Susana Hernández Espíndola
De nueva cuenta, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), vuelve a ser víctima de secuestro. La Rectoría, una torre de catorce niveles de altura, terminada en 1954 y proyectada por los destacados arquitectos Mario Pani, Enrique del Moral y Salvador Ortega Flores —con murales en exteriores de David Alfaro Siqueiros—, se ha convertido hoy en el blanco y asiento de pseudoestudiantes que, al parecer, desconocen por completo el valor histórico y cultural de una de las construcciones más emblemáticas del país. Pero, lo peor, lesionan gravemente a uno de los símbolos de la enseñanza nacional: la alma máter de miles de mexicanos.
En esta ocasión, un grupo de jóvenes encapuchados —que se dicen ser estudiantes del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH)— tomó la Torre de Rectoría, el pasado 19 de abril, con el pretexto de demandar la reinstalación de cinco alumnos expulsados del CCH-Naucalpan, que hace dos meses prendieron fuego a aquel plantel educativo.
Con palos, martillos y mazos en mano, los encapuchados —similares a los que provocaron los disturbios del 1 de diciembre, cuando Enrique Peña Nieto rindió protesta como Presidente de la República— irrumpieron en forma violenta en el vestíbulo del edificio sede del gobierno de la Universidad, y una vez que destrozaron cristales, hicieron “pintas” y colocaron mantas y cartulinas, anunciaron que mantendrán “indefinidamente su plantón”, hasta que las autoridades respondan a sus exigencias.
Riesgo de intervención policiaca
Pese al pronunciamiento del rector, José Narro Robles, de que no habrá diálogo, en tanto no sean desalojadas las instalaciones; del reclamo tête à tête que estudiantes de Ciudad Universitaria han hecho a los encapuchados; de los apoyos expresados por el jefe de Gobierno capitalino, Miguel Angel Mancera, y el comisionado nacional de Seguridad, Manuel Mondragón y Kalb, y de que el abogado de la UNAM, Luis Raúl González Pérez, les entregó a los inconformes un documento que consigna que la institución interpuso una denuncia penal por los hechos violentos y la toma de instalaciones —consideradas por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad—, los jóvenes continuaban, el miércoles, con su posición beligerante y, aunque prometían que a las 17 horas iban a liberar la Rectoría, la UNAM seguía en riesgo de una inminente intervención policiaca y de una batalla campal.
Uriel Sandoval, de nuevo a la ofensiva
No obstante que los protestantes han usado capuchas y lentes obscuros para ocultar sus rostros, las autoridades han identificado. entre los que tienen tomada la Torre de Rectoría. a Juan Uriel Sandoval Díaz, un estudiante de 22 años que perdió un ojo y le fue reconstruida la nariz, tras ser lesionado con una bala de goma durante los enfrentamientos con la Policía Federal, en los alrededores del Congreso de la Unión, el 1 de diciembre de 2012.
Al alumno de la licenciatura en Medio Ambiente y Cambio Climático en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) —activo en el Consejo Estudiantil de Lucha durante la huelga de dicha institución y originario de San Luis Potosí—, se le vio montando guardia en uno de los pasillos laterales que permite la entrada al vestíbulo.
Anarquistas involucrados
El Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), que desde diciembre viene dando seguimiento a las movilizaciones en Guerrero, Michoacán, Veracruz y el Distrito Federal, ha identificado dentro de los invasores a la UNAM a elementos ligados a grupos anarquistas, como la Coordinadora Estudiantil Anarquista, Bloque Negro México y Cruz Negra, relacionados, a su vez, con organizaciones extranjeras, particularmente de España y América del Sur.
El Cisen ha advertido que por lo menos uno de estos grupos es extremadamente violento y podría poseer armas.
Ataques recientes a la Universidad
El 1 de febrero de este año, siete trabajadores del CCH-Naucalpan fueron agredidos físicamente por impedirle la entrada a un estudiante en estado de ebriedad. Cuatro días después, un grupo identificado como de “estudiantes” lanzó petardos, piedras y bombas “molotov” contra las instalaciones educativas. Se logró detener a diez personas, entre las que se encontraba el joven al que días antes se le impidió el acceso.
Un día después, un grupo de encapuchados marchó hacia la Dirección General del CCH en CU y, entre empujones a funcionarios y académicos, rompieron vidrios para tomar las instalaciones y exigir la readmisión de los alumnos expulsados. Luego de tres días, comenzaron a negociar su salida del edificio.
Posteriormente, el 2 de abril, otros encapuchados tomaron la Preparatoria 6 “Antonio Caso” y durante seis horas impidieron la entrada al personal y a los estudiantes, tras instalar barricadas en todos los accesos. Durante esta toma, los jóvenes exigieron cosas que podrían haber consignado en un pliego petitorio: estacionamiento para sus bicicletas, servicio médico, retirada de las cámaras de vigilancia y acceso libre a las canchas. El 4 de abril, alrededor de 20 “estudiantes” arrojaron piedras contra la fachada de la Preparatoria 5 “José Vasconcelos”.
La UNAM no había sido perturbada desde 1999, cuando, el 20 de abril, los estudiantes identificados como “ultras” del Consejo General de Huelga cerraron escuelas y facultades en protesta por la modificación del Reglamento General de Pagos. Durante prácticamente diez meses, la vida universitaria se paralizó y sólo logró volver a sus actividades, luego de que la Policía Federal entró a Ciudad Universitaria y detuvo a casi 700 jóvenes.




