Patricia Gutiérrez-Otero
Cuentos desolados que giran alrededor de sí mismos, de la memoria y de diversos líquidos: vino, pulque, té, leche, café y whisky. Podrían ser otros, fueron, son éstos los que plasmó el escritor poblano, Eduardo Sabugal, en Liquidaciones (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012).
Primer cuento, vino, liquidación de una amistad, Francia, memoria, tiempo, vino, viñas. Traición, infidelidad. Amistad, amor, guerra. Prosa en la que el autor evita distinguir a los personajes y sus voces, y sus tiempos, según cánones establecidos como el uso del paréntesis largo. El entretejido de los personajes involucra al lector para descubrir quién habla y de qué. Uno descubre que todos son todo en un mundo en el que suceden cosas, un mundo habitado por el sentido del tiempo y la memoria.
Segundo cuento, pulque, naufragio, virgen, sexo y esperma y cuerpo desnudo de una joven morena. Relato de un Veracruz pulquero, relato de borracho, como los de Malcolm Lowry: entre realidad y delirio. Pulque, delirio, sexo y muerte. El lector interviene para determinar quién narra qué y lanza su apuesta. El autor da un paso más allá en el sortilegio de confundir a sus personajes y uno siente algo así como el crepitar de Rulfo en El llano en llamas. Aquí el tiempo se expone como el de aquel en que ya nada puede ser porque la muerte lo suspende.
Té. Una mujer harta del ritmo insaciable de la ciudad, de la eficacia indispensable para vivir en el planeta construido. Irse, viajar, abrirse a otro modo de ver. El té bebida caliente que la acompaña. “La aniquilación en efecto era posible; ya no había mundo sublunar, ya no había esa referencia del yo planetario tirando enloquecido en torno al ego, al deseo”.
Leche. Una mujer, un hombre, sexo, un leve mordisco en el pezón desencadena la huída hacia no se sabe dónde. El choque, el encuentro con la leche, el sumergirse en ella. El recuerdo de la madre. El liquidarse en la lactancia, en el succionar de la boca.
Café. “Primero liquídense, luego vemos”, decía el periódico a los trabajadores. Manuel sostenido por tazas de café se une a la marcha en la que “siendo con los otros, derramándose (…), liquidándose y licuándose con otros. (…) Él era recibido en esa integración líquida, río humano que fluía por Reforma (…) Él era también ese fluir, ese líquido humano una pasión diluida en el nosotros”.
Whisky. Retoma el estilo narrativo del primer cuento, pero con párrafos largos y oraciones largas. Al autor no le importa la moda de usar frases cortas. Las voces de los personajes no se distinguen de manera tajante. Una se sigue a la otra. El regreso del hijo pródigo al hogar tras años de ausencia. El encuentro carnal con Idalia, una joven músico que intentó suicidarse. Figura de Eróstrato. “¿Eróstrato de qué?, de sí mismo”. “Se siente fatigado, y esa fatiga es el saberse arrojado para siempre a ese caminar, a ese dolor estrecho de la memoria”. Largos párrafos, largas oraciones. Un tiempo que es pasado, presente, futuro. Un mundo de idas y regresos que no concluyen.
Los cuentos de Eduardo Sabugal sorprenden por su hondura en lo líquido, en el término, en la memoria, en el tiempo que pasa y no pasa, en su larga prosa. Por la hondura prometen una novela que quizá llega, llegó, llegará.
Además, exijo que se cumplan los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, que se limiten las mineras a cielo abierto, que se esclarezcan las muertas de Juárez, que se respeten los acuerdos sobre las Víctimas, ¡que seamos ciudadanos y que nuestra palabra pese!

