Encuentros y desencuentros

Alejandro Zapata Perogordo

Los cambios suscitados en el sistema político mexicano encuentran sentido prácticamente cuando en el Congreso de la Unión hay pluralidad y no necesariamente una mayoría que opera como aplanadora. Esto ocurre en el año de 1997, cuando por primera ocasión el PRI no tiene una mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, durante la segunda mitad del sexenio del presidente Ernesto Zedillo; después en el año 2000 pasó lo mismo en la Cámara de Senadores. A partir de esos años y hasta la fecha, no ha existido ningún partido con mayoría absoluta en el poder legislativo.

¿Qué tenemos? En la realidad contemporánea, en México existe un gobierno dividido, de pesos y contrapesos; ése, quizá, sea el mayor cambio alcanzado hasta ahora. De ahí se han derivado muchos acuerdos, es un espacio de encuentros y también de desencuentros. Sin embargo, aún no termina por madurar, los incentivos tienen motivaciones electorales, sin que sea privativo de partido alguno. Los opositores quieren que al gobierno le vaya mal, pues esa circunstancia puede capitalizarla en su rentabilidad; y, por otro lado, los oficialistas operan desde el gobierno con todo lo que está a su alcance para mantener el poder. Terminamos en gobiernos fragmentados.

La convivencia política se erosiona y, como consecuencia, se dilata el avance del país. Además no terminamos de desterrar la figura omnipotente del presidencialismo, que durante siete décadas se mantuvo; el ejecutivo hacía y deshacía a su antojo, pasando por encima de todo y de todos, cultura que aún prevalece en algunos que añoran su retorno.

La dificultad que se enfrenta es ¿cómo construir mayorías parlamentarias?, tanto los presidentes Vicente Fox como Felipe Calderón lo intentaron sin éxito, les regatearon las reformas, incluso al final de su mandato este último tuvo que echar mano de la innovadora iniciativa preferente para poder sacar la necesaria reforma laboral.

Una de las grandes disyuntivas para la oposición consistía en apostar por el país o realizar lo tradicional: la descalificación sin cooperar, igual que ellos lo hicieron. Pero no fue así, en un acto de ética política, se decidió construir y suscribir el Pacto por México. Tanto en el interior del PRD como del PAN, las voces de discrepancia se alzaron, no todos están conformes con las formas planteadas, el clima de desconfianza ha permeado y persistido, se tiene el temor fundado de que únicamente utilicen la oposición para obtener beneficios; en otras palabras, el lobo con piel de oveja o, lo que es peor, la naturaleza del alacrán encima de la rana. Sin embargo, a pesar de las dificultades internas, las dirigencias de los partidos se han sostenido con los compromisos acordados.

El Pacto por México ha dado frutos, le sirve al país, al gobierno y a los propios partidos políticos; se ha convertido en una instancia de utilidad, donde buena parte de la sociedad tiene puestas sus expectativas; es un órgano deliberante y de coadyuvancia. Tiene su base en la voluntad política de los actores y la buena fe para transitar con rumbo a la legalidad, además de que se ha conducido con gran transparencia, lo que abona a su credibilidad.

En contrapartida, existe un enorme malestar en tanto que no se han dado condiciones de reciprocidad. Si bien es cierto que el tema de las elecciones no se localiza en la mesa del Pacto, también lo es que se trata de los mismos actores, por lo tanto resulta complejo entender el doble discurso. Por una parte un comportamiento de cordialidad, respeto, cooperación y transparencia, mientras que, por la otra, la ilegalidad, la trampa, el uso de programas sociales, la cooptación de autoridades electorales para favorecer al PRI, la mentira, el engaño y la participación de todo el aparato oficial en los estados donde hay elecciones, al fin, como dice el clásico “haiga sido como haiga sido”, ganar a como dé lugar. Eso se hacía en la época de Gonzalo Santos, que decía “la moral es un árbol que da moras, lo demás no existe”. En consecuencia, apelando a la ética política, por congruencia, por honestidad intelectual, no se puede participar donde no hay respeto y se pisotea la dignidad.

La pelota está en la cancha del gobierno, y no es únicamente el Pacto por México lo que está en juego, sino el destino y curso del país: México será un país de leyes o seguiremos por la ruta de la corrupción y la impunidad, es pregunta.