Eve Gil
Para quienes se mantienen receptivos a la gradual deshumanización de los habitantes de la Ciudad de México, la más reciente novela de Carlos González Muñiz, Todo oscuro bajo el cielo iluminado producirá dos reacciones encontradas. Por un lado, un cosquilleo pertinaz semejante al déjà-vu; ideas que deben haber cruzado en ráfaga por nuestras cabezas ante ciertas experiencias, de las más cotidianas incluso, como abrirse espacio por entre una multitud enloquecida en las puertas del metro, por decir lo menos. Experimentará además terror ante una profecía más que factible, ubicada no en el año 2030, sino en el 2014. Ignoro si el que el horror aceche a la vuelta de la esquina permita calificarla como una distopía o ficción especulativa, puedo suponer que sí pues es un rasgo que comparte con una de las más grandes novelas distópicas, Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, y es uno de los elementos que encuentro fascinantes de esta novela, que el autor nos introduce en ella sin miramientos y sin espacio para el resuello.
No faltará el malicioso que se pregunte, ¿en verdad existe alguna diferencia entre los energúmenos que conducen sus preciosos autos como si las calles les pertenecieran, con todo y peatones, y los siniestros habitantes de La garganta que no tienen empacho en matar, primero por sobrevivencia, luego, por inercia? El propio narrador se pregunta en la página 201: “(…) Podía haber gente atrapada en La Garganta, gente amarrada, suicidas, otra gente, pero a nadie le importaba. ¿Cuántas veces, antes, en la historia de esta ciudad, tuvo que preocuparse alguien porque su vecino pudiera comérselo, o comerse a su perro?”.
Imaginen, por favor, lo que sucedería en el hipotético caso de que esta ciudad quedara repentinamente sumida en tinieblas. Tras el apagón generalizado, ese proceso de deshumanización del que hablaba se acelera, corrosivo y sin tregua, y sin embargo no es eso lo peor: se da por sentado que no existe esperanza de una solución; que los habitantes están irremediablemente atrapados en la ciudad a oscuras porque las carreteras están tomadas por asesinos y vándalos, y “el gobierno” se ha esfumado en el aire, más ausente que nunca. Han escapado, deduzco, en sus aviones de lujo y sus helicópteros, abrazados a nuestros impuestos, quién sabe si a empezar una nueva vida en otro país, pues no se nos aclara si esta circunstancia es exclusiva de nuestro país o si se trata de un apagón globalizado. Cualquier explicación, sin importar qué tan descabellada sea, puede caber aquí, incluso que el mismo gobierno lo haya provocado. Nunca lo sabremos porque no hay radio, no hay televisión, no hay Internet. Naturalmente no hay periódicos y sólo quedan murmullos. La metrópoli ha retornado a la época de las cavernas, de la que en realidad nunca ha salido del todo. Estos seres humanos retroceden a su estado animal en el mismo lapso que debe haberle llevado al doctor Jekyll ingerir la sustancia que lo convirtió en Hyde, al grado de que abogados, banqueros, médicos e intelectuales terminan confundiéndose con criminales de la más baja ralea, y hasta las estrellas de televisión, la realeza de nuestra sociedad telenovelera, son vistos en la calle correteando perros callejeros para comérselos. Nunca nadie soñó democracia más pura, porque la anarquía es algo con lo que convivimos a diario, contrario a lo que pregonan los ingenuos de todos los días.
Aunque son muchos los personajes que deambulan por esta novela en busca de un mendrugo de pan o de cualquier cosa comestible, incluso sus propias mascotas, la historia se centra en dos personajes: un arquitecto que narra la experiencia en primera persona, y un enigmático joven de antecedentes delictivos, con un extraño pero poético apodo: “Golondrinas”. En cierta forma, ambos representan dos cosas que parecen haberse esfumado junto con la energía eléctrica: la razón y la emoción. En el caso del arquitecto, parece haber crecido preparado para pasar por esta contingencia, tras la pesadilla de haber sido secuestrado de pequeño por un padre enloquecido que lo obliga a llevar una vida salvaje en una cabaña en el bosque, alimentando su imaginación de truculentos cuentos de hadas. Esa experiencia brutal parece haber despejado su mente lo suficiente para permitirle reflexionar fríamente respecto a las carencias y al peligro constante: “La luz es percepción (…) y la ausencia de luz, ausencia de perspectiva, ¿Qué pasaría con la realidad si no existe perspectiva?… ¿en qué nos convertiremos?, pensé al ver las casas sumidas en un plano uniforme y recto en el que no existían los ritmos ni las esquinas”. (p. 60) Lo mantiene a raya respecto a la pasión que despierta en él su esposa, una bella y distante bailarina de nombre Isabel… incluso se permite desear a la mejor amiga de ésta, algo más accesible, una literata llamada Gina, sin imaginar la voltereta que darán sus existencias de clasemedieros privilegiados. Pese a ser diametralmente opuestas, al menos en apariencia, Isabel y Gina son personajes tan deliciosamente desmesurados, que en el camino aparecerán dos especies de dobles (la mujer sin rostro y la delicada bailarina del dedo cercenado), espectros de ellas mismas. Tanto la vulnerable, casi quebradiza Isabel, como la voluntariosa y bien plantada Gina, sorprenderán al lector gracias a un giro brusco pero sorprendentemente hábil que hace de ellas personajes entrañables y, sobre todo, una subversión a los estereotipos de feminidad tan manidos en la literatura mexicana y alcanza el clímax con un espléndido desenlace.
Golondrinas, por su parte, parece haber nacido para ser la contraparte del arquitecto, como si su destino hubiera sido vivir uno a espaldas del otro, totalmente fuera de sus respectivos núcleos de acción. Golondrinas encarna la emoción, lo cual no lo hace menos inteligente que su antítesis. Pese a vivir inmerso en el epicentro de los horrores, conserva facultades para experimentar sentimientos no egoístas, como la compasión, el primero que se ha evaporado ya desde antes del apagón. Es capaz de adoptar como compañero a un perro ciego en medio de una matanza de perros que pasan a convertirse en presas codiciadas en medio de una hambruna despiadada. Llega al extremo de matar a un alemán gigantón que engulle de una tarascada a un indefenso patito. Toda esa sensibilidad queda expuesta después que el misterioso Jefe de La Garganta lo ha obligado a cercenar la mano de un personaje que reconoceremos más adelante. En una escena previa, ese mismo alemán, de nombre Gunter, acarrea dentro de una camioneta de valores a una compañía completa de ballet, y presiona a Golondrinas a cortarle el dedo a una bailarina que insiste en desechar por creerla preñada. Al igual que el arquitecto se relaciona con dos mujeres que aseguran ser hermanas pese a que, por la diferencia de edad, podrían casi ser madre e hija. Es la madura quien le recuerda a Golondrinas a una novia inolvidable de nombre Margarita que se ha anticipado a las tinieblas en su vida.
Pero lo más impactante de la novela es su parte de road movie, donde el narrador va describiendo de manera minuciosa sitios harto familiares para quienes habitamos la Ciudad de México, que, puedo jurarlo, no volverán a ver con los mismos ojos después de leer esta novela. Plaza Universidad, uno de los lugares que más me gustan, ha adquirido una fisonomía completamente distinta en mi imaginación y hasta percibo un tufillo indescriptible cuando traspaso sus puertas de cristal. Imagino, tal como lo plantea Carlos en su novela, cómo se vería toda esa gente que inocentemente deambula por allí, si la circunstancia fuera la que él propone. No sólo eso: trato de calar rostros cotidianos tras sus pómulos y las cuencas de sus ojos; indago qué serían capaces de hacer si, en vez de esquivar transeúntes y autos, tuvieran que atender a su instinto de supervivencia y perdieran la poca empatía que experimentan por quienes los rodean… eso, y muchas cosas más despertó en mí la inquietante lectura de Todo es oscuro bajo el cielo iluminado, una novela que nos obliga a preguntarnos: ¿hasta qué punto no hemos ingresado ya a ese mundo descompuesto y putrefacto, donde sólo el cielo resplandece?
Carlos González Muñiz, Todo era oscuro bajo el cielo iluminado. La Cifra Editorial (www.lacifraeditorial.com), México, 2013; 361 pp.

