Juan Antonio Rosado

Es verdad que la pintura se capta de forma sincrónica: de un vistazo atrapamos el lienzo con sus trazos y colores, y aunque por momentos podamos fijarnos en algún detalle, no hay línea temporal que nos guíe, que nos imponga un camino. En cambio, la poesía y la música deben percibirse dentro del orden diacrónico: a lo largo del tiempo-guía se van desplegando y desarrollando los motivos, ritmos, melodías, imágenes, emociones o secuencias narrativas. La pintura es espacial; la música y la literatura, temporales.
No obstante, es posible una conjunción, una comunión de pintura y poesía cuando esta última se nutre de la imagen y de los colores. “Azul, verde-mar,/ arabescos de espuma,/ transparentes olas”, y asimismo: “Olor a selva,/ azul-verde mar,/ se mecen las olas/ y tiemblan/ espejos de plata”. He ahí una parte fundamental de la poética de Lola Benton en su libro Poemas de espuma: una poética del color llena de sugestiones visuales y, por tratarse de poesía, también auditivas. A la vez, los textos hurgan en la reflexión y en la memoria. La piedra y el agua, la gruta y la montaña, el sol y las nubes son algunos símbolos-imágenes bañadas de brillos, destellos o sombras. Prácticamente, todos los colores aparecen plasmados: rojo, verde, carmesí, blanco…
Las misteriosas metamorfosis de este poemario desembocan en la frescura del cristal, del valle, del espejo, del mar, y también del azar, de los caminos inciertos, llenos de sorpresas y acaso de hermosura. A menudo, los objetos y la naturaleza se tiñen de dimensiones insospechadas.
Poemas de espuma es al mismo tiempo un poemario y un libro de arte en que podemos admirar algunas pinturas de Christine Aebi-Ochsner que dialogan incesantemente con la escritura.

Lola Benton, Poemas de espuma. Editorial Praxis, México, 2012; 77 pp.