Patricia Gutiérrez-Otero

Con aprecio, al papa Francisco quien conservó su cruz y sus zapatos de obispo.

¿Qué diantres es llevar la cruz? ¿Qué es una cruz? Es algo difícil de contestar, no me atrevo a hacerlo, sólo comparto algunas ideas e intuiciones.
El hecho de colgar a alguien en una cruz remonta al siglo VI a.C., con la cultura asiria. Era un castigo grave frente a una falta a la política. Consistía en suspender a alguien entre dos árboles o dos leños hasta que muriera o que las bestias lo devoraran. Esta práctica fue adoptada por los romanos, y, así, Jesús, el galileo, en el siglo primero de nuestra era, murió crucificado de una manera atroz porque los judíos poderosos de Jerusalén lo acusaron de hacerse pasar por rey, atentando contra el emperador de Roma. El rabino Ieshúa no escapó, asumió lo que le iba a suceder: no habló, se calló y cargó la cruz en la que fue crucificado. Estaba situado entre el poder político romano, altamente atacado por grupos de resistentes judíos, y su profunda convicción espiritual.
Si en muchos momentos cargar la cruz tuvo un sentido político que es el de asumir ser disidente del poder imperante y asumir sus consecuencias; en otras, ese sentido es mucho más simple y cotidiano. Según el filósofo francés, Maurice Blondel, cuando uno se enferma, cuando uno se siente aplastado, cuando uno no sabe a quién recurrir y ni siquiera piensa que alguien puede ayudarlo, pero se sigue dando al otro; cuando uno debe pagar con esfuerzos el medicamento para curar a su hijo o hija, a su madre o padre: está cargando su cruz y está abriendo espacio para que Dios entre y llene de divinidad ese lugar abierto por lo que el filósofo llamó “la abnegación”.
Los neo-budistas dirán que eso no tiene sentido, que uno se libera de la cruz cuando uno deja el apego y el dolor. Realmente nunca he entendido cómo asumen ellos la malformación grave de un hijo, la lenta enfermedad de una joven madre que lucha contra el cáncer, el sufrimiento del niño o niña violado en su más prematura infancia, la muerte de un joven lleno de promesas… Ellos dicen que desapegarse no es una huída, sino aceptar que las cosas son así.
Llevar la cruz no es buscar el sufrimiento, es aceptarlo cuando llega y no ceder cuando nos afecta y afecta a los otros, y, mientras, transmutar todo en amor. Eso quizá explica algo de la festividad de la Pascua: hay que ir lo más lejos posible al aceptar que las cosas son como son sin dejar de creer, sin embargo, que todo puede ser de otra manera, aunque, al final, haya que decir amén, así es, y dejar todo entre las manos amorosas del Dios-Comunión.
La cruz es aceptar nuestra grandiosa y limitada condición humana y, como diría Sartre, el peso de nuestra libertad, aunque contra él, sabiéndonos finitos y dependientes de un ser que nos excede, nos engloba y nos da el gozo más allá de todo dolor.
Para terminar, quiero decir que, sin ser santa ni pura, en este momento le doy todo mi apoyo al obispo Francisco de Roma para que sea el papa que debe ser: viril, amoroso y abierto a todo lo que somos los seres humanos.
Además, exijo que se cumplan los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, que se limiten las mineras a cielo abierto, que se esclarezcan las muertas de Juárez, que se respeten los acuerdos sobre las Víctimas, ¡que seamos ciudadanos y que nuestra palabra pese!