Alejandro Alvarado

El monasterio abre las puertas del sótano donde el cartujo guarda los archivos de los trabajos periodísticos de la columna de José Luis Martínez S. El santo oficio, los cuales se publican en formato de libro (Conaculta) con el mismo nombre de su columna. Siempre irreverente e irónico, sentado cómodamente en su escritorio, en el oscuro túnel del pecado, el monje es testigo de diferentes asuntos periodísticos, literarios y de cultura popular que se desarrollan en el planeta. Los observa y los ha trasmitido en diferentes medios (Ovaciones, Diva, Milenio) desde 1986. El autor de la columna creó un personaje, el cartujo, “atendiendo un poco la tradición del periodismo mexicano, sobre todo, decimonónico, pero también porque he sentido un rechazo permanente al yoismo que predomina en nuestros días. La primera persona me parece siempre protagónica, cuando el reportero, el columnista, no son más que transmisores de sucesos”.

—¿Por qué llevar una columna periodística a un libro?
—Los textos periodísticos responden a intereses momentáneos, coyunturales: la aparición de un libro, un deceso, un aniversario; pero, en este caso, la mayor parte de las columnas, casi todas, han sido reescritas de tal manera que no resulten fechadas y puedan, remitiendo a un suceso específico, leerse de una manera mucho más detenida y con la esperanza de que tengan una mayor permanencia, de que logren ser un poco más perennes.
—¿Cuál ha sido para usted la fórmula para despertar el interés por su columna?
—Hay varias cosas. Lo primero es respetar la inteligencia del lector, saber que tu posible lector es una persona inteligente con la cual pretendes establecer un diálogo. En mi caso, no pretendo conseguir una cantidad enorme de lectores sino, que con los pocos o muchos que consiga tener, establecer una conversación, instaurar nuevamente el arte perdido de la conversación. En una conversación, o tocas los intereses de tu interlocutor, o eres ameno, o le mueves algún sentimiento, alguna emoción, o la plática se abandona, el diálogo se interrumpe. Lo que busco siempre es la complicidad con los lectores.
—¿Qué es lo que le interesa de los personajes o temas que incluye en su columna?
—Me interesa, sobre todo, la obra, por supuesto; pero también la vida de los personajes. Algunos de éstos, aunque su obra no sea muy reconocida o no la considere la crítica muy relevante, han llevado vidas muy interesantes y han sido testigos de acontecimientos sumamente trascendentes, han tenido amigos que, de alguna manera, son protagonistas de nuestro tiempo; por eso cultivo un género que a menudo es desdeñado, el de la anécdota. Me interesa encontrar a personas que tengan algo importante que decir, algo qué contar en cuanto a sus experiencias en la vida, en el trabajo y en los diferentes ámbitos en los que se mueven.
—¿Quiénes de ellos lo han impactado?
—Resultó, para mí, muy estremecedora la entrevista con Carlos Fuentes, en marzo de 2012, porque, al final de ella, le pregunto si piensa en la muerte. Su respuesta fue un sí, pero como esa fatalidad, me dijo, que lo acompaña; sobre todo, debido a la muerte de sus hijos; pero que en la propia no piensa tanto. Después lo pregunto el por qué su interés por los jóvenes, dado que siendo un autor consagrado, su vocación por leer a los jóvenes. Comenta que eso lo revitaliza, lo ayuda a sentirse vivo y le permite la posibilidad de rejuvenecer. Por último, observo que él siempre escribe un libro como si fuera la primera vez. Me agradeció el comentario y contestó: “Sí, siempre pienso que el libro que estoy escribiendo es el primero y le deseo que le vaya bien; por eso, voy a vivir muchos años, a pesar de la voluntad de la fortuna”. Dos meses después Carlos Fuentes muere. Para mí, su deceso fue un estremecimiento. Con Salvador Elizondo abordé, también un poco antes de su fallecimiento, el tema de la muerte, y cuando le pregunto que qué espera, que qué más hay; me dice “Nada, no espero ni quiero nada. El cielo o el infierno me dan igual. Lo único que deseo es paz y dejar tranquila a la gente que me rodea”. Hay cosas mucho menos trágicas, mucho más divertidas que me interesan de algunos personajes, por ejemplo, la conversación siempre chispeante, siempre ocurrente, de Renato Leduc; la ironía de Carlos Monsiváis, cuya mirada es capaz de mirarlo todo, de abarcarlo todo periscópicamente. Esas son las cosas de los personajes que a mí van moviéndome, interesándome en su vida, y en estudiar un poco más su biografía, sin descuidar su obra.
—En su columna a menudo nombra la cantina Salón Palacio…
—La cantina Salón Palacio tiene una larga tradición en la literatura y el periodismo mexicano como centro de reunión. La cercanía del periódico El nacional, a unos cuantos metros, hizo del Salón Palacio el centro de reunión de muchos intelectuales. Desde los años cuarenta, ahí se reunía la gente del suplemento que dirigía Juan Rejano. Eran asiduos Juan Rulfo y Ricardo Salazar; las personas que integraron después el equipo de José de la Colina con el Semanario; la visitaban Manuel Blanco, Humberto Musacchio y Xorge del Campo. Llegar ahí era como llegar al puerto inevitable, al lugar donde sabes que puedes encontrar amigos. Se organizaban tertulias a las que asistía Nacho Trejo, en donde se podía conversar, siempre con la libertad que da este tipo de reuniones. Una tertulia no es una cita que obedece a horarios estrictos, sino que tiene, por lo general, un día y una hora de comienzo; pero la gente puede llegar antes o después; estarse unos minutos y marcharse, o permanecer todo el tiempo ahí y continuar la fiesta, después, en otro lugar. Eran tertulias muy animadas, que después se mudaron a la siguiente esquina, a la cantina El mirador, pero que, de alguna manera, sigue, no solamente en el recuerdo, sino también en la presencia de cada viernes de una a dos de la tarde, estrictamente. El Salón Palacio es una cantina muy ligada a la vida cultural y periodística de México. Yo trabajé en El nacional, y muchos años asistí a esa tertulia, conocí ahí a mucha gente de la que soy amigo. La referencia, entonces, es inevitable.