Biógrafo, crítico literario y pensador
Roberto García Bonilla
Desde la infancia se sumergió en las entrañas de las lenguas, la renovación de las formas en la escritura. A temprana edad alcanzó la erudición y la sabiduría se aposentó en su frágil cuerpo; el acoso de las enfermedades lo arrastró a una muerte prematura. A los treinta y siete años cesó la vida de un genio: Marcel Schwob.
Nació en Chaville (Seine-et-Oise) el 23 de agosto de 1867, sus antepasados eran rabinos y galenos ilustrados. Su padre, de origen suizo, fue compañero de Gustave Flaubert y amigo de Théophile Gautier. Creció en Nantes y a su alrededor se hablaba inglés y alemán. Un consejero tutelar en su vida será León Cahun —su tío—, humanista, escritor y bibliotecario quien introdujo a Schwob en las tradiciones grecolatinas y el milenarismo oriental; con él vivió en el Palacio de Mazarino. Paul Claudel se encontraba entre sus compañeros del liceo. Fue admirador de Julio Verne y Victor Hugo; con Robert Louis Stevenson mantiene correspondencia. Su educación es rigurosa y esmerada. Tras concluir su licenciatura en letras, estudia alemán, paleografía griega y, con Ferdinand de Saussure, sánscrito.
Desarrolla sus propias ideas sobre la creación literaria; imparte clases y experimenta nuevos modos de escritura. Su pasión por los autores ingleses lo convirtió en prestigiado traductor de Crawford, Stevenson, Wilde, Defoe, Henley, De Quincey; Cristian Crusat destaca su traducción de Hamlet. Entretanto los amigos se suman: Anatole France, Jules Renard, Edmon de Goncourt, Valery.
Llamado por Apollinaire “el padre de una poesía distinta”, Schwob se concentró hacia 1891 en un estudio sobre el argot francés y estudió la lengua popular, las clases criminales y, sobre todo, al poeta Francois Villon (1431-1464), autor de El gran Testamento (1461) —una recopilación de su obra poética—; su vida, incierta, se agita en los crímenes de los bajos fondos. Con una piedra acabó con la vida a un clérigo. Cerca de la muerte anunciada escribió La balada de los ahorcados. En varias ocasiones es condenado e indultado. En un destierro, sin dejar huella, desapareció con su errabundez. Se le consideró el poeta lírico medieval francés más sobresaliente.
El primer libro de cuentos de Schwob fue Corazón doble (1891); seguirán textos influyentes como El libro de Monelle (1894), La cruzada de los niños y Vidas imaginarias (1896). Crusat recuerda la marca, también, a la literatura hispanoamericana desde Alfonso Reyes (Retratos reales e imaginarios) hasta Jorge Luis Borges (Historia Universal de la infamia). Más recientemente Roberto Bolaño instaba a la lectura de Schwob; El Libro de Monelle (1894) surge de una niña, Louise, de quien se enamoró; él la protegió hasta el final. Tuberculosa muere en la pobreza.
En la desolación escribe: “Destruye pues toda creación proviene de la destrucción”. Su pasión definitiva fue Marguerite Moreno, célebre actriz de la comedia francesa con quien se casa en Londres (1900). Emprende un viaje a Samoa en el archipiélago de la Polinesia donde murió su querido Stevenson. Luego de una larga travesía, regresa muy debilitado con neumonía. Su exploración dio frutos en Viaje a Samoa. Lo entusiasmó el teatro; es habitué de los escenarios y escribe en la prensa sus Lettres parisiennes y Lettres à Valmont con seudónimos.
En 1904 se embarca hacia Havre, Oporto, Lisboa, Barcelona, Marsella y llega hasta San Agnello de Sorrente. Enfermo, trabaja con vehemencia en la introducción de la edición de un facsímil de Villon. La conversación es para él un medio ideal para expresarse en las horas crepusculares. Ofrece un ciclo de conferencias. Su hálito final se prolonga unos días antes de expirar el 26 de febrero de 1905 en París.
Los temas de su ficción se relacionan con la población depauperada, el arte, la desnudez de la vida, la historia y la biografía; las honduras de la interioridad.
El deseo de lo único es una nueva compilación —realizada por Cristian Crusat y traducida por Rocío Rosa—; reúne los ensayos publicados por Schwob en Espicilegio (Spicilège, 1896) y se agregan textos casi desconocidos en español como La trágica historia de Hamlet de William Shakespeare y el prólogo a Los últimos días de Emmanuel Kant de Thomas de Quincey, que habría de influenciar al autor de Vidas imaginarias; título que manifiesta un rompimiento con las convenciones y con soberbia ironía Schwob cuestiona lo que hoy llamaríamos culto a la personalidad:
“Los biógrafos, por desgracia, han creído generalmente que eran historiadores y así nos han privado de retratos admirables. Supusieron que sólo la vida de los grandes hombres podía interesarnos […] El arte de un biógrafo radicaría en atribuirle tanto valor a la vida de un pobre actor como a la vida de Shakespeare”.
En esta compilación encontramos los dones de Schwob como biógrafo, crítico literario y pensador. Sus retratos de Villon, de Stevenson y de Meredith son cuadros de época; el primero es un mural de costumbres con un estilo ágil y perturbador; puntillista en los datos y provocador en la ironía. Su erudición ilumina sin ornamentar; en su relato los detalles son interrogantes en la que confluyen con naturalidad historia social y literaria. En Schwob, como Montaigne, la escritura es un diálogo con el lector. Todo nos concierne a todos.
El deseo de lo único abre con una conversación: La perversidad me seduce, entre y W. G. C. Byvanck, filólogo y escritor holandés y Schwob quien despliega su erudición y reivindica la importancia de observar a los mendigos y, en particular, las clases criminales y el comportamiento de la Iglesia. Vehemente reflexiona sobre la literatura; sus digresiones lo llevan a la especie humana y, oblicuamente, al sentido de la vida: “La historia del hombre se caracterizará por la sucesión de, más o menos espaciada, crisis padecidas y cuya intensidad diferirá según su temperamento”.
El arte de la biografía, prefacio de Vidas imaginarias —e incluido en El deseo de lo único— es un clásico cuya relectura nos ratifica la vigencia actual: “El arte del biógrafo consiste precisamente en la elección. No tiene que preocuparse por ser verdadero; debe crear dentro de un caos de rasgos humanos […] El biógrafo, como una divinidad inferior, sabe escoger entre los posibles humanos aquél que es único”.
robertogarciabonilla@gmail.com
Marcel Schwob, El deseo de lo único.
Teoría de la ficción, Madrid, Páginas de espuma (Voces/Ensayo), 2012.
