Ahora, la explosión de la pipa de gas

Carlos E. Urdiales Villaseñor

Accidentes grandes y pequeños, tragedias históricas como el incendio de la guardería ABC de Hermosillo o las explosiones del drenaje en la colonia La Moderna de Guadalajara en 1992 o el reciente choque del camión de doble remolque que llevaba gas en el tramo Xalostoc-Ecatepec en el Estado de México, vuelven a provocar narrativas similares y reacciones sociales prácticamente idénticas.

Se habla, como es natural, de tragedia, dolor, omisiones criminales de autoridades, se piden renuncias de gobernadores para abajo, se anticipa la impunidad de siempre a los de arriba y así. Se crean comisiones, se instruye, del presidente para abajo, para esclarecer, para deslindar responsabilidades, para castigar con todo el peso de la ley a los responsables y también se prometen a bote pronto apoyos, ayudas, becas, créditos, pago de gastos funerarios, indemnizaciones y así hasta el olvido.

Pero poco se hace énfasis en la cadena de pequeñas, aparentemente inofensivas omisiones de todos los días, de todos los niveles de gobierno y autoridad, las mordidas de pocos pesos para pasar una inspección de protección civil; una salida obstruida, una llanta en mal estado, exceso de peso, de velocidad, ir por el acotamiento, un semáforo, una vuelta prohibida, una revista vehicular, una placas, una licencia, un menor conduciendo un microbús, un interminable etcétera de la corrupción socializada, de la buena, de la que se justifica porque todo sea por ganar el pan de cada día. Lejos quedan los robos de los sinvergüenzas de arriba. Abajo se perdona y arriba se aborrece.

La cadena de corruptelas suele desembocar en estas grandes tragedias, en los accidentes espectaculares que cuestan la vida de decenas y a veces de más. Entonces, se pega el grito en el cielo, y cómo no, si lo que vemos es no sólo producto de la corrupción institucional sino también de la corrupción social de la que nadie, o pocos pues, se hacen cargo. “No compares, no es lo mismo…” es igual y el resultado de vez en vez nos estalla en la cara.

La narrativa informativa va sobre el recuento, el inventario de la tragedia, las autoridades a la  demagógica salida del discurso y la sociedad a querer ver sólo hacia arriba para encontrar a los judas desgraciados que siempre nos friegan. Pero de ver para los lados nada.

La pipa, el camión, el drenaje, el incendio, la guardería, la discoteca, el cabaret, el casino, el centro de rehabilitación y demás escenarios de nuestras tragedias quedan ahí para el recuerdo, pero no para la memoria. Las causas se repiten como si nunca hubiesen ocurrido. La corrupción nos alcanza a todos. La que se da en la autoridad debe ser castigada, pero la que se da en la sociedad debe ser aborrecida por iguales, por todos.

 

@CarlosUrdiales