Patricia Gutiérrez-Otero
Con prisa y sin pausa el gobierno va llevando a los mexicanos al desfiladero de la globalización neoliberal a ultranza, sueño acariciado desde Salinas de Gortari quien firmó el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá (TLC) imprudentemente y en pésimas condiciones para los empresarios mexicanos estimando incluso que los productos chinos invadieron por ahí al mercado de México.
Actualmente, además del quiebre de una gran cantidad de pequeñas y medianas industrias de muchos sectores productivos mexicanos; de la inundación en territorio nacional de las grandes cadenas de tiendas de autoservicio americanas (Cotsco, Wall Mart, Sams) que se han fusionado o han comprado a las mexicanas aun recurriendo a medidas fraudulentas; de que la mayoría de los bancos en México ya no son mexicanos, ¡ahora ya pueden venderse a los extranjeros hasta las playas del país, y seguro no se verificará si los compradores tienen dinero bien habido o no para adquirirlas; ni si por esos lares puede entrar o salir cargamento ilícito, pues ahí no hay aduanas! ¿A usted le preguntaron si le gustaría que nuestras playas se vendieran a otros mexicanos o a extranjeros? A mí no, y me gustaría que lo hubieran hecho, así como me habría parecido correcto que se interesaran en saber si nosotros, el pueblo, considerábamos oportuno que el país se abriera al TLC. Pero, no, aquí, a pesar de lo controversial de las elecciones, no nos preguntan nada. Lo que desean las cúpulas es que “su país” sea del primer mundo para unos cuántos como lo muestran las cifras: un puñado de millonarios que poseen alrededor del noventa por ciento de la riqueza, una clase media agarrada de las uñas tratando o de trepar o de no caerse, no les importan los sesenta millones de pobres ni los 6,7 millones de mexicanos que ganan un salario mínimo de unos 60 pesos, ni el más de cinco por ciento de la población económicamente activa que está desempleada ni la que está subempleada, tampoco los campesinos que siguen engrosando los cinturones de pobreza. No les importa que nos volvamos un país maquilero ni nos preguntan si queremos serlo. Pero, lo que menos nos preguntan, ni nos van a preguntar, es sobre el petróleo.
¡Ah! Sobre este tema entre menos se hable, mejor. Eso se resuelve arriba, entre los que fueron designados para ser servidores del pueblo, pero a los que esto nunca les ha entrado en la cabeza. No saben qué es servir, sólo saben lo que es servirse y ser servidos. La estrategia es con prisa, sin pausa, dando pasitos pequeños, sin mucho revuelo y con hartos distractores. Se empezará con una reforma energética en la que meterán mano los capitales privados, para luego abrirla más. Y esto no sólo en cuestión del petróleo, ya tenemos a la vista la explotación minera que está en gran parte en mano de empresas canadienses y que poco dejan en las arcas del país, aunque no sabemos si abultan los bolsillos de algunos políticos bien posicionados. Con prisa y sin pausa nos están dejando desnudos, desalojados en nuestra propia tierra.
Además, opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés y el lugar de todos los indígenas, evitar las mineras a cielo abierto, respetar el sitio sagrado de los huicholes, activarnos como sociedad civil…

