Juan Antonio Rosado

Platón escribía maravillosamente, y esta es la causa por la cual se sigue creyendo aún en su perniciosa filosofía.
Philip Quarles

A veces hipnotizan, sobre todo cuando se han traducido en imágenes. Suelen persuadir si su retórica es mesurada e intenta no revelarse, sino yacer al ras del efecto, al filo de la intención, aun si sus motivaciones permanecen ocultas. Todo es escritura porque todo es interpretación. El mundo es un texto: en eso lo ha convertido el ser humano. Hasta la naturaleza ha dejado de ser natural. El mayor criminal es el filósofo —Nietzsche dixit—, pero no por su palabra, cautiva de la escritura, sino más bien por la realidad, que se ha puesto a su servicio. Quienes inventan religiones lo saben muy bien.
Así es: cuando la realidad imita al arte o a la filosofía o a cualquier teoría, el mundo se humaniza, con toda la carga negativa (y positiva) que esta acción
—humanizarse— implica. Al fin y al cabo los lavados de cerebro continúan, y la educación es esclava de las teorías, de los sistemas, de los proyectos, de las propuestas… ¿No es ella misma una “propuesta”? Hay quienes justamente persuaden, no por el contenido ni la intención de sus ideas, sino por el sabor de sus palabras, por los efectos que éstas producen, por las imágenes que evocan.
Por ello, quien domina la palabra, cuando ella conduce a la acción y no permanece inerte o estancada en el seno del texto, es imperdonable, como lo son quienes la traducen en realidad para generar sociedades, sistemas políticos, religiones… Este es uno de los motivos por los que Marx, al final de sus días, escribió: “Yo no soy marxista”. Es necesario deslindarse de los traductores. El eterno círculo de la vida fue roto hace tal vez millones de años. Lo demás ha sido la consecuencia del dominio de la todopoderosa palabra sobre lo que ella misma ha interpretado como “realidad”. Las grandes abstracciones, los idealismos pomposos, el platonismo para las masas, llamado también “cristianismo” —Nietzsche dixit—, ha hecho de la realidad un monstruo que se devora a sí mismo. Volver a la acción o, como afirma un personaje de Edmundo Desnoes, “ir más allá de las palabras”, constituiría un baño refrescante. Toda necesidad surge de nuestra condición material. Sólo existe el más acá. Lo demás es idealismo, pernicioso platonismo para las masas.