Miguel Ángel Muñoz
A John Berger y Yves Bonnefoy, cómplices de múltiples miradas.
Existe en la pintura moderna un selecto de pintores, por decirlo así, que, al margen de sus peripecias individuales y las contradicciones y desencuentros con la crítica y el público que les tocó soportar, han sobrevivido modas y criterios históricos como ejemplo y modelo de sensibilidad visual: Velázquez, Poussin, Monet y Cézanne ocupan el primer orden. Pero el caso de Claude Monet (París, 1840 – Giverny, 1926), es para los ojos de nuestro tiempo, un caso fuera de serie, no sólo por ser el creador del impresionismo, y, desde luego, un artista determinante en la creación del expresionismo abstracto americano, sino también, por definir el tópico de luz y color, que convirtió al arte francés en una añoranza de eternidades pictóricas.
Discípulo de Boudin en Normandía, se acercó a París con la mirada de la escuela de Barbizon: Pisarro, Sisley y Renoir, que fueron sus cómplices. La pintura de Manet y Courbet el desafío que lo alentó en el sendero siempre tortuoso de los virtuosismos técnicos sin condescendencias amaneradas. En el Salón de 1865 su nombre fue confundido con Manet con catastróficos resultados. Excluido de toda manifestación oficial, su itinerario fue lento y solitario: del realismo al naturalismo cromático, con una tendencia cada vez más segura hacia el análisis de las sensaciones tonales que singularizan la verdad pictórica. Sólo en 1874, con Cézanne, Morisot, Degas, Pissarro, Renoir y Sisley, se configuran en société anonyme que inventará el impresionismo —a partir de “Impressions”, potente apunte sin condescendencias figurativas. Su fortuna crítica, conviene decirlo también, ha sido la del grupo: del escarnio y la burla que acogieron los primeros proyectos del marchante Durand-Rouel, al modesto éxito en Londres y Nueva York en 1886.
La obra última de Monet —que se exhibió en Londres en la vieja Burlington House en 1999— fue frente a los ojos del espectador contemporáneo, podría ser visto como un fetiche sublime. De ahondar, en definitiva, en las constantes rectificaciones formales que Monet impuso al proceso de depuración narrativa que arranca con el siglo XX. Sus paisajes mediterráneos, las vistas de Londres y Venecia, las series que progresivamente van tensando su obra, son siempre motivos individualizados de una investigación sobre la pintura muy personal. Creo que es importante, no reivindicar un Monet moderno, sino más bien, subrayar los rasgos constructivos y formales que obligan a un viejo pintor, a desasirse del molde figurativo de una tradición consolidada y lanzarse a una aventura nueva. La abstracción y la construcción, a contrapelo de la naturaleza, son dos vertientes artísticas esenciales de este giro que hace nuevo el arte de Monet. Se cuenta que a su muerte se hallaba sobre la mesa del estudio del pintor un ejemplar abierto de Baudelaire: “…país singular, superior a los otros, como el arte es superior a la naturaleza, transformada por el sueño, corregida, embellecida, rehecha…”. Siguen las series, que le valieron fama, del Támesis, los álamos junto al Epte o la catedral de Ruán, con esquemas compositivos no convencionales e inspirados en la gráfica japonesa, y un nuevo aliento más dramático y rico en atmósferas. Desaparece la figura y se impone una naturaleza moderna en la forma.
Una obsesión por lograr una pintura viva, absoluta. Instalado en Giverny desde 1883, su objetivo apenas varía y se transforma en una experiencia vital: enfrentar la pintura a cosas imposibles. El agua que refleja los objetos caprichosamente y refracta las sombras. El sol que hiere la vegetación dispersando los fragmentos sensibles. El cielo como aglutinante cromático que disuelve cualquier identidad estable. Naturaleza y realidad pictórica confundidas en un absoluto de color que algunos aproximan a la abstracción lírica contemporánea sin otros criterios que la aparente analogía formal. Los estanques de nenúfares, sin embargo, son otra cosa. Monet ha rechazado las convenciones figurativas de su tiempo, pero también las convenciones estéticas propias del impresionismo. Sus cuadros no son campos de color que sinteticen una teoría compositiva centrifugada por las tonalidades. Son los efectos sensibles de unos gestos precisos que constituyen el ritmo creativo propio, la proyección matérica de un impulso vital siempre sensible a las cosas.
Courbet pinta marinas en Cabanes y se retrata saludando la inmensidad del paisaje con su habitual gesto teatral. Cézanne observa con científica atención las orillas de L’ Estaque: la luz descubre las astucias del modelado casi arquitectónico de su signo plástico. Monet, sin embargo, acentúa el reverbero brillante de luz que unifica el cielo, tierra y agua en un paisaje anegado por el sol (La mer d’ Antibes). Monet asimila en Bordighera y Menton una nueva secuencia de armonías cromáticas, que llenará sus años de Giverny con una variedad de motivos pictóricos que basta por sí sola para sostener visualmente un debate sorprendente contra el academicismo rutinario.
En efecto, el impresionismo es el arte de la pincelada certera y breve. Nada de apuestas o bocetos del natural, sino arriesgados ejercicios de figuración sobre la nada que transmiten limpiamente impresiones sensibles sobre la realidad. Artificios que duplican la naturaleza y plantean un haz de formas visuales de una potencia constructiva colosal Salmonetes, 1870, de Monet, es un claro ejemplo. “Es sólo un ojo, pero ¡qué ojo!”, dijo de él Cézanne. Se trata de una suerte de abandono a la naturaleza específica de la pintura. A sus cualidades estéticas, Monet no pinta lo que ve, ni mucho menos lo reconstruye plásticamente. Pinta —forzando la expresión— lo que va viendo, modificando su visión en cada instante de intensidad sensible. “Quiero pintar el aire… ¿Le parece imposible, no es así?”. Monet es un pintor moderno: se atrevió como pocos a eliminar la profundidad, pintó con pinceladas larguísimas, colores intensos, sin llegar al borde del lienzo, crea vórtices nerviosos que lo mismo representan la avenida de rosas que el puente japonés, o simplemente, un espejo de agua… Un paisaje casi abstracto, expresionista. Monet crea para sí en todos esos años un “paisaje íntimo de absolutos sin tiempo”. Un arte deslumbrante que provoca unos efectos sensibles siempre diferenciados. Un mundo de color autosuficiente, que se resiste a cualquier definición acomodaticia.

