México puede volver a ser líder
Alfredo Ríos Camarena
El destino de nuestra América, ésa que tiene por fronteras al norte el río Bravo y al sur el infinito, ha estado a lo largo de su historia, dominado por fuerzas externas; primero, la Conquista, después la larga etapa de la Colonia de la que nos independizamos casi todos los países latinoamericanos por razones básicamente atribuidas a los conflictos europeos, por la invasión napoleónica que venció a Fernando VII y obligó al rey Juan de Braganza, de Portugal, a refugiarse en su colonia brasileña para que luego su hijo Pedro I, formara otro imperio más en nuestra América al igual que lo intentaron Iturbide y Santa Ana en México; en los entretelones de esta etapa, desempeña un papel fundamental la Constitución de Cádiz, que otorgó nuevas libertades y derechos que afectaron a la nobleza, a la Iglesia católica y a los grandes intereses de ese tiempo.
Dependimos de las potencias europeas y, más tarde, con la imposición de la llamada doctrina Monroe, la imposición ha venido una y otra vez desde el corazón del imperio más grande del mundo que es Estados Unidos.
En este largo proceso, la dominación tuvo una etapa en la que los grupos militares locales desempeñaron un papel determinante; las dictaduras militares llenaron de charreteras y bayonetas nuestro continente y lo pusieron a los pies del departamento de Estado yanqui. Así surgieron Batista, Trujillo, Pérez Jiménez, Stroessner, Odría, Somoza y tantos y tantos más. Este fenómeno de dominación política tuvo un cambio cuando se impuso la “democracia neoliberal” que adoptó otras formas para imponer el nuevo modelo; reducción de las facultades del Estado nacional; adelgazamiento de la burocracia; mercado libre y abierto; desmantelamiento de los Estados nacionales; y control económico a través de organismos como el Fondo Monetario Internacional.
Pinochet fue el eslabón perdido, el último dictador militar que, al imponerse a sangre y fuego, también construyó el nuevo modelo económico con el apoyo tecnocrático de los llamados Chicago Boys, que fueron los economistas encabezados por Milton Friedman, quienes construyeron un nuevo rostro para esa América dolorida.
Frente a éstos han surgido nuevos Estados nacionales que han intentado formar Estados de corte social-demócrata, en parte inspirados por el modelo mexicano que durante casi todos el siglo XX mantuvo erguida la bandera de la dignidad y de la soberanía, hasta que cayó en el modelo de la entrega económica a los grandes empresarios.
Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Paraguay, Nicaragua, Brasil y desde luego Cuba con su antiguo socialismo y Venezuela con su liderazgo carismático de Hugo Chávez han intentado detener el avance del modelo neoliberal, pero no han logrado sus metas plenas de justicia social. El eje que ha mantenido en el Caribe, en Centro y Sudamérica este proyecto lo lideró Hugo Chávez con la influencia del petróleo venezolano. Las condiciones internas de Venezuela, a pesar de esta fuerza enorme del chavismo, no han producido una mejoría real, pues si bien se ha apoyado a los más pobres, las finanzas públicas y el crecimiento económico no han avanzado.
Por eso la elección de Venezuela en este momento fue fundamental. Nicolás Maduro hereda lo bueno y lo malo de Chávez, pero enfrenta una oposición como no la esperaba nadie que ha crecido exponencialmente con Henrique Capriles y que dio un sorprendente resultado en el que el partido chavista alcanzó el 50.75 por ciento de los votos, mientras que la oposición obtuvo 48.98. Son verdaderamente impresionantes estas cifras, pues en una campaña tan corta todos los observadores esperaban cuando menos 10 puntos de diferencia a favor de Maduro. No fue así y esto le va a dar al nuevo gobierno dificultades serias para garantizar la estabilidad interna y casi nulas para mantener un liderazgo internacional como el que tuvo Venezuela.
México puede volver a convertirse en un modelo que le dé un liderazgo moderno a América Latina, con una conducción económica nacionalista y con el apego a los principios constitucionales que sustentan a nuestra política internacional; por eso, la Cancillería mexicana hizo bien en reconocer rápidamente el triunfo de Nicolás Maduro.
Como bien señalaba hace muchos años Germán Arciniegas, América, la nuestra, se debate entre la libertad y el miedo.
