Vida y amistad

Roberto García Bonilla

El nombre de Carlos Fuentes es uno de los más emblemáticos de la literatura hispanoamericana; fue uno de los grandes protagonistas del boom latinoamericano, esa “gran fraternidad de escritores” que llegó a quebrantarse por diferencias personales en medio del clamor de la fama.

Cimentó su valía con novelas como La región más transparente (1959) y La muerte de Artemio Cruz (1962); había aparecido en la escena literaria con el libro de cuentos Los días enmascarados en 1954 y desde entonces mantuvo un entusiasmo y vitalidad escritural asombrosos.

Apasionado de la historia, las disertaciones de Fuentes sobre la realidad política y cultural nacional e internacional fueron solicitadas por la televisión, los encuentros de estadistas, los congresos de académicos y las columnas más representativas de las democracias occidentales. Fue un paradigma de la cultura mexicana y un ser político que fundió en su obra mitos y el cosmopolitismo.

Resistió indemne las críticas sobre su mexicanidad. Su última novela, Federico en su balcón, se publicó, semanas después de su muerte, acaecida el 15 de mayo de 2012, y entre sus proyectos quedaron La pantalla de plata y El baile del Centenario.

Fue un hombre de su tiempo en el más amplio sentido; además de estar enterado de la actualidad en las humanidades, las artes y la política; cultivó una virtud ya escasa: la amistad.

Amistad

En un libro sui géneris, En esto creo, reúne, en orden alfabético, una cuarentena de tópicos: motivos conductores de su quehacer como novelista, crítico literario, editorialista; además sitúa nombres, disciplinas y principios que lo enriquecieron en los incontables periplos y empresas en los que se involucró hasta los últimos días de su vida (a saber: amor, Balzac, cine, Dios, experiencia, familia, Faulkner, historia, libertad, muerte, revolución, tiempo, Wittgenstein…).

Fuentes hace suyas las palabras del poeta y grabador William Blake (1757-1827): hay poca amistad en el mundo y sobre todo entre iguales: “tu amistad me hiere demasiado. Por favor, sé mi enemigo”.

Afirma, con el canciller George Canning, “sálvame del amigo sincero”, porque, en efecto —subraya nuestro escritor— en la diplomacia y en la política confiar en la amistad es exponerse al error. Se lamenta de la inexorabilidad de las amistades perdidas. ¿Las razones? “Esperanzas excesivas, celos de los triunfos ajenos”.

Y proclama: “Es tiempo de regresar a la amistad sabiendo que exige un cultivo cotidiano a fin de rendir sus frutos maravillosos”.

Devoción y gratitud

Esta premisa se respira a lo largo del último título —póstumo— de Fuentes: Personas el cual concentra al memorialista, el ensayista, el conversador que recupera encuentros, devociones y fraternidades con personajes de la literatura, las humanidades y la política.

Devoción y gratitud a don Alfonso Reyes (1889-1959), mentor providencial desde los años en que el padre de Fuentes desempeñaba una misión diplomática y era colaborador de Reyes en Buenos Aires.

La semblanza sobre el director de Los olvidados, Luis Buñuel, es un agudo ensayo sobre las distintas etapas del cine del aragonés, quien no sólo fue acerbo crítico de la burguesía sino también de los desposeídos.

Da cuenta de sus vínculos con el surrealismo y su malogrado paso por Hollywood. Recuerda a sus maestros en México: José Campillo —cercano al filósofo Jorge Portilla—; Mario de la Cueva (mentor con Jorge González Durán de la revista Tierra Nueva) fue un modelo de integridad moral e intelectual.

El autor de Cambio de piel recorre parte de su formación clasicista y sus aspiraciones universalistas al abundar de profesores como el medievalista Manuel Pedroso, quien aconsejó al futuro escritor leer a Dostoyevsky para entender el derecho penal, y a Balzac, para familiarizarse con el derecho mercantil.

Y el cardiólogo Ignacio Chávez fue, en palabras de Fuentes, uno de los grandes creadores de una vigorosa  sociedad  mexicana.

Fuentes  narra  su amistad  con  Willian Clinton y François Mitterrand, grandes lectores gobernantes, y heredado del talento diplomático de su padre, Fuentes si no hubiese sido escritor muy probablemente habría sido político o actor.

Entre  los  retratos más hondos en Personas, además de las emotivas semblanzas de André Malraux y Lázaro Cárdenas y Pablo Neruda, cuya turbulencia describe, recuerda la hermandad compartida con el inveterado cronopio Julio Cortázar desde los años de la Revista Mexicana de Literatura (1955-1965) que Fuentes inició con Tomás Segovia y Emmanuel  Carballo.

Asienta su respeto ante John Kenneth Galbraith, economista canadiense, profundo estudioso de las migraciones y la fuerza de trabajo de Estados Unidos.

La amistad es parte ineludible del ser social de Carlos Fuentes y de su riqueza; es proteica como lo fue la literatura que cimentó relaciones intensas con William Styron y Arthur Miller, a quienes admiró, tanto como su obra, por la entereza que los signó ante la adversidad.

Entre las mujeres que enriquecieron su vida, además de Silvia Lemus, su hoy viuda, están María Zambrano y Susan Sontag, quien “planteaba toda amistad a partir del respeto y el desafío de la inteligencia del otro”.

Fuentes nos regala tres viñetas sobre Edith Stein (1891-1942), Anna Ajmátova (1889-1966) y Simone Weil (1909-1943).

Personas y En esto creo —cuya primera persona narradora respira un anhelo de trascendencia, fe en la posteridad— conjuntamente se leen como pasajes en fugacidad de las memorias que la compleja obra de Fuentes no nos legó o, al menos, no conocemos.

robertogarciabonilla@gmail.com

 

Carlos Fuentes, En esto creo, México, Alfaguara, 2012.

Carlos Fuentes, Personas, México, Alfaguara, 2012.