Ricardo Muñoz Munguía

La memoria, ese mar inabarcable. La memoria que, entre una de las mejores posibilidades que tiene para aprehenderse, está la palabra escrita. Trozos de memoria vertidos al género del ensayo; en sí, literatura que se ilumina con los tintes de la poesía, escritura entre el vapor filosófico.
Mariana Bernárdez (1964), autora de Bailando en el pretil, Más allá de la neblina, Simetría del silencio, Sendas del olivo, entre varios volúmenes más, acude a su pasión por escribir para detener la mirada, es decir, retrata diversos destellos de la mente: “Es en la conciencia de este nacerse cuando se extiende la coyuntura de que la mirada sea más que hallazgo o pasmo, más que distanciamiento o deslinde, sino flexión que atrapa lo de alrededor ahondando en la percepción sobre los contornos de un universo que deslía su pálpito en las líneas de la mano”.
En Después de los mares, libro de ensayos de Mariana Bernárdez, se descubren los diferentes rostros del tiempo ubicado en el recuerdo, en el pensamiento, en la meditación para, con ello, revelar las profundidades del instante antes de caer en los abismos del olvido. De aliento poético, los ensayos nacen, renacen, para quedar en una edad imperecedera.
Para Mariana Bernárdez el ensayo poético ejerce una forma de abrir las venas de la memoria. Decíamos que es mar inabarcable esa memoria, pues la escritora cultiva a través de la palabra de cada día el descubrimiento de la imagen que se traduce o se transforma en la presencia de las visiones, visiones que atrapa en la primera sección del libro y que cobra el mismo título del volumen que hoy nos ocupa, es así que en esta parte los ensayos van del lado oscuro de la palabra a la navegación de la escritura; del sueño y sus misterios, del sueño que habita el anhelo y lo refleja antes de que sea opacado por el sólo dormir; pasando por los temores y sus efectos para la indefensión; o también tratar con las trampas del discurso, hasta llegar a lo que se cree hallado y en su ley habrá de perderse pues se trata de la vida que en su lapso habrá de transformarse en muerte. La segunda sección titulada “Piedras” despliega sus ecos en estos proyectiles rodantes que en su camino parecen negar el mundo, furia que no acepta contemplación ni resguardo de fe. En “Regreso a Tebas”, cuarta sección, la palabra abre su espacio para detener la luz que entró por un instante e iluminó la conciencia; para, después, darle paso a la llaga, enfermedad alimentada por “La Peste”; la ciudad se convierte en otra presencia, llena de significados; “Edipo coronado” es la especie de pensamiento que se deja seducir por los relámpagos del cercano futuro y, por otro lado, “Tebas, la de las siete puertas” se ennegrece ante la posesión violenta; “Notas suprimidas”, última sección, enlazan la muerte en las líneas del tiempo carcomido por la noche y el día, luz e infierno, claroscuros de la conciencia que redundan en el hondo mar de la memoria.
A un mes del fallecimiento del papá de Mariana Bernárdez me adentro en la viveza deslumbrante de este bello libro, el que cierra con el ensayo “Coda”, del que cito un fragmento: “Nada dijo Teseo de cómo Zeus arrancó el cuerpo de mi Padre, pero él portaba un brillo extraño al salir del Bosque de las Euménides”. Sea pues, dedicado este breve comentario a la memoria del padre de Mariana.

Mariana Bernárdez, Después de los mares. Instituto Mexiquense de Cultura, México, 2012; 90 pp.