Juan Antonio Rosado
(Primera de dos partes)
El dominio de la palabra significa la soberanía
del espíritu.
Werner Jaeger
Tanto la escritura como la expresión oral y la comprensión lectora están muy vinculadas. Las tres implican habilidades relacionadas estrechamente. ¿Cómo puede escribirse si no se ha leído? ¿Cómo podría leerse si no se ha escrito algo o, por lo menos, aprendido la escritura? Es posible descartar la expresión oral, pero la lecto-escritura suele considerarse un solo fenómeno. No obstante, cada habilidad posee sus recursos y estrategias que la separa de la otra. Hay una bibliografía en expresión escrita; hay otra dedicada a la comprensión. La adquisición de habilidades para entender textos (descifrarlos, traducirlos, parafrasearlos…) debe iniciarse desde la educación básica y continuar durante el resto de la educación porque se trata de una tarea infinita, que abarca la vida entera, y no se lee del mismo modo un texto que otro; incluso la lectura de un mismo texto se transforma a lo largo del tiempo, siempre subordinada a las competencias del lector.
La buena interpretación depende en gran medida de la claridad y coherencia del texto. En una ocasión, me tocó participar en el dictamen lingüístico de una ley sobre uso de suelo en una colonia de la ciudad. Tras un análisis gramatical, concluí que la ley podía tener tres interpretaciones debido a una puntuación ambigua (poco clara en la división de ciertos sintagmas), mal uso de gerundio y una subordinada empleada de modo anfibológico. A la ley de le debe respetar como está (bien o mal); ya llegarán los responsables juristas a interpretarla (a menudo, de acuerdo con su conveniencia o intereses, de ahí que he pensado —no sin malicia— que la mala redacción de ciertas leyes obedece al prurito de generar varias lecturas, cuando debería ser transparente, clara en su gramática y puntuación). Sin embargo, a la ley que he aludido, además, una de las partes en un pleito vecinal le suprimió una palabra, lo que la hacía más ambigua, abría sus posibilidades de lectura. Si la ambigüedad puede resultar maravillosa en poesía o en obras literarias, no así en un texto formal, en un documento oficial, en una investigación o ley. Aquí es donde la mala expresión influye para generar interpretaciones inadecuadas.
Ahora supongamos que en un escrito no haya reproche gramatical y que, en caso de usar lenguaje figurado, éste sea claro por el contexto y tono. Aquí, una comprensión parcial o mala dependerá del lector, quien deberá esforzarse para entender los propósitos del texto, y él mismo deberá tener claros sus objetivos al leer. Las teorías de la recepción han apuntado que las lecturas precedentes influyen en la lectura actual. Todo texto leído antes aporta al nuevo ciertos conocimientos, y cuando se trata de una lectura semejante, el nuevo texto se vuelve más fácil, cosa distinta de cuando nos enfrentamos por vez primera a un tipo de texto con que jamás nos hayamos relacionado. La atención debe dirigirse en función de nuestros fines. Existen, claro, lecturas tramposas, malas interpretaciones o sobreinterpretaciones, en que el lector agrega elementos extratextuales que a veces extrae de sus lecturas anteriores o de su fin al leer. Si alguien quiere leer a un ateo como si éste fuera creyente, hallará el modo de hacerlo. Tsvetan Todorov afirma que la mejor interpretación es la que logra integrar el mayor número de elementos textuales. No se trata de agregar lo que no hay ni explícita ni implícitamente.

