Carmen Galindo
Cuando García Márquez recibió el Premio Nobel, vestía el liqui-liqui que no es otra cosa que un pantalón de lino blanco, una camisa de anchas mangas sin cuello ni botones igualmente blanca y una chaqueta tipo militar de cuello alto con bolsillos a ambos lados y con los botones que se ahorraron en la camisa. Con tal traje, el escritor colombiano rendía homenaje a un hombre ya muerto, el coronel Nicolás Márquez, su abuelo, quien usaba este traje los días de fiesta y está retratado para siempre jamás en la que muchos consideran, incluido el Premio Nobel, su mejor novela: El coronel no tiene quien le escriba. Con esta vestimenta, el imaginativo colombiano rompía la tradición del ceremonial que exige el frac, pero, sobre todo, conjuraba la mala suerte, ya que su madre le había advertido que es invitar a la muerte “ir vestido de negro para recibir el último premio que los intelectuales ganan para luego morir”.
Por si las dudas, los suecos, contagiados, le obsequiaron una rosa amarilla que algunos creen símbolo de Colombia y otros, entre ellos los amigos del escritor, que es simplemente el color que “Gabo emplea para espantar las cosas que le dan miedo”. De cualquier manera, el singular traje debe haber pasado inadvertido, porque los suecos creen que es el traje de uso diario en el Caribe, nombre que dan al país del que suponen es originario García Márquez.
El ministro colombiano de Cultura, Jaime Arias Ramírez, presenció la ceremonia, pero este hecho fue poco relevante, porque todos los ojos estaban puestos en los músicos, bailarines y cantantes que acompañaban al escritor y entre los que es indispensable mencionar a Leonor González, la Negra Grande de Colombia; la cantante de cumbia Totó, la Momposina y los Vallenatos, dirigidos por Rafael Escobar, amigo personal de García Márquez y personaje de sus novelas. Sin embargo, fue el intermezzo interrotto del concierto para orquesta del húngaro Bela Bartok, el que, a petición del novelista, se escuchó durante la entrega del diploma, la medalla y un cheque que algunas agencias calculan en unos 160 mil dólares y otras en 157 mil. Todas coinciden, en cambio, en que la ceremonia se inició a las cuatro de la tarde hora local, aunque con cinco minutos de retraso por culpa de la familia real que entró al compás del himno sueco, pero la solemnidad no fue obstáculo para que la reina Silvia le dijera en un aparte al novelista que alguna vez había bailado la cumbia y le quedaban ganas de profundizar en los secretos de ese baile.
Durante la cena, los reyes de Suecia, García Márquez, su esposa Mercedes y mil 300 invitados consumieron un menú digno de la hipérbole del novelista: 100 kilos de carne de reno, 400 de salmón, 230 litros de crema, 100 kilos de arroz, 350 litros de café, 250 botellas de champaña y 160 de oporto, aunque se notó que la reina eligió el vino blanco y no probó la champaña. Estas cantidades fueron elaboradas por 12 cocineros en forma de filete de reno en rebanadas, salado y aderezado con salsa a la mostaza; trucha salmonada servida con crema y el tradicional helado Nobel que no es otra cosa que un sorbete de grosella negra.
Aunque para los más la culminación de la carrera de García Márquez ocurre cada vez que un lector tropieza con las páginas impresas de sus relatos, algunos creen que esta ceremonia es la meta de llegada de “ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir”, una tarea que, también según las palabras de García Márquez, se inició para probar que su generación era capaz de producir escritores y que después “de haber caído en la trampa” siguió porque ya para entonces “había descubierto que nada en el mundo le gustaba tanto”.
Mientras escritores al modo de Henry James, o de Flaubert prodigan los pormenores de la dificultad de escribir, el flamante Premio Nobel se divierte confesando, como ya lo ha hecho en otras ocasiones, que el arte de narrar se lo debe a su abuela: “Ella me contaba las cosas más atroces, como si acabara de verlas. Yo descubrí que esta manera imperturbable y esa riqueza de imágenes era lo que más contribuía a hacer verosímiles sus historias y fue aplicando ese método que yo escribí Cien años de soledad.
Acorde con la tesis de Carpentier de lo real-maravilloso y después de filiarse con los cronistas de Indias con los que afirma compartir la inocencia y “el creer que todo es posible, que todo es verdad”, García Márquez hace un acto de fe realista al confesar que carece de imaginación (sic) y que se limita a tomar elementos de la realidad para transportarlos en clave poética: “no hay una sola línea, un solo episodio que no tenga su origen en la realidad. Digamos que el método de construcción de mis libros consiste en observar la realidad y después trasponerla poética, líricamente”, aunque, admite, “con exageraciones, con una serie de trucos”.
Como efecto del Premio Nobel, el ministerio de Comunicaciones de Colombia puso en circulación 500 mil estampillas postales con el retrato de García Márquez que en el sueño del autor deben servir exclusivamente para cartas de amor, pero, sin duda, es señal de mayor repercusión no sólo la modernización de Aracataca –Macondo- mediante un programa gubernamental, sino el que diversos productos emplean a Macondo en sus fórmulas publicitarias como, por ejemplo, en “tome ron blanco, el mejor licor de la tierra de Macondo” o que, allá en donde viven los Buendía haya habido un concurso de sancocho (comida típica) y una competencia de apodos, impulsados por la alegría popular.
Y como la realidad supera a la ficción, esta frase escéptica, como sacada de la zaga macondiana, dicha por Gabriel Eligio García, padre del Nobel: “la única historia que no podrá escribir Gabito es la historia de la familia”.
Si Martí llegó a la sencilla definición de que “con la suerte de los pobres, quiero yo mi suerte echar” y a Víctor Hugo le bastaba con estar al lado de los “miserables”, García Márquez, experto político y diplomático de la izquierda, ha llegado a esta afortunada propuesta: “el objetivo de toda política en hacer felices a los pueblos y, en el caso de Colombia (y anexas añadimos nosotros) en hacer felices a los pobres”. Al margen de la política, un hecho fue notorio, el narrador homenajeó con el Nobel a otra persona: a Mercedes, su esposa.

