Tres principios y seis líneas para la reforma energética

Carlos E. Urdiales Villaseñor

Durante la ceremonia conmemorativa del 75 aniversario de la expropiación petrolera, hubo cuatro discursos pero tres que vale la pena revisar. El del bueno, Emilio Lozoya Austin, director de Pemex; el del malo, Carlos Romero Deschamps, y el del feo, Enrique Peña Nieto.

En la refinería Ingeniero Antonio Manuel Amor de Salamanca, Guanajuato, la de mayor capacidad de producción y refinación del país, se exaltó la gesta histórica que, al nacionalizar 17 empresas extranjeras, significaría el nacimiento de la industria más importante y grande de México. También se subrayó el momento geopolítico que se vivía en el mundo previo al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Pero lo más significativo estuvo en los discursos.

El bueno. Emilio Lozoya agradeció a los trabajadores petroleros, reconoció su valor y compromiso con la empresa aun en momentos tan dolorosos como los recientes accidentes en Tamaulipas y en el Centro Administrativo en Marina Nacional. Dijo que Pemex está bien, fuerte y con un horizonte prometedor. Subrayó que Pemex no se vende ni se privatiza. Punto.

El malo. Carlos Romero Deschamps, el polémico senador y dirigente sindical mostró músculo, jugó de local con las porras de las fuerzas vivas, exigió que el Instituto Mexicano del Petróleo recupere su protagonismo como centro de saber y análisis para lo que venga. El líder petrolero jugó a la antigua, ofreció apoyo, pidió respaldo, dejó correr las arengas cuando hizo falta y se desgañitó sin rubor reconociendo las ganas que ya tenían de un presidente amigo de los petroleros. Vuelta a la porra “Peña Nieto, petrolero, Peña Nieto, petrolero”.

El feo. El discurso del presidente antes de partir hacia Roma fue el que reconoció la historia de Pemex, la huella histórica, el aporte de sus trabajadores, pero fue el que habló de la necesidad impostergable de modernizar a Pemex. Celebró que en la agenda del Pacto por México se sobreponga el interés de la mayoría a la vanidad política de las minorías. Fue él quien dibujo el horizonte feo para todos: si nada se hace, en menos de una década México será deficitario en generación de energía. Fue el presidente quien puso el acento en mover a Pemex para que Pemex mueva a México.

Uno apapachó y tranquilizó, el otro trajo lo más rancio de la operación política y sindical, y el tercero fue el que, reiterando que Pemex no se privatiza, sí es indispensable modernizarlo. Tres principios y seis líneas para avanzar en la reforma energética por venir.

 

@CarlosUrdiales