Maestros disidentes, Pacto por México y toma de la Rectoría

Carlos E. Urdiales Villaseñor

Tres sucesos aparentemente lejanos entre sí comparten un común denominador: la tensión política y social en México. El más difuso por repetitivo, que no menos grave, tiene que ver con los maestros en Guerrero, Oaxaca y Michoacán.

La secuencia no es nueva, pero las recientes tomas y cierres de los docentes de la Coordinadora de Trabajadores de la Educación de Guerrero al tránsito en la autopista hacia Acapulco, en franco desafío tanto a la autoridad estatal que federal por igual, han incubado esa tensión que históricamente enfrenta los derechos de unos para manifestarse, protestar y presionar, y el de los otros para transitar libremente por el país.

Por ser maestros, por ser de estados pobres, rezagados, por bloquear el camino al destino turístico más importante y porque en la memoria ya no caben las veces que hemos reportado algo similar, se desdibuja en cuanto a su gravedad política y social. Pero refleja las brechas de visión, realidad  y de concepto en un país que no paga sus deudas con los más explotados económica y políticamente. El gobierno de Guerrero, de Oaxaca y Michoacán, junto con el federal, se ven desafiados por lo mucho que se tensa la cuerda en este tema.

La pausa política a la que se ha visto forzada la agenda de reformas y propuestas acordadas en el llamado Pacto por México, como consecuencia de una ilegalidad puesta al descubierto en Veracruz relativa al desvío de recursos para programas sociales a la compra de votos, más el respaldo político del presidente Enrique Peña Nieto a su secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, han puesto en jaque la concordia con la que hasta ahora había podido operar la Presidencia sus iniciativas.

La toma violenta de Torre de Rectoría por jóvenes que exigen impunidad en aras de su condición, no generalizada, de estudiantes de una institución autónoma como la UNAM rescata del pasado imágenes dolorosas de intervenciones policiales en el campus puma.

Autoridades académicas indignadas, estudiantes revueltos con vándalos profesionales que lo mismo violentan la toma de posesión presidencial, que cierran la Universidad de la Ciudad de México que apoyan a los del CCH que piden ni ser expulsados ni ser sujetos de la justicia ordinaria, para quien agrede, rompe y lastima. Ya la Policía Federal ofrece su trabajo por si lo piden. La liga se tensa en la máxima casa de estudios de México, sinónimo de inteligencia y lucidez nacional que ha sido parcial, pero simbólicamente raptada y retada.

¿Habrá rector o consejo o autoridad local o federal que cargue con el estigma de haber solicitado la intervención de los toletes y los escudos en CU?

La cicatriz del 68 no cerró nunca y ha permitido, en su invocación, decenas de abusos e impunidad; sigue produciendo héroes y villanos, sólo falta que cada quien elija su papel y lo cumpla.

 

@CarlosUrdiales