba especial. En una entrevista realizada por el periodista José Xavier Návar, publicada en la revista Cine en 1980, el Enmascarado de Plata respondió, cuando le preguntaron cuál era el monstruo más peligroso al que se había enfrentado: “No, pues Drácula”. “Nunca lo he podido vencer”, reconoció, porque “de repente vuela y se va”. Después mencionó al Hombre Lobo, otro de sus temibles adversarios.
El Enmascarado de Plata también se enfrentó a personajes del imaginario mexicano, en Santo y “Mantequilla” Nápoles en la venganza de la Llorona (1974), dirigida por Miguel M. Delgado, filmada en Estudios Churubusco-Azteca, el luchador y el boxeador José Ángel “Mantequilla” Nápoles enfrentaron a una aparición de la Llorona que regresó de la tumba para vengarse de los descendientes de quien provocó su desgracia.
Las momias de Guanajuato también pasaron de la realidad a la ficción cinematográfica. Los cuerpos conservados naturalmente, convertidos con el tiempo en parte del imaginario de la ciudad, inspiraron a las criaturas que enfrentaron Santo, Blue Demon y Mil Máscaras en Las momias de Guanajuato, dirigida por Federico Curiel. Filmada en 1970 en Estudios Churubusco y en locaciones de Guanajuato, la película se estrenó en 1972.
El lugar de los mundos imposibles
En Estudios Churubusco, la magia del cine también se construía al aire libre. Abraham Díaz Baleón, coordinador de Mantenimiento, recuerda en Estudios Churubusco: una memoria colectiva (2025), publicación realizada con motivo del 80 aniversario de la institución, que las instalaciones contaban con un backlot, un terreno exterior arbolado donde se rodaban, entre otras producciones, películas del Enmascarado de Plata. “Una parte era trabajada como selva”, relata sobre aquel espacio.
La fabricación del miedo también pasó por el maquillaje. Humberto Escamilla, quien comenzó a trabajar en el cine en 1963, recuerda en Estudios Churubusco: una memoria colectiva (2025): “Antes era la esponja con agua y el pancake. Después ya vinieron los maquillajes líquidos con esponjita de látex”, explica. Su testimonio revela las técnicas artesanales con las que se transformaban los rostros antes de la llegada de nuevos materiales.
Todos los mundos coexistieron a unos cuantos pasos de distancia. Mario Argumedo Luna, encargado del área de Proyección, recuerda su primera visita a las instalaciones, en 1967, cuando tenía alrededor de nueve años: “Fue una experiencia magnífica, porque nunca me imaginé cómo era la cuestión del cine, qué era la magia del cine, el haber visto los sets, como en el caso del de Tarzán, de western, en el pueblo vaquero había un río”. También recuerda una cabaña y un terreno que simulaba el desierto.
Detrás está el trabajo de quienes los construían, cuyos nombres rara vez figuraban en los carteles. Isaac Téllez, quien trabajó en los talleres de Churubusco, resume esa labor en una frase recogida en la misma publicación: “De unos cuantos palos construir un castillo”. No bastaba con levantar los decorados: había que vestir los espacios, seleccionar los objetos y recrear ambientes capaces de transportar al espectador a otras épocas y lugares.
En ocho décadas de actividad cinematográfica y audiovisual, más de tres mil producciones han utilizado las instalaciones o servicios de Estudios Churubusco. En sus 60 mil metros cuadrados cuentan con nueve foros, 167 oficinas de producción y seis salas de postproducción de sonido.
Parte de ese patrimonio puede conocerse en “La piel de las películas”, exposición permanente abierta al público en la Bodega A de Estudios Churubusco. En 342 metros cuadrados reúne cerca de mil prendas de vestuario, 250 objetos de arte y un centenar de muebles utilizados en distintas producciones cinematográficas. La muestra recupera piezas conservadas durante años en las bodegas del complejo y abre camino a un proyecto mayor.
Donde permanece la memoria
A 70 años del rodaje de Ladrón de cadáveres, los monstruos, científicos enloquecidos y héroes enmascarados permanecen como testimonio de una época en la que los talleres y foros de Estudios Churubusco se convirtieron en territorios de lo fantástico.
Siete décadas después de que el horror subiera al cuadrilátero, Estudios Churubusco mantiene viva la magia de transformar la imaginación en cine. Y mientras las flores de cempasúchil anuncian el regreso de quienes ya partieron, otras criaturas aguardan entre las sombras de la pantalla, dispuestas a volver, una vez más, al encuentro de los vivos.
