Eve Gil

Llega a mis manos Alas de maguey, de la periodista Marta Gómez Rodulfo, justo cuando acababa de escuchar una noticia que cimbró al mundo y provocó comentarios diversos e indignados de líderes de opinión: el atentado de los talibanes contra una jovencita de nombre Malala Yousafzai cuyo único pecado fue defender públicamente el derecho de las niñas a estudiar. Imposible no asociar a la joven indígena Eufrosina Cruz Mendoza, protagonista de este libro, con la niña afgana.
Por supuesto, espero que Eufrosina nunca sufra un atentado de esta naturaleza, sin embargo, como ella misma dice en el libro, hay muchas formas de lastimar, ofender y hasta matar. Y Eufrosina, que fue y sigue siendo una activista incansable del derecho a estudiar de las niñas y los jóvenes indígenas en general, ha sufrido toda clase de ofensas por el simple hecho de pertenecer a la minoría más vulnerable de nuestro país. Una de ellas, el flagrante fraude electoral del que fue objeto cuando contendió por la presidencia municipal de su pueblo, Santa María Quiegolani, Oaxaca, y sus votos fueron descaradamente quemados bajo el estúpido argumento de que era mujer —sí, en pleno 2007—; pasando por encima de la Constitución, y ciñéndose a los Usos y Costumbres —o abusos y costumbres, como lo arregló Eufrosina— que los conservadores insisten en tolerar pese a que pisotean los elementos derechos humanos de las mujeres que, como en el Talibán, prácticamente no existen salvo como incubadoras.
En el libro, Eufrosina aparece siempre rodeada de admiradores y hasta pareciera que lleva una vida social intensa, pero yo la percibo muy sola, ¿por qué?, porque es un caso casi único y su discurso deja entrever que, no importa cuántos periodistas extranjeros peregrinen hasta su pueblo para conocerla, ni cuántas primeras damas del mundo anhelen estrechar su mano… tampoco cuántos hombres hayan abierto los ojos ante el potencial femenino y la siguen como a una líder: siempre será vista con desconfianza y menosprecio por el hecho de ser indígena… y porque no le da su real gana tratar de disimularlo:
…Yo lo he vivido en carne propia: llegar a una oficina, no ir vestida con traje y zapatos de tacón como los demás y al decir “quiero una cita con el secretario” la persona me mira con desprecio: “¿y tú quién eres?”. Le cuentas que llegas de una comunidad de Oaxaca y en ese momento empiezan las excusas, que si es difícil ver al secretario, que tiene muchas ocupaciones, que regrese más tarde. El “regrese más tarde” quiere decir que no vuelvas más, porque el Secretario siempre va a estar ocupado para alguien como tú… (p. 141).

Lo más irónico es pensar que Eufrosina tiene mucho más nivel académico y moral que el Secretario al que intenta ver, no digamos que la señorita que mira con desprecio la ausencia de tacones. Es algo que no me cabe en la cabeza.
Pero volviendo a Eufrosina, esta es, a grandes rasgos, su historia, donde no hay más hada madrina que la lucha: su padre la dejó salir de su pueblo a los doce años, lo cual es insólito tratándose de un hombre no muy distinto a los demás: la hermana mayor de Eufrosina fue vendida justo a la edad que tenía ella al momento de salir de su comunidad. ¿Por qué, entonces, este mismo padre accedió a abrirle la puerta a su hija menor para que extendiera las alas? ¿Qué vio en ella que le abrió los ojos a tal punto? Por­que Eufrosina salió de su casa con la venia pa­terna, quien de hecho aguardó pacientemente su retorno. Pero la niña no concebía peor destino que per­der su libertad. En su co­munidad apren­dió a aso­ciar matrimonio con en­cierro, no es para menos. Aún ahora que es una jovencísima diputada de treinta y pocos años, y libre de casarse con quien ella elija, la palabra “matrimonio” la asusta como ninguna otra… no así la posibilidad de ser madre. De un hijo sí tiene muchas ganas. Eufrosina tiene más miedo a perder la libertad que a las balas, que son una posibilidad tangible por parte de su mayor enemigo, Eloy Mendoza, el priista que le ganó la alcaldía a la mala.
El caso es que la niña Eufrosina tardó en regresar mucho más de lo que supuso su padre, y lo hizo con un título de contadora. Por supuesto, no fue nada fácil llegar hasta ese punto, toda una hazaña para una joven de sus características, y un ejemplo para quienes se doblan ante el primer revés del destino:

Yo aprendí a soñar despierta, porque si sueñas con los ojos cerrados a lo mejor son imágenes de mentira. Si lo haces despierta sabes que te vas a caer muchas veces pero el chiste es levantarse siempre, porque cuando te levantas te vuelves más y más fuerte, hasta que llega un momento que nadie te va a doblegar. Eso es lo que nos ha pasado y hablo en plural, porque nosotros los indígenas nos hemos caído muchas veces y hemos llorado demasiado (p. 131).

Creo que es justo apuntar las virtudes del libro, además de su extraordinaria heroína. Marta Gómez Rodulfo, su autora, como la mayoría de los periodistas que se han encargado de traducir el caso de Eufrosina a muchas lenguas y culturas, es extranjera… española, para mayores señas, aunque radica entre nosotros desde hace algunos años. Tiene una edad muy próxima a la de Eufrosina —es decir, son mujeres muy jóvenes pero experimentadas en sus respectivas trayectorias— y su libro es, hasta donde sé, el primero dedicado a la vida y obra de Eufrosina Cruz Mendoza, y no deja cabo suelto. No se midió tampoco en la elección de prologuistas: Elena Poniatowska y Sanjuana Martínez, otras dos mujeres con las faldas (y los pantalones) bien colocados. A lo anterior hay que agregar el impecable —se me ocurren otros calificativos, pero no quiero parecer infantilmente entusiasta—, el impecable, decía, trabajo fotográfico de Antonio Turok que le da a este espléndido libro el toque que le faltaba para ser considerado, además de una historia de vida, de un reportaje, un auténtico libro de arte.
En un país que tiene nostalgia de un Benito Juárez en la presidencia, y que tiene curiosidad de “cómo lo haría una mujer” —aunque la última candidata fuerte convenció a muchos de que por el simple hecho de ser mujer merecía sus votos, y tampoco es así— lo más cercano a este ideal es justamente Eufrosina. No sólo por ser oaxaqueña e indígena, sino porque intuyo en ella la misma firmeza para alcanzar sus sueños que aquél. No me sorprendería en lo absoluto que llegara a ser candidata presidencial. Yo votaría por ella.

Marta Gómez Rodulfo, Alas de maguey. Presentación de Elena Poniatowska. Prólogo de Sanjuana Martínez. Editora y Distribuidora Casa de las Palabras, México, 2012.