Democracia, partidos políticos, desigualdad e inseguridad
Alfredo Ríos Camarena
Las democracias contemporáneas, tanto de sistema presidencial como parlamentario o mixto, han fundamentado su desarrollo a través de la participación electoral de los partidos políticos y éstos han sido regulados de diferentes formas y estructuras de acuerdo con las condiciones particulares de cada Estado nacional.
En México, el sistema de partidos ha funcionado para construir las bases de un sistema democrático; los avances en la materia indudablemente han sido importantes, aunque muy costosos. El IFE es una institución que consolidó esta estructura del poder, y con todas sus deficiencias y cualidades ha permitido dar certidumbre respecto a los resultados electorales. Por eso, podemos concluir que la democracia en México ha mantenido sólidos avances, aun cuando no ha podido darle a México un Estado en donde la teleología constitucional se cumpla, porque la justicia social está ausente y las desigualdades cada día son mayores; los abismos entre los muy pobres y los ricos son insondables.
A partir de la presidencia de Enrique Peña Nieto, se ha intentado atacar estos problemas y se ha pretendido consolidar las reformas a través del Pacto por México cuya acción, reflejada en los tres partidos principales, ha dado pie a algunos avances muy importantes como la reforma educativa; la reforma laboral; la reforma en materia de comunicaciones; la aprobación de la nueva Ley de Amparo, y se encamina hacia reformas de gran calado como la reforma en materia de seguridad nacional, la reforma hacendaria junto con la petrolera y la Campaña Nacional contra el Hambre.
No obstante lo anterior, aun cuando las cúpulas de los partidos han tenido convergencias y denominadores comunes, en el interior de cada uno de estos institutos políticos se han generado diferencias y divisiones que implican una crisis del PAN y del PRD.
En Acción Nacional la crisis es de tal magnitud, que ni siquiera han podido establecer una ruta que le dé mayor consistencia a su participación electoral. Sus divisiones internas son graves y se van a reflejar, sin duda alguna, en las próximas elecciones.
En tanto en la llamada izquierda mexicana, representada en el PRD, el PT y el Movimiento Ciudadano, se ha dado una verdadera transformación frente a la independencia del grupo de Andrés Manuel López Obrador que está promoviendo la creación de un nuevo partido político que sin duda arrebatará gran parte de los votantes a los partidos anteriores, porque representará una oposición más radical, no sólo al gobierno, sino al sistema en general; por esa razón, el pronóstico es que Morena va a crecer enormemente en su participación ciudadana, pero no lo suficiente para obtener las mayorías democráticas en la competencia electoral.
Frente a esta crisis, el PRI ha mantenido —desde la conducción del presidencialismo— una unidad cuando menos hacia el exterior, que le ha permitido avanzar a pasos agigantados. La división de los contrarios permite que el PRI fortalezca su presencia electoral, a pesar de que en el interior existen también diferencias muy serias especialmente en lo que toca a la desaparición del no pago del IVA en alimentos y medicinas y sobre todo frente a la falta de claridad en lo que pudiera ser una reforma petrolera que no privatice a Pemex, pero que sí lo modernice, sin romper los paradigmas constitucionales.
En este panorama hacia el futuro inmediato, se percibe la consolidación de la fuerza del presidente frente a la división de los opositores, pero también la necesidad de alinear las fuerzas de su bancada en el Congreso con los acuerdos del Pacto por México; una cosa es estar de acuerdo en términos generales en algunos objetivos puntualmente enumerados, y otra, elaborar leyes y reformas que tienen que ser específicas para poder concretar los objetivos planteados. Por eso en ocasiones se perciben distancias entre lo acordado en el Pacto y la discusión parlamentaria.
Atrás de todo esto, sigue siendo un motivo de grave preocupación social el tema de la seguridad, pues no se han delineado las políticas públicas con precisión y las víctimas de la delincuencia siguen creciendo exponencialmente; al final del camino, no es posible definir una nación como democrática ni un Estado como exitoso, si no se combate y se termina la grave dispersión social que produce la delincuencia incontrolada, porque el primer objetivo del Estado es garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Junto con esto, el tema de la desigualdad social no nos permite asegurar que el país está avanzando, en tanto no se resuelvan, cuando menos en principio, estos temas que no dejan de ser los puntos más importantes para los mexicanos.
El Pacto ha funcionado, el Congreso ha trabajado bien, pero allá abajo en los pueblos, en los ejidos, en las colonias proletarias, en los cinturones de miseria de las ciudades, sigue prevaleciendo la desesperanza y el miedo.
